Enterrar a los muertos, la última obra de misericordia

En la concepción antropológica cristiana, el cuerpo no es una cárcel de la que el encarcelado deba huir, ni un vestido del que deba despojarse para buscar otro nuevo. El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, de manera que la promesa de salvación de Jesucristo se dirige al hombre entero, sin excluir su corporeidad.

Se acerca el final del Jubileo de la Misericordia, y la Santa Sede ha hecho pública la Instrucción «Ad resurgendum cum Christo», para recordarnos la importancia de la última de las Obras de Misericordia: «enterrar a los muertos». El hecho de que este Jubileo finalice en el mes de noviembre –mes tradicionalmente dedicado a la oración por los difuntos–, contextualiza la siguiente pregunta: ¿Tiene sentido seguir predicando en pleno siglo XXI el mandato cristiano de enterrar a los muertos, cuando la incineración lleva camino de ser la opción mayoritaria?

Es cierto que durante mucho tiempo la Iglesia se opuso a la práctica de la cremación de los cadáveres, porque se percibía en ese gesto una conexión con la mentalidad dualista platónica, según la cual el cuerpo debía ser destruido para liberar al alma de la cárcel de la materia. La Iglesia actualmente no la proscribe, porque está fuera de duda que esta práctica no está ligada en sí misma al dualismo platónico, ni al reencarnacionismo. Es decir, que, aunque la Iglesia sigue prefiriendo la sepultura de los cuerpos, comprende también las razones prácticas que en ocasiones pueden empujar a optar por la cremación: higiénicas, económicas, sociales, etc.

Ahora bien, más allá de la incineración, se han ido extendiendo diversas prácticas que oscurecen la fe cristiana en la resurrección de los muertos: la aventación de las cenizas en el mar o en la montaña, la conservación de las mismas en los hogares, la división de las cenizas entre los seres queridos, la transformación de las cenizas en recuerdos conmemorativos o piezas de joyería, etc. Por ello, es oportuno recordar que la obra de misericordia que nos insta a «enterrar a los muertos» sigue vigente, también para las cenizas incineradas.

Es un hecho histórico que en tiempos del Imperio Romano, el cristianismo construyó cementerios antes que iglesias. De hecho, los cementerios fueron los primeros templos cristianos. Más aún, por influjo de la fe cristiana se sustituyó el nombre con el que se designaba el lugar destinado a los entierros, «necrópolis» (ciudad de los muertos), por «cementerio» (dormitorio, del griego koimeterion). Tanto es así, que la fe cristiana en el más allá de la muerte, dio a luz un nuevo verbo latino: «depositar». Frente al rito pagano en el que se hacía «donación» del cadáver a la madre tierra, el rito cristiano subraya que el cuerpo es «depositado» en la tierra, en espera de la resurrección. La «depositio» era una evocación de la promesa de Cristo de recuperar el cuerpo enterrado.

En la concepción antropológica cristiana, el cuerpo no es una cárcel de la que el encarcelado deba huir, ni un vestido del que deba despojarse para buscar otro nuevo. El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, de manera que la promesa de salvación de Jesucristo se dirige al hombre entero, sin excluir su corporeidad. La resurrección de Jesucristo, cuyo cadáver había sido «depositado» en aquella tumba de Jerusalén, es la clave a la hora de comprender cuál es nuestra esperanza cristiana. Y, por ello, el santo entierro de Jesús se ha convertido en el referente de la sepultura cristiana.

En definitiva, la fe cristiana en la resurrección está fundada en la misma resurrección de Jesucristo. Baste leer este texto paulino: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

Por ello, una de las llamadas que se nos dirige al finalizar este Jubileo de la Misericordia, es la de poner por obra la última de las obras de misericordia corporales («enterrar a los muertos»), al mismo tiempo que se nos invita a practicar la última de las obras de misericordia espirituales («orar a Dios por vivos y difuntos»). Ambas están íntimamente unidas, por cuanto que cada vez que evocamos el «reposo» de nuestros seres queridos, sentimos la llamada a orar por su eterno descanso, rogando a Dios que llegue el día en que toda la familia nos reunamos en el Cielo.

Al publicar la Instrucción «Ad resurgendum cum Christo», la Iglesia no pretende turbar la paz de quienes optaron por aventar las cenizas de sus seres queridos. Es evidente que la gran mayoría lo hicieron con un grado de consciencia limitada y, en todo caso, ya no existe la posibilidad de rectificación. Obvia decir que tal práctica no es obstáculo alguno para la acción «recreadora» de Dios en la resurrección.

En cualquier caso, la presente Instrucción eclesial se ha demostrado necesaria, a tenor de la sorpresa que ha causado. En realidad, la Iglesia no ha hecho sino recordar una doctrina milenaria. Quizás debiéramos entonar nuestro «mea culpa» eclesial, porque una vez más se demuestra que un silencio prolongado en nuestra predicación equivale en la práctica a una duda, cuando no, a una negación. La fe cristiana se expresa en signos, y la renuncia a estos signos oscurece nuestra fe con el paso del tiempo.

Sin duda alguna, nuestra fe en la resurrección está magníficamente expresada en la sepultura cristiana que realizamos en esos «dormitorios» a los que llamamos cementerios. Observo con agrado que en algunos cementerios ya se van acondicionando lugares especiales –columbarios– para el entierro de las cenizas de los difuntos incinerados. Sin olvidar que podemos hacer uso de los columbarios que ya existen en algunas de nuestras iglesias.

+ José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián

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11 comentarios

Tito España
"Quizás debiéramos entonar nuestro «mea culpa» eclesial, porque una vez más se demuestra que un silencio prolongado en nuestra predicación equivale en la práctica a una duda, cuando no, a una negación. La fe cristiana se expresa en signos, y la renuncia a estos signos oscurece nuestra fe con el paso del tiempo".

Muy oportuno este 'mea culpa', D. Ignacio, pero no por usted en concreto, sino por tantos y tantos obispos y sacerdotes que no predican sobre los temas relativos a la salvación y los documentos y homilías se pierden en consideraciones sociales, económicas, etc. etc. sin llamar a la conversión del corazón y de las costumbres por el riesgo contrario de la condenación eterna. Supongo que pareceré fuera de este mundo por hablar de esto, pero a eso vino nuestro Salvador: a darnos las pautas para llegar a la vida gloriosa junto a Él.
¿Quién se atreve a predicar sobre los Novísimos?
Ahora, y perdone, todo se nos va en misericordia. Dios es Bueno, es Padre y perdona a todos. Y a todos, desde el más alto al más bajo de la jerarquía docente se les pasa por alto predicar que sí, Dios perdona, pero al que pide perdón y se arrepiente de sus faltas y pecados. Ahora parece que nadie peca, nadie falta, todos somos guay del Paraguay y, lógicamente, Dios Padre y toda la corte celestial se derriten por recibirnos.
Un abrazo.---
27/10/16 9:17 PM
En la concepción antropológica cristiana, el cuerpo no es una cárcel de la que el encarcelado deba huir, ni un vestido del que deba despojarse para buscar otro nuevo. El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, de manera que la promesa de salvación de Jesucristo se dirige al hombre entero, sin excluir su corporeidad. ni un vestido del que deba despojarse para buscar otro nuevo. El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, de manera que la promesa de salvación de Jesucristo se dirige al hombre entero, sin excluir su corporeidad.
__________________

Mora Dios en todo aquello que Dios crea. Y en la medida que Dios en su creación mora, ésta, se define en su divino proceder.

"En la concepción antropológica cristiana, el cuerpo no es una cárcel de la que el encarcelado deba huir, ni un vestido del que deba despojarse para buscar otro nuevo."

Y no obstante a la vista y sentido está:
De grado, admitiendo la muerte que es división de la opaca materia masa; o por la fuerza que es la misma causada por el Pecado Original: todo ser vivo, llegado su tiempo de definición, rompe esta cárcel y en espíritu vivo o muerto queda a la disposición de ser juzgado como ser bienaventurado o maldito para su Dios creador.

"El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, de manera que la promesa de salvación de Jesucristo se dirige al hombre entero, sin excluir su corporeidad"

El ser humano es una unidad sustancial de cuerpo y alma, y Espiritu Santo qui
28/10/16 10:41 AM
JoSé
claro que sí, además es ecoLÓGICO ya que pocos buitres ya anidan por estos lares, el buitre leonado y pocos más...Sabio siempre el padre Munilla.
29/10/16 4:58 AM
JoSé
Bendita la propiedad con que habla nuestro padre Munilla
29/10/16 5:00 AM
Mariano
Otra obra de caridad a un difunto es interceder por su paso al cielo, en el caso de que esté en el purgatorio, mediante una indulgencia plenaria ofrecida a Dios por su alma.
29/10/16 6:33 PM
pedro de madrid
Cuando se auorizó la incineración ya se dieron normas concretas como tenían que cumplirlo el cristiano,, tal vez esa incineración y abandono de las cenizas en lugares no sagrados lo hagan los no católicos, aunque no estaría de más reiretarlo cada poco tiempo, el cristiano no está bien informado, toca trabajar este punto
30/10/16 8:19 PM
Néstor
De todos modos, hay que reconocer que la cremación está menos en la línea de la fe en la Resurrección que el enterramiento. Creer que este cuerpo mío ha de resucitar un día y convertirlo en cenizas no son cosas que vayan espontáneamente juntas. El hecho de que luego las cenizas suelan esparcirse a los cuatro vientos parece confirmar el espíritu latente muchas veces en esta opción, incluso hoy día.

Pensemos lo que hubiese parecido la cremación en tiempos de San Agustín o de San Francisco de Asís.

Y pensemos también que hoy día hay varias líneas "teológicas" en la Iglesia que en los hechos niegan la Resurrección de la carne, hasta el punto de que en algunas versiones del Credo se habla solamente de la "resurrección de los muertos".

Saludos cordiales.
31/10/16 1:12 PM
Outis
Intervengo con retraso, ausente como estoy de la llamada España (pace los extremistas vesánicos). Me resulta llamativo que a estas alturas del cristianismo vuelva a planear la duda -pues esto es lo que está sucediendo- que ya despejaron los Padres de la Iglesia frente a quienes pensaban que los incinerados, los ahogados comidos por los peces, los devorados por las fieras (principalmente los mártires: Ignacio de Antioquía y su cuerpo molido por los dientes de las bestias), por los perros o las aves, etc., no podrían alcanzar la resurrección de los cuerpos al haber desaparecido cualquier vestigio material remanente. Señala Vd. que "esta práctica oscurece la fe cristiana en la resurrección de los muertos". La mía no, desde luego, ni la de bastantes Padres que ya contestaron a aquel estado de opinión. Pues como Vd. mismo bien dice, el hecho de la aniquilación de la carne no es obstáculo alguno para la acción "recreadora" de Dios el día del Juicio, que con los cuerpos desintegrados por la causa que sea y el polvo que ha vuelto al polvo reconstruirá las figuras de toda su grey (de los multi convocados para el Juicio, ya que no del conjunto del género humano). Y es que nuestra fe nos demanda pasar por encima de las ideas de depositio y de sepultura: basta con interiorizar plenamente el artículo del credo, en la confianza (pistis) de la resurrección. Otra cosa es que seamos respetuosos con los restos de nuestros difuntos, como acción de caridad, y nos sintamos en paz si los tenemos
3/11/16 5:51 PM
María Isabel Pérez Belmar
Pues gracias, por que el otro día, me comentaron yendo al cementerio , eso mismo que la iglesia prohibía que se tiraran las cenizas, a veces se dice algo y la televisión retuerce la noticia.
4/11/16 9:04 AM
Néstor
Obviamente que cuando la Iglesia expresa su preferencia por la inhumación no está negando que el poder de Dios puede efectuar la Resurrección de la carne haya sido el que haya sido el destino final de los restos del difunto.

Por eso mismo es una preferencia y deja abierta la posibilidad de la cremación.

Pero sí está diciendo algo que me parece poder expresar del modo dicho: no va tan espontáneamente en la línea de la fe en la Resurrección la cremación como la inhumación.

Saludos cordiales.
4/11/16 4:59 PM
ore sin cesar
Gran articulo, monsenor.
12/11/16 8:21 AM

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