(The Pillar/InfoCatólica) En vísperas del vigésimo aniversario del fallecimiento de san Juan Pablo II, el cardenal Antonio María Rouco Valera, arzobispo emérito de Madrid, ha ofrecido una entrevista a The Pillar en la que desgrana el legado del Papa polaco, al que describe como un pontífice «único en la historia moderna» por su modo personalísimo de ejercer el magisterio y por su firmeza en la transmisión de la fe en tiempos de confusión.
La respuesta a una crisis sin precedentes
Rouco, que fue profesor de Derecho Canónico en Múnich y Salamanca antes de iniciar su ministerio episcopal en 1976, sostiene que el pontificado de san Juan Pablo II fue una respuesta providencial a la gran crisis de fe que siguió al Concilio Vaticano II. «El desorden en la vida religiosa, en el sacerdocio y también entre los laicos en el mundo libre, tenía su raíz en una crisis profunda de fe», afirma. «Esa crisis era también una crisis antropológica, no solo teológica o moral, y tuvo su estallido en el año 1968».
El cardenal recuerda que fue testigo directo de aquella convulsión cultural mientras vivía en Alemania: «La frase “prohibido prohibir” lo resume todo: se rechazaba la autoridad, la tradición, la razón, el bien objetivo». En ese contexto, valora que Juan Pablo II respondiera con un magisterio profundamente cristológico, cuya secuencia doctrinal comenzó con la encíclica Redemptor hominis, seguida por Dives in misericordia, Dominum et vivificantem y Redemptoris Mater.
Un magisterio sólido y coherente
A lo largo de los años noventa, el Papa dirigió su atención a cuestiones morales y filosóficas: Veritatis splendor, Evangelium vitae y Fides et ratio son, para Rouco, expresiones de una teología sistemática y coherente que culminó con Ecclesia de Eucharistia, encíclica que considera «hermosa y profunda». «Todo su pontificado es una gran confirmación en la fe», añade.
Importancia del cardenal Ratzinger
No obstante, el cardenal insiste en que no se puede entender a san Juan Pablo II sin reconocer el papel de quien fue su colaborador más estrecho durante más de dos décadas: Joseph Ratzinger. «Doctrinalmente son inseparables», afirma. «Se reunían todos los sábados, salvo que el Papa estuviera de viaje». A su juicio, Ratzinger aportó profundidad teológica y fidelidad inquebrantable al magisterio. «Su designación como arzobispo de Múnich en 1977 fue una sorpresa; su posterior nombramiento como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una bendición para la Iglesia».
Santiago de Compostela, la juventud con el Papa
En la conversación también hay espacio para los recuerdos personales. Rouco rememora con especial emoción las visitas del Papa a España, en particular la Jornada Mundial de la Juventud de 1989 en Santiago de Compostela, de la que fue principal organizador. «Había que buscar un lugar donde cupieran decenas de miles de jóvenes», cuenta. «Conseguimos un terreno en las afueras de la ciudad, organizamos una semana previa de catequesis, vigilias, confesiones y actividades culturales. Fue la primera vez que se celebró una vigilia de oración con el Papa en una JMJ».
Recuerda cómo, durante el discurso, los jóvenes aplaudían tanto que apenas dejaban hablar al pontífice. «Tuve que decir por el micrófono: “¡El Papa quiere hablar!”». Y evoca la frase que marcó a una generación: «No tengáis miedo de ser santos».
Oración y entrega
El Papa se alojó en la residencia del arzobispo, y según cuenta Rouco, se pasó la noche en vela, probablemente en oración. «A las cinco de la mañana ya estaba completamente despierto y preparado. Esa fuerza interior era algo que impresionaba». También relata un episodio anterior, de 1982, cuando un sacerdote le sorprendió de madrugada completamente postrado en la capilla de la nunciatura en Madrid. «Le dijo: “Padre Santo, tenemos que empezar a las seis”, y el Papa le respondió: “Quédate aquí conmigo”. Y rezaron juntos».
Una huella imborrable en la Iglesia española
Para Rouco, el legado de san Juan Pablo II en España es incuestionable. «Nos devolvió el orgullo de nuestra historia católica y el impulso misionero», afirma. En su último viaje a España en 2003, a pesar de su enfermedad, canonizó a cinco santos españoles y dirigió un mensaje vibrante a los jóvenes en Cuatro Vientos. «Les dijo que dar la vida por el Señor es lo mejor que uno puede hacer», recuerda el cardenal. «Les animó a ser testigos de Cristo no imponiendo, sino proponiendo».
Juan Pablo II ya dio magisterio sobre lo que hoy se discute
Interpelado sobre la reapertura de debates como el diaconado femenino o la ordenación sacerdotal de mujeres, Rouco señala la claridad del magisterio de Juan Pablo II: «Hay que releer Mulieris dignitatem, y también Pastores dabo vobis y Ecclesia de Eucharistia. Las respuestas están ya dadas. Lo que falta es que se lean más».
España y la necesidad de una nueva evangelización
Finalmente, preguntado sobre cómo aplicar hoy su enseñanza en una España cada vez más secularizada, Rouco responde con convicción: «Volver a lo esencial. Proclamar el Evangelio con palabras y con la vida. En ciudades como Madrid, la Iglesia está viva, hay deseo de evangelizar. Y, sobre todo, no debemos usar la historia para imponer ideologías, sino para buscar la verdad, como hacía Juan Pablo II».
Y concluye con una imagen que, en su opinión, resume toda la vida del Papa polaco: «Su lema Totus tuus no era una simple frase, sino una entrega total a Cristo y a la Virgen. Y eso es lo que todos estamos llamados a vivir».