(InfoCatólica) La presencia de micrófonos en las iglesias no causa ninguna extrañeza hoy. Sería muy difícil encontrar un templo en el que no se empleasen. No siempre fue así, sin embargo. El uso de micrófonos para la liturgia es muy reciente y no comenzó hasta bien entrado el siglo XX.
Si bien el micrófono se inventó a finales del siglo XIX, solo empezaron a instalarse micrófonos en las iglesias en los años veinte del siglo siguiente. Poco a poco, se fue convirtiendo en una práctica habitual y Pío XII fue el primer papa en colocar micrófonos en el altar, probablemente a principios de los años cuarenta.
Curiosamente, no hubo resistencia ni debate alguno al respecto, a diferencia de lo que sucedió con la retransmisión de la Misa por radio (y, después, por televisión), que suscitó bastante desconfianza. El uso del micrófono parecía algo natural, inevitable con el progreso de la técnica y sin grandes consecuencias. A fin de cuentas, ¿quién no querría oír mejor?
Un interesante artículo de Paweł Jarnicki en New Liturgical Movement sugiere que el micrófono fue mucho más revolucionario de lo que parece. Según su hipótesis, lejos de ser un adelanto meramente práctico, es probable que la introducción de los micrófonos en la Misa fuera el detonante de la reforma litúrgica que se llevaría a cabo tras el Concilio Vaticano II. E incluso el causante del cambio radical de la arquitectura de las iglesias, que no fue mandado ni previsto por el Concilio, pero igualmente se llevó a cabo.
Esta hipótesis no es original de Jarnicki, sino que está basada en las reflexiones de Marshall McLuhan, el gran teórico católico de los medios de comunicación y autor de la famosa frase «el medio es el mensaje». McLuhan no era teólogo ni liturgista, pero sus conocimientos de los medios de comunicación le hacían especialmente sensible a las consecuencias de los adelantos técnicos. ¿Podría ser que el medio tecnológico (el micrófono) hubiera llevado casi necesariamente a modificar el mensaje litúrgico de forma significativa?
Antes de la amplificación electrónica, las iglesias estaban construidas y dispuestas para una liturgia donde no todo debía o podía oírse perfectamente. En el rito romano antiguo había prolongados momentos de silencio o en los que las oraciones se recitaban en voz baja —como el Canon de la Misa—. Los fieles participaban más bien mediante la oración interior, los gestos y la contemplación que siguiendo cada palabra pronunciada.
Con la llegada de los micrófonos en el siglo XX, se hicieron audibles los textos en latín, que «hasta entonces llegaban a los fieles principalmente como susurros y murmullos incomprensibles». Inmediatamente, «dado que los fieles comenzaron a oír palabras en lugar de murmullos, a la necesidad de oír con claridad le siguió la necesidad de comprender lo que se oía» y, por lo tanto, «la necesidad de utilizar en la Misa los idiomas de la vida cotidiana, los que conocen los fieles: sus lenguas vernáculas».
Este cambio dio lugar a un problema. Al escuchar perfectamente todo lo que decía el sacerdote, daba la impresión de que estaba hablando con los fieles y eso suscitó la natural expectativa de que también mirase hacia los fieles. En ese sentido, «el cambio de la orientación del sacerdote fue consecuencia de colocar un micrófono en el altar».
Todos estos cambios están entrelazados y se realimentan unos a otros. Si el sacerdote nos mira, es que nos está hablando. Si nos está hablando, tenemos que entenderle en nuestra lengua, etc. Por eso, pese a los esfuerzos de los grupos tradicionalistas (que generalmente también usan micrófonos), «revertir la reforma de la Misa parece imposible hoy en día: los fieles deben ver y oír todo».
Las voces a favor o en contra de la reforma litúrgica de Pablo VI coinciden en que se trató de un cambio importante y decisivo para la vida de la Iglesia. Resultaría irónico que, al menos en gran parte, la «culpa» de aquel cambio tan importante fuera del humilde micrófono: «fue el micrófono lo que desencadenó la avalancha de la reforma».








