El misterio central de la fe cristiana es Jesucristo, que murió por nosotros y nos perdonó todos nuestros pecados, y al tercer día resucitó, abriéndonos de par en par las puertas del cielo. Esto lo celebramos continuamente en todas nuestras celebraciones. Pero una vez al año lo celebramos con toda solemnidad. Esta es la Semana Santa que desemboca en la Pascua.
Para prepararnos a la Semana Santa, la Iglesia nos introduce en el tiempo de Cuaresma, que dura cuarenta días y que desemboca en la Pascua, que dura cincuenta días. Estos noventa días son tiempo privilegiado del año litúrgico, para vivir más intensamente el misterio cristiano, en lo que tiene de configuración con Cristo, que se ha despojado de todo hasta la muerte en cruz y que ha sido ensalzado en la resurrección, el primero entre los muertos.
Entremos en la Cuaresma. El miércoles de Ceniza todos agachamos nuestra cabeza para recibir la ceniza, que nos recuerda nuestra condición de polvo, al que volveremos tras la muerte. La ceniza viene a recordarnos lo que somos por nosotros mismos. Somos puro polvo, que se desvanece. A este polvo Dios se ha abajado, tomando nuestra carne, elevándola hasta ser glorificada en la resurrección. Si somos algo, es nuestra condición de hijos de Dios, llamados a ser amados para toda la eternidad.
La vanidad de nuestra vida entra en verdad durante este santo tiempo de Cuaresma. Nos creemos algo, nos ilusionamos con cualquier cosa, más aún, nos mentimos a nosotros mismos y nos creemos nuestras mentiras. La Cuaresma nos introduce más y más en la verdad de lo que somos y a lo que estamos destinados. El referente siempre es Jesucristo. Él no tuvo pecado, él vivió siempre en la verdad. Sin embargo, asumió nuestra condición débil y se humilló haciéndose obediente esclavo hasta la muerte y muerte de Cruz, para ser glorificado por el Padre. Por este camino nos ha librado de la muerte, de la mentira y del pecado, y nos ha abierto de par en par las puertas del cielo, de la vida eterna con Dios para siempre.
La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, nos marca la pauta. Nos invita al ayuno. Cristo ayunó durante cuarenta días, y fue tentado por el diablo, al que venció bien agarrado a la Palabra de Dios. La Iglesia nos invita a ayunar de tantas cosas: de nuestros vicios y malas costumbres, de nuestro despilfarro en un mundo que nos incita constantemente al consumo, mientras muchos a nuestro alrededor y lejos de nosotros no tienen ni lo elemental para sobrevivir. Con el espíritu afilado por el ayuno, podamos entrar más en el misterio de Dios y podamos ser más solidarios con nuestros hermanos.
Nos invita a la oración. Volvamos a Dios. Él nos curará y llenará nuestro corazón de la alegría que no tenemos. En este año jubilar, nos llenará el corazón de esperanza. Encontremos tiempo más abundante para la oración cotidiana, para un retiro durante la Cuaresma, para desenredarnos de las cosas de este mundo y abrir nuestra alma a Dios. La capilla de la adoración permanente, la visita al Santísimo sacramento, el compromiso diario del santo Rosario, la frecuencia del sacramento del perdón y de la comunión eucarística en la Misa. Volvamos a Dios y él nos restaurará.
Nos invita a la limosna. Aflojemos nuestro bolsillo y seamos más generosos. Dedicando nuestro tiempo a los demás, a tantas personas que están solas, a tantos otros que no tienen posibilidades de insertarse, a los que sufren la injusticia de los demás, a los que son abusados de tantas maneras, a los migrantes que llegan buscando una mejor situación. Abre tu corazón al hermano, no te cierres a tu propia carne, y tu vida florecerá en frutos de justicia.
Vivamos la Cuaresma. Es tiempo de gracia y de salvación. Es tiempo de Dios y de los hermanos. Y así caminaremos hacia la Pascua, hacia la renovación de nuestras vidas.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba