(InfoCatólica) El Cardenal Gerhard Ludwig Müller, antiguo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha rechazado de forma tajante la tesis de que el Concilio Vaticano II supuso una ruptura con la doctrina católica anterior y ha advertido de que las consagraciones episcopales anunciadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) carecen de toda justificación ante Dios y ante los hombres. En una amplia entrevista concedida a la revista teológica Communio, Müller aborda el conflicto abierto con los lefebvristas desde su experiencia directa en las negociaciones doctrinales y lanza una severa advertencia canónica y espiritual a los responsables de la Fraternidad.
Zaitzkofen: ordenaciones sin permiso en territorio diocesano
El Cardenal Müller conoce el problema de primera mano. Como Obispo de Ratisbona entre 2002 y 2012, tuvo que lidiar con las ordenaciones ilícitas de diáconos y sacerdotes celebradas en el Seminario Internacional del Sagrado Corazón de Zaitzkofen, situado dentro de los límites de su diócesis. La tensión se agudizó en 2009, cuando tras el levantamiento de la excomunión de los cuatro obispos consagrados ilícitamente por el Arzobispo Marcel Lefebvre, salió a la luz la negación del Holocausto por parte de uno de ellos, el Obispo Richard Williamson. Müller tuvo que declarar públicamente que la FSSPX no podía hablar en nombre de la Iglesia católica, al encontrarse en una situación cismática. La propia Fraternidad acabó separándose posteriormente de Williamson, pero las ordenaciones ilícitas continuaron celebrándose en Zaitzkofen, llegando incluso a programarse el mismo día que las ordenaciones en la catedral de Ratisbona, a solo 25 kilómetros de distancia, lo que, según Müller, proporcionó a los medios críticos con la Iglesia una ocasión para regodearse con la aparente desunión católica.
El verdadero problema: no la liturgia, sino la doctrina
Según explica Müller en la entrevista, el núcleo del conflicto con la FSSPX no reside en la forma litúrgica, sino en la doctrina de la fe. Los lefebvristas atribuyen a determinadas formulaciones del Vaticano II interpretaciones dudosas, en particular respecto a la relación con el islam, el ecumenismo con los cristianos no católicos y la libertad religiosa. El Cardenal sostiene que estas objeciones solo tendrían fundamento si el Concilio hubiera enseñado realmente lo que la FSSPX le imputa, cosa que, a su juicio, no ocurrió.
Sobre el diálogo interreligioso, Müller recuerda la doctrina clásica según la cual la razón humana es capaz de reconocer la existencia y la unidad de Dios, mientras que los misterios de la Trinidad y la Encarnación solo se revelan en la fe sobrenatural, citando a Santo Tomás de Aquino y la constitución dogmática Dei Filius del Concilio Vaticano I. Respecto a la libertad religiosa, señala que ya el Obispo Wilhelm von Ketteler, durante el Kulturkampf, presentó la libertad religiosa en los mismos términos que la declaración conciliar Dignitatis humanae: como el derecho natural de toda persona a defenderse de las intrusiones del Estado en su conciencia.
En cuanto al ecumenismo, el Cardenal afirma con rotundidad que el Concilio no puso en entredicho la necesidad salvífica de la Iglesia católica ni su plena identidad con la Iglesia de los Apóstoles. «Si se leen las afirmaciones del Vaticano II cuestionadas por los lefebvristas en el horizonte de toda la Tradición de la Iglesia, queda excluida una interpretación relativista», sostiene.
La generosidad desaprovechada de Benedicto XVI
Müller lamenta que la FSSPX no correspondiera a la generosidad de Benedicto XVI, quien en 2007 con el motu proprio Summorum Pontificum y en 2009 con el levantamiento de la excomunión se expuso incluso a campañas de difamación por parte de sectores opuestos. Se les concedió la celebración de los sacramentos en la forma litúrgica antigua, algo legítimo y con precedentes históricos en reunificaciones de iglesias separadas con Roma. Sin embargo, en las cuestiones doctrinales, el antiguo Prefecto considera que los argumentos de la Fraternidad eran pretextos para no someterse plenamente a la autoridad del Papa, autoridad que, paradójicamente, deben reconocer en virtud del primado de jurisdicción y enseñanza definido por el Vaticano I si su pretensión de ser «más católicos que Roma» ha de tener algún sentido.
El rechazo del preámbulo doctrinal
La Fraternidad San Pío X rechazó firmar el preámbulo doctrinal que le fue presentado como condición para alcanzar un acuerdo. Según Müller, la FSSPX mantuvo sus objeciones contra la libertad religiosa, el ecumenismo y la relación con otras religiones, y exigió a la Iglesia que reconociera que el Concilio había propuesto enseñanzas falsas y ambiguas, y que la suprema autoridad doctrinal se había equivocado en materia de fe y costumbres. «Admitir esto no solo sería falso en su contenido, sino la autodestrucción hermenéutica de la "Iglesia como columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15)», afirma el Cardenal.
Müller evoca a grandes figuras que superaron las crisis de la Iglesia desde dentro, como San Atanasio, San Agustín, San Bernardo de Claraval, Santa Catalina de Siena, San Roberto Belarmino, John Henry Newman, Hans Urs von Balthasar y Joseph Ratzinger, y no mediante «la retirada al rincón de los enfurruñados de una "Iglesia de los puros"».
Las medidas pastorales de Francisco
El Cardenal también se pronuncia sobre la estrategia pastoral del Papa Francisco, quien en 2015 concedió a los clérigos de la FSSPX licencia para administrar el sacramento de la confesión y en 2017 pidió a los obispos que les confiaran también la asistencia matrimonial. Müller aclara que estas licencias estaban pensadas para atender la situación de conciencia de fieles individuales, no para salvar la distancia doctrinal de la Fraternidad con la Iglesia: «Cuando las cuestiones de fondo no están resueltas, tampoco una concesión en el plano personal y amistoso saca del atolladero».
La amenaza de consagraciones episcopales y la advertencia de excomunión
El punto más candente de la entrevista se refiere al anuncio del Superior General de la FSSPX, Davide Pagliarani, de consagrar obispos el 1 de julio, si fuera necesario sin mandato pontificio. Esta decisión provocó una reacción inmediata de la Curia romana: el Cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ofreció retomar las conversaciones sobre las diferencias doctrinales y abordar los distintos grados de vinculación de los documentos conciliares, a condición de que se suspendieran las consagraciones. La oferta fue rechazada con rapidez por el Consejo General de la Fraternidad.
Müller califica de «algo problemática» la propuesta de una adhesión gradual al Concilio, precisando que solo puede entenderse en el sentido de la doctrina clásica de los grados de certeza teológica, y nunca como que un individuo o grupo seleccione a su arbitrio qué aceptar y qué rechazar.
La advertencia del Cardenal es severa: «La excomunión por este grave delito contra la unidad de la Iglesia visible significa, en cuanto pecado mortal, también la exclusión de la vida de gracia, de la comunión con Dios y de la esperanza de la vida eterna. Ojalá el Superior de la Fraternidad San Pío X y el círculo de sus corresponsables sean conscientes de esta conexión». Müller subraya que la FSSPX no puede invocar un estado de necesidad, porque ninguno de sus fieles se ve privado de los sacramentos necesarios para la salvación (bautismo y penitencia), y que la pervivencia de una comunidad sacerdotal particular no constituye necesidad alguna, pues Cristo prometió la permanencia hasta el fin de los tiempos únicamente a la Iglesia universal, edificada sobre la roca de Pedro.
«Con el Papa León XIV se encontrará una solución»
Pese a la dureza de sus advertencias, el Cardenal Müller se dirige a los lefebvristas con un tono que él mismo califica de «personal y fraterno», instándoles a abandonar el camino del distanciamiento y el aislamiento entre afines, y a confiarse a las disposiciones del sucesor de Pedro. «Con el Papa León XIV se encontrará con seguridad una solución buena y justa, pero también dogmáticamente sólida», afirma.
La legitimidad del Concilio no admite rebajas
En el tramo final de la entrevista, Müller rechaza las voces que caracterizan al Vaticano II como un mero «concilio pastoral» sin definiciones dogmáticas, sugiriendo que, en aras de la paz, podría dispensarse a la FSSPX de aceptar documentos como Nostra aetate o Dignitatis humanae. El Cardenal responde que un Concilio Ecuménico es la máxima autoridad en la Iglesia católica en materia de fe y disciplina, y que la doctrina de la fe no es un edificio teórico separado de la pastoral. Precisa que Nostra aetate, aunque sea una declaración por su género literario, contiene afirmaciones vinculantes como un dogma cuando establece, por ejemplo, que todos los pueblos forman una única comunidad con su origen y destino en Dios.
«La unidad de la Iglesia no puede comprarse al precio de la verdad con mera habilidad diplomática», sentencia Müller, añadiendo que la Iglesia no puede dejarse imponer ni arrancar la interpretación errónea del Vaticano II con la que la FSSPX pretende justificar su desobediencia al sucesor de Pedro. El Cardenal cierra con una cita de San Agustín: «Quien no ama la unidad de la Iglesia no posee el Espíritu Santo. Por esta razón se dice con razón: solo en la Iglesia católica se recibe el Espíritu Santo».








