(InfoCatólica) Distraídos por los conflictos en Irán, Palestina o el Líbano, resulta fácil olvidar que el país más cercano a Europa de la zona y el más poderoso militarmente sufre grandes tensiones internas, que en algún momento podrían estallar. En efecto, Turquía, el «hombre enfermo de Europa» del siglo XIX, que pareció estabilizarse desde la secularización instaurada por Ataturk, hoy sigue estando en ebullición.
Quizá el dato más relevante en ese sentido sea que, según los datos de 2025, uno de cada cinco turcos se encuentra bajo investigación judicial de carácter penal: la asombrosa cifra de más de diecisiete millones de personas investigadas de un total de unos 86 millones de habitantes en el país, en el marco de más de trece millones de expedientes judiciales. Según informa AsiaNews, esa cifra incluye a 330 mil niños o jóvenes de escasa edad.
La judicialización masiva de un país no es precisamente un signo de normalidad y revela una situación inestable que no sería exagerado comparar con un polvorín. Una gran parte de las investigaciones tienen que ver con la violencia (incluida la cifra casi increíble de un millón de órdenes de alejamiento por violencia doméstica), pero también con delitos contra la propiedad, delitos contra la libertad y delitos contra el honor.
Como signo de la creciente violencia, en los últimos días, se han producido dos tiroteos en escuelas turcas, al estilo de los que se han hecho frecuentes en los Estados Unidos. El primero se produjo el 14 de abril, en un instituto del sudeste de Turquía. Un antiguo alumno de 19 años abrió fuego e hirió a 16 personas antes de suicidarse. El otro tiroteo se produjo en un instituto de educación secundaria del sur del país, en el que murieron nueve personas y otras 13 resultaron heridas. El tirador era un alumno de octavo curso, que murió durante el asalto después de entrar en dos aulas y abrir fuego indiscriminadamente con las armas que escondido en una mochila.
En relación con los tiroteos, las autoridades turcas han dictado 83 órdenes de arresto contra 83 personas por «glorificación del crimen y los delincuentes” y o alterar el orden público», según el Ministerio de Justicia. Asimismo, las autoridades han bloqueado el acceso a 940 cuentas de redes sociales y cerrado 93 grupos en Telegram.
El gobierno de Erdogan, que consiguió el poder en buena parte abandonando el laicismo tradicional turco y apoyándose en la identidad islámica de la inmensa mayoría de los turcos, se ha debilitado mucho en los últimos años. No tiene una tarea fácil. En cada guerra que sacude a la región, debe guardar un precario equilibrio entre apoyar a los palestinos y otros países islámicos, por un lado, y, por otro, como miembro de la OTAN, no molestar mucho a los Estados Unidos y, por lo tanto, apoyar indirectamente a Israel. Es difícil saber qué traerá el futuro político en Turquía, pero no parece probable una vuelta al secularismo y sí, quizá, la radicalización progresiva de grupos y partidos islámicos.
A la criminalidad civil y a la crisis de identidad de Turquía hay que añadir el conflicto interno con los kurdos, un grupo étnica y culturalmente diferente de los turcos, que lleva activo desde los años setenta y se ha cobrado ya más de cuarenta mil muertos. Este conflicto desborda las fronteras de Turquía y afecta también al vecino Irak, a Siria e incluso a Irán, que tienen poblaciones kurdas importantes.






