(InfoCatólica) En los Países Bajos, la decisión sobre si un chico debía o no recibir el sacramento de la confirmación ha suscitado una controversia de gran calado sobre el tema de la inclusividad.
Los Países Bajos, junto a Alemania, Suiza y Austria, son los países europeos más afectados por el modernismo heterodoxo, donde las cifras de católicos se han desplomado en las últimas décadas. No es una coincidencia que también sean los países donde más se cuestiona en concreto la moral sexual de la Iglesia, a menudo abiertamente y sin que los obispos digan nada (o incluso con obispos que se ponen a la cabeza de ese cuestionamiento).
A menudo, el rechazo de la moral católica se plantea en términos de «inclusividad», como si defender la verdad fuera, en algún sentido, una muestra de intolerancia para con los que prefieren vivir al margen de ella. Como claro ejemplo de esta tendencia, Mons. Robert Mutsaerts, obispo auxiliar de Bolduque ('s-Hertogenbosch en holandés) ha contado en su blog personal el caso de un niño al que no se le permitió recibir la confirmación en una parroquia «arco iris» de su diócesis.
El prelado visitó la parroquia para impartir el sacramento de la confirmación. Allí pudo ver la bandera con el arco iris en la entrada de la iglesia y un gran cartel que decía «Somos una parroquia LGTBQ, una parroquia Arcoíris», lo que significaba, según los parroquianos, que se trataba de una parroquia abierta, acogedora y tolerante. Esa identidad inclusiva, sin embargo, entró en conflicto con las opiniones de uno de los confirmandos, que el obispo describió como «un muchacho con opiniones y carácter». Según parece, el chico calificó de «absurdo» el llamado «Viernes Púrpura», una campaña LGBT de las escuelas holandesas y eso bastó para que la parroquia hiperinclusiva le excluyera del sacramento.
«La clave del problema está en que, hoy en día, el término ‘inclusivo’ a menudo ya no significa ‘todos son bienvenidos’, sino más bien ‘todos son bienvenidos siempre que se adhieran a nuestros principios morales’. Esto no es inclusión, sino una nueva ortodoxia», señaló Mons. Mutsaerts.
«La Iglesia inclusiva a menudo afirma que acoge a todos, independientemente de su origen, identidad o creencias. Esto suena noble, casi evangélico. Pero ahí reside la paradoja: todos son bienvenidos, siempre y cuando cada persona comparta ciertas opiniones sobre identidad, sexualidad y verdad. Cualquiera que cuestione esto, cualquiera que hable de moral o antropología desde una perspectiva católica tradicional, se da cuenta rápidamente de que la puerta no está tan abierta como prometen», denunció el obispo.
Según relató, cuando intentó hablar de la doctrina católica sobre la sexualidad, sus comentarios fueron recibidos con frialdad y fue «censurado de inmediato» por la parroquia abierta, acogedora y tolerante.
Quizá lo más significativo del caso no sea la hipocresía de la parroquia inclusiva, ni la sangrante injusticia que ha tenido que sufrir el pobre muchacho (al que el obispo confirmó una semana después en otra parroquia), sino que los obispos toleren en sus diócesis la presencia de parroquias «arco iris» que rechazan abiertamente la fe y la moral católicas. Y, por supuesto, que un pobre obispo auxiliar, como Mons. Mutsaerts, se vea reducido a quejarse de ello en su blog.








