(InfoCatólica) Histórico y esperado discurso que conviene leer porque el comentario hace perder la riqueza de matices.
«¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio?». Con esta pregunta ante diputados y senadores reunidos en el Congreso de los Diputados, León XIV ha colocado la defensa de la vida humana en el centro de un discurso de honda carga doctrinal pronunciado este lunes en Madrid, en el primer acto del tercer día de su visita apostólica a España. Un discurso que ha recuperado, sin cita expresa, todos los puntos de los «principios no negociables» que tan denostados han estado recientemente.
El Papa ha calificado esa defensa como «meta de civilización», no como «cuestión parcial» ni «interés confesional», y ha construido toda su intervención en torno a una pregunta que considera decisiva para todo legislador: «qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes». El hemiciclo ha respondido al término de la intervención con una ovación en pie de más de siete minutos.
Ha llamado la atención el paralelo con el del Bundestag, más allá de la cita. León XIV ha replicado ante las Cortes la misma arquitectura que Benedicto XVI empleó en Berlín el 22 de septiembre de 2011: la dignidad de la persona como dato anterior al Estado, la ley natural como medida del derecho positivo, la insuficiencia del positivismo jurídico como diagnóstico de fondo. Esa dignidad, ha dicho el Papa, «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento», y la tarea del legislador consiste en «que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar».
Son principios prepolíticos que el discurso coloca como fundamento del orden jurídico, y desde los cuales León XIV ha abordado la defensa de la vida, la familia, la educación, la libertad religiosa, el sigilo sacramental, la inmigración y el rearme europeo. Estaba hablando a un auditorio postcristiano pero con unas raíces que pueden reverdecer o al menos una fuente de la que pueden alimentarse.
Pero no solo el esquema argumentativo y los puntos de partida, el Papa ha repasado estructuralmente los «principios no negociables» de Benedicto XVI que tan denostados han estado en épocas recientes: vida desde la concepción hasta la muerte, defensa de la familia, defensa del derecho de los padres a la educación, la libertad religiosa y el bien común.
También, buena parte de la intervención estuvo dedicada a reivindicar la herencia intelectual española. Se echaba de menos. Desde Cervantes y santa Teresa de Ávila hasta la Escuela de Salamanca y fray Francisco de Vitoria, el Papa ha trazado una genealogía en la que fe, razón, arte y derecho han sabido «encontrarse fecundamente». Ha invocado la presencia simbólica de los Reyes Isabel y Fernando en el Salón de Sesiones (la causa de beatificación de Isabel la Católica permanece abierta en la Santa Sede) como recordatorio de «aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal», y ha señalado la contribución de la Escuela de Salamanca como raíz católica del derecho de gentes y del reconocimiento de la dignidad humana. El elogio tuvo un propósito argumentativo claro al situar al auditorio ante premisas de su propia tradición, León XIV preparó de este modo el terreno para las conclusiones morales que vendrán después.
«La dignidad precede a toda concesión del Estado»
Adaptándose a los interlocutores León XIV ha afirmado una dignidad inherente al ser de la persona, no conferida por consensos ni dependiente de la utilidad social. La fe cristiana la proclama desde la Revelación, ha dicho, pero «la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre». Cuando esa convicción permanece viva, ha añadido, «el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares».
Sobre ese fundamento, el Papa ha trazado un puente entre los mundos nuevos de hace cinco siglos y los de hoy. Los actuales, ha dicho, «ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social». La tecnología, ha advertido citando su encíclica Magnifica humanitas, «no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza», y el discernimiento que el tiempo presente reclama tiene un eje: «qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones».
De Cervantes a Salamanca, una herencia reinvindicada
En el desarrollo de esa genealogía intelectual, León XIV ha dedicado un espacio particular a Unamuno, que «recordaba que el hombre no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida), para subrayar que España «ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir».
Pero el peso del argumento recayó sobre la Escuela de Salamanca. León XIV ha recordado que, hace quinientos años, «cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente». La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar «la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos». La contribución de dominicos y jesuitas salmantinos, ha dicho el Papa, «llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza».
El Papa ha introducido también un reconocimiento de que «la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana». Y ha vinculado ese legado con la actividad de las propias Cortes, «cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos».
La defensa de la vida como meta de civilización
El bloque central del discurso ha sido la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. León XIV la ha formulado con firmeza y sin concesiones proporcionalistas: «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». La convivencia, ha advertido, «puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco».
La pregunta retórica que el Papa ha dirigido al hemiciclo es el pasaje más directo de toda la intervención: «Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?».
Al calificar la defensa de la vida como «meta de civilización» y negar expresamente que sea «una cuestión parcial» o «un interés confesional», León XIV eleva la cuestión del plano eclesial al político o cultural. No es la Iglesia la que reclama un privilegio doctrinal: es la civilización la que se juega su condición de tal. «Cuando esta certeza se oscurece», ha concluido, «los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona». La «grandeza moral de una nación», ha añadido, «se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».
Sobre este fundamento, el Papa ha definido el bien común como «la forma social de la dignidad humana» (cf. Magnifica humanitas, 59), retomando la formulación de la constitución pastoral Gaudium et spes: «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (GS 26).
Familia, educación y derecho primario de los padres
León XIV ha definido la familia como «realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad» y como «primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer». «Allí donde la familia es sostenida», ha añadido, «se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones».
En materia educativa, el Papa ha reivindicado el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas», apoyándose en dos fuentes: su encíclica Magnifica humanitas (n. 143) y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 18.4). La doble apelación, magisterial y de derecho internacional positivo, sigue el mismo patrón que el discurso emplea más adelante con el sigilo sacramental: una posición enraizada en la doctrina católica es presentada simultáneamente como derecho humano reconocido por la comunidad internacional.
León XIV ha descrito a las instituciones educativas como espacios donde «las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona», y ha subrayado la confianza que muchos padres depositan en ellas «como valiosas aliadas en su educación».
Sigilo sacramental: el pasaje más operativo del discurso
En el bloque dedicado a la libertad religiosa, León XIV ha incluido una reivindicación de particular alcance: la tutela jurídica del sigilo sacramental de la confesión. Es, por su fundamentación y proyección, el pasaje con mayor recorrido legislativo de toda la intervención. Un caso concreto y pensando en el último embate desde la laica Francia, pero que ilustra bien los conceptos que son aplicables a otras realidades.
El Papa ha enmarcado primero la libertad religiosa en los términos de la declaración conciliar Dignitatis humanae: un derecho fundamental «que tutela el ámbito más íntimo de las personas». Pero ha añadido una precisión que desborda el marco habitual: «Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente». La formulación recupera una comprensión de la libertad como capacidad de orientarse al bien, no como mera ausencia de coacción, y corrige implícitamente la reducción liberal de la libertad a su sola dimensión negativa. León XIV ha recordado también que «la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso» y que la fe «no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública».
Sobre esa base, el Papa ha reclamado que el sigilo sacramental sea «tutelado jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones», porque «significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas». Lo que da peso jurídico a esta reivindicación son las dos referencias internacionales que León XIV ha invocado: el Acta Final de Helsinki de 1975 (Principio VII, sobre libertad religiosa y autonomía interna de las comunidades de fe) y la Regla 73.3 de las Reglas de Procedimiento y Prueba de la Corte Penal Internacional, que reconoce la confidencialidad de las comunicaciones religiosas. Con ellas, el Papa proyecta la protección del sigilo al orden civil, no solo al canónico.
La referencia no es abstracta. En las últimas semanas, la legislación francesa ha reavivado el debate europeo sobre los intentos de obligar a los sacerdotes a revelar el contenido de la confesión sacramental. León XIV, sin nombrar países, ha situado ante los parlamentarios españoles la tutela del sigilo como exigencia de la propia libertad religiosa que los Estados están obligados a respetar.
Migración, paz y la sombra del rearme europeo
El discurso dedica un tramo extenso a la inmigración, definida como «una cuestión eminentemente moral y jurídica» que «rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica». León XIV ha formulado una «doble exigencia de justicia social»: «ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración», y al mismo tiempo «promover el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida», incluidos «las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática» (cf. Magnifica humanitas, 81). El Papa ha denunciado que «muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas» y ha reclamado «una respuesta coordinada, solidaria y eficaz» que ninguna nación puede afrontar sola.
El pasaje que previsiblemente generará más debate político es la advertencia sobre el rearme. León XIV ha expresado su preocupación porque «en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional». Frente a ello, ha afirmado que «la verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra». Toda guerra constituye, ha dicho, «una dolorosa derrota de la capacidad de negociar», y «las armas pueden imponer un silencio temporal, pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera».
El Papa ha extendido su advertencia al desarrollo de la inteligencia artificial en el ámbito militar, «para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana», en referencia a su discurso en la Universidad La Sapienza el 14 de mayo pasado. Ha invocado el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, para recordar que «la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad», y ha pedido «desarmar el lenguaje» (Mensaje de Cuaresma de 2026): «La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación».
El lucernario y el Decálogo: una lectura del hemiciclo
En los minutos finales de su intervención, León XIV ha ofrecido una lectura simbólica del propio Salón de Sesiones. Ha señalado la luz natural que entra por el lucernario que corona la sala, sugiriendo que «también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera». Y ha apuntado a las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo, para recordar que «la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». En esa escuela interior, ha añadido, «los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía».
Es de esperar que los diputados de izquierdas no quieran recurrir a la piqueta y a la cal para ser interpelados desde ahora.
El cierre ha condensado el argumento en una frase que funciona como criterio de juicio para toda actividad legislativa: «Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse».
León XIV ha concluido invocando sobre España «la huella apostólica de Santiago y la presencia maternal de la Virgen del Pilar», y pidiendo a Dios «paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias». El Congreso entero se ha puesto en pie. La ovación, sostenida durante más de siete minutos ante diputados, senadores y autoridades, ha despedido al Papa en una imagen poco habitual en la vida parlamentaria española.






