(InfoCatólica) Mons. Barron creció en los años de la 'deriva' post-Vaticano II, una época que recuerda marcada por la vacilación. Hoy, convertido en uno de los obispos más mediáticos de EE. UU., alza la voz desde su diócesis de Winona-Rochester para pedir que la Iglesia deje de retorcerse las manos en asambleas interminables y vuelva a su misión de servir a los pobres y evangelizar. Para Barron, la sinodalidad debe ser una herramienta con fecha de caducidad, no un estado de crisis permanente.
El obispo de Winona-Rochester crítica al concepto de sinodalidad como rasgo definitorio de la vida eclesial, justo cuando más de 200 cardenales de todo el mundo se reúnen en Roma con el Papa para abordar, entre otros asuntos, precisamente este tema. El prelado, que participó como delegado electo en las dos sesiones de la Sínodo sobre Sinodalidad celebradas en 2023 y 2024, ha advertido de los riesgos de convertir las asambleas sinodales en foros de debate doctrinal.
Las sinodos, instrumentos pastorales sin vocación doctrinal
En un extenso mensaje publicado en la plataforma X este martes, Barron expuso su posición de forma inequívoca: «Los sínodos son buenos e útiles instrumentos para la determinación de estrategias pastorales prácticas, pero no deberían ser foros para el debate sobre la doctrina». El obispo estadounidense alertó de que «cuando la enseñanza establecida se convierte en objeto de determinación sinodal, la Iglesia degenera en relativismo y duda de sí misma, como se evidencia claramente en el malogrado 'Camino Sinodal' en Alemania».
Esta referencia al proceso alemán, que ha generado amplias controversias por abordar cuestiones doctrinales como el celibato sacerdotal o la bendición de parejas homosexuales, constituye uno de los ejes de su argumentación. Para Barron, el ejemplo germano ilustra precisamente aquello que debe evitarse: la transformación de espacios de deliberación pastoral en instancias de revisión doctrinal.
La herencia de los teólogos de Communio
El prelado se apoya en la tradición intelectual de figuras como Joseph Ratzinger (futuro Benedicto XVI), Hans Urs von Balthasar y Henri de Lubac, fundadores de la revista Communio, que se separaron de la publicación Concilium precisamente por considerar que ésta pretendía perpetuar indefinidamente el «espíritu del Concilio Vaticano II» (1962-1965). «Los grandes teólogos de Communio dijeron que los concilios son ciertamente necesarios a veces en la vida de la Iglesia, pero que uno suspira de alivio al final de un concilio, porque la Iglesia puede entonces volver a su trabajo esencial», recordó Barron.
El obispo añadió una reflexión personal sobre las consecuencias de mantener una mentalidad conciliar permanente: «Mientras permanece en concilio, la Iglesia está en suspenso, insegura de sí misma, retorciéndose las manos. Fue precisamente la perpetuación del espíritu del Vaticano II lo que llevó a tanta vacilación y deriva en los años en que yo crecía».
Una sinodalidad acotada y temporal
Tras presidir recientemente un sínodo local en su propia diócesis, Barron propone un modelo alternativo: «Si debemos continuar con la sinodalidad, que se dedique a la consideración de medios prácticos mediante los cuales la Iglesia pueda hacer más eficazmente su trabajo de adorar a Dios, evangelizar y servir a los pobres». Su condición fundamental es clara: «Y que no sea una característica definitoria y permanente de la vida de la Iglesia, para que no perdamos nuestro vigor y enfoque».
El Consistorio de Cardenales como marco del debate
Las declaraciones de Barron cobran especial relevancia en el contexto del Consistorio que se celebra este miércoles y jueves en Roma, donde más de 200 cardenales procedentes de todo el mundo deliberan junto al Papa. Según informaciones de medios vaticanos, la sinodalidad figura entre los posibles temas de análisis en esta reunión del Colegio Cardenalicio.
La intervención del obispo estadounidense, conocido por su presencia mediática y su labor de comunicación digital, representa una de las voces más explícitas dentro del episcopado respecto a los límites que deberían establecerse al ejercicio sinodal. Su experiencia directa en las dos sesiones de la Sínodo sobre Sinodalidad le confiere autoridad para pronunciarse sobre un proceso que, según advierte, no debería convertirse en un estado permanente de deliberación eclesial.








