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13.12.11
Nuevo artículo de César Vidal sobre el funesto catolicismo español. Digo “nuevo” por decir algo, porque en realidad es una repetición de los mismos temas y afirmaciones de artículos anteriores. De nuevo, Vidal cede a la tentación de deslizarse desde el método histórico a la argumentación panfletaria.
Yo diría que se nota en el artículo un cierto cansancio, quizá porque D. César se está dando cuenta de que con esta serie no va a ningún sitio, más que a dañar su prestigio y a perder lectores. A decir verdad, a mí también me cansa tener que rebatir una y otra vez los mismos errores. Quizá D. César podría hacernos un favor a todos y dedicarse a hablar de otras cosas… o de éstas de una forma más seria. Mis comentarios, como siempre, en rojo.
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Ya fue bastante desgracia que España –y con ella las naciones donde no triunfó la Reforma– se viera privada de la ética del trabajo del norte de Europa, del impulso educativo, de la revolución científica, de la nueva cultura crediticia, de la aceptación del imperio de la ley e incluso de un notable horror frente a conductas reprobables como la mentira o la violación de la propiedad ajena. Lamentablemente, no se detuvieron ahí nuestras diferencias. Entraron en el terreno político y, de manera muy especial, en un instrumento tan esencial para la defensa de las libertades como la separación de poderes [Resulta curioso que un protestante haga esta afirmación, porque, en realidad, lo primero que hizo la Reforma (una razón fundamental para su triunfo en varios países) fue destruir cualquier separación de poderes. En los artículos anteriores, D. César no se ha cansado de criticar la independencia de la Iglesia con respecto al poder civil. Pues bien, eso significa que la Iglesia suponía un freno al poder absoluto del monarca. Freno que destruyó completamente la Reforma, la cual dio al soberano todos los poderes, civiles y religiosos, convirtiendo sus mandatos en absolutos e inapelables.].
Las naciones en las que triunfó la Reforma supieron siempre que el poder absoluto corrompe absolutamente [En realidad, la famosa frase de “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” es muy posterior a la Reforma. Su autor fue Lord Acton (1834-1902). Por cierto, un católico y discípulo del cardenal Wiseman que quiso estudiar en Cambridge pero no pudo… por ser católico. Yo diría que no ha sido un ejemplo afortunado para D. César]. A decir verdad, el papado era para ellos un paradigma de esa realidad. Un obispo de Roma que no contaba con frenos a su poder [Quien escribe algo así o bien no ha leído un libro de Historia en su vida o, como en este caso, ha convertido la Historia en un daño colateral de sus obsesiones ideológicas. La Historia de la Iglesia muestra, sin lugar a dudas, que el poder papal no es ni ha sido nunca absoluto. Doctrinalmente, porque el Papa no puede decidir lo que quiera, sino que está vinculado por la Tradición de la Iglesia, la Escritura y por el magisterio anterior, como muestra el conocido caso del papa Juan XXII. Disciplinariamente, porque la obediencia en la Iglesia difícilmente se puede conseguir simplemente a base de potestas, siendo necesaria la auctoritas, y, además, el Papa está vinculado por el Derecho Canónico mientras éste no se modifique. Políticamente, porque la Iglesia ha rechazado siempre la teocracia (a diferencia de, por ejemplo, el calvinismo). Basta recordar, por ejemplo, el Saco de Roma o las mil disputas entre el Papa y los soberanos católicos. Socialmente, porque las sociedades cristianas siempre fueron complejas, con multitud de contrapesos y una gran división de poderes… etc.] había terminado abandonando desde hacía siglos la humildad del pesebre de Belén [Es curioso que un teólogo diga algo así. La humildad no depende de los edificios, es una cualidad espiritual. Según la Biblia (cf. Sal 130), el Rey David era humilde y vivía en un palacio] o de la cruz del Calvario [Esto no se entiende. Parece una crítica gratuita. ¿Quiere decir que los papas tenían que conseguir que los mataran de alguna forma? Cuando fue necesario, los papas dieron su vida por la fe. De hecho, unos 40 papas han sido mártires.] por la basílica de san Pedro en Roma, sin duda extraordinaria desde un punto de vista artístico, pero levantada con fondos de procedencia moralmente discutible [Las insinuaciones están fuera de lugar. Dígase lo que se quiera decir o no se diga nada, pero insinuar cosas sin decirlas es impropio de un historiador]. No se trataba de un episodio aislado sino de la continuación de lo que consideraban un proceso de degeneración. ¿Acaso los papas no habían trasladado la corte de Roma a Aviñón por razones meramente políticas (1309-1376)? ¿Acaso durante el siglo XIV no había padecido la iglesia católica un Cisma que se tradujo en la existencia de dos papas –llegó a haber hasta cuatro– que se excomulgaban recíprocamente (1378-1417)? ¿Acaso los papas guerreros del Renacimiento –magníficos mecenas e incluso dotados políticos por otra parte– no habían destacado precisamente por, en general, no ocuparse de la piedad como su primera tarea (1417-1534)? Pues si eso sucedía con gente que, por definición, tenía que ser ejemplar, ¿qué se podía esperar del poder político? [Es sorprendente que D. César cuente estas cosas como un “descubrimiento” de la Reforma, como si los medievales fueran tontos. En realidad, lo único que muestran estas cosas es que el hecho de ser sacerdote, obispo o Papa no asegura nada en cuanto a la santidad personal… ni la Iglesia ha afirmado nunca que lo haga. Es algo conocido por los católicos de todos los tiempos. San Pedro, el primer Papa, negó a Cristo tres veces.]
Para la teología protestante, en seguimiento de la Biblia y de teólogos como Agustín de Hipona [Para decir algo así, hay que tener una cara de cemento o ignorar totalmente lo que decía San Agustín sobre este tema. San Agustín desarrolló la doctrina católica sobre el pecado original, radicalmente diferente de la protestante, por ejemplo, en la aceptación de la libertad humana, el daño pero no la corrupción total de la naturaleza humana por el pecado, etc. ], el ser humano tiene una naturaleza corrompida por el pecado y, por lo tanto, lo mejor – lo único – a lo que puede aspirarse en términos políticos es a un poder que no sea absoluto y que gestione bien sus funciones [D. César oculta una parte esencial de la idea protestante sobre la naturaleza y el pecado: para los protestantes, la naturaleza humana está totalmente corrompida por el pecado. Por lo tanto, una autoridad no cristiana tiene que estar de hecho totalmente corrompida. Lo que pasa es que, como en las naciones protestantes la autoridad política tomó de hecho el poder religioso, esta idea quedó bastante olvidada en la práctica. ¿Quiénes son los únicos que han tenido una relación con el poder político verdaderamente consecuente con la teología protestante sobre este tema? Esencialmente los cuáqueros, algunos grupos anabaptistas y los testigos de Jehová. Es decir, quienes consideran que el Estado es, en la práctica, el Anticristo. En realidad, lo que menciona D. César como consecuencia de la teología protestante es el resultado de la teología católica sobre el pecado original, aplicada durante siglos a la relación entre la Iglesia y las autoridades temporales]. En apenas unas décadas, esa visión –ciertamente novedosa [en absoluto] y, desde luego, radicalmente opuesta a la de la Europa de la Contrarreforma [esto es tan erróneo que cuesta trabajo creer que se haya escrito]– fue articulando una serie de frenos frente al absolutismo en las naciones donde había triunfado la Reforma. En Holanda se optó directamente por una república con libertad de culto donde, por ejemplo, se otorgó asilo a los judíos que habían sido expulsados de España en 1492 siendo la familia de Spinoza un ejemplo de entre tantos judíos que encontraron allí un lugar donde prosperar libremente [Excepto si eras católico, claro. El catolicismo fue prohibido en Holanda en torno a 1580 y no pudo haber obispos católicos allí hasta tres siglos después. No deja de llamarme la atención que D. César llame “libertad de culto” a cualquier régimen que prohíba, a menudo bajo pena de muerte, el culto católico]. En las naciones escandinavas se asistió al nacimiento de un parlamentarismo creciente [En realidad, las raíces del Parlamento sueco vienen de tiempos católicos, en el siglo XV. Durante el protestantismo, desde el Rey Gustav Vasa, lo que se crearon fueron unos estados generales muy similares a los de la católica Francia. Por otra parte, lo mismo podría decirse de la católica Polonia, por dar un ejemplo cercano. ¿Por qué una cosa es ejemplo de la bondad del protestantismo y la otra no es ejemplo de nada según la argumentación de Vidal?]. En Inglaterra, en la primera mitad del siglo XVII, un ejército del Parlamento formado fundamentalmente por puritanos se alzó contra Carlos I. Su intención no era una revolución que implantara la utopía sino que consagrara el respeto a derechos como el de libertad de culto, de expresión o de representación y de propiedad privada [Surrealista. ¿¿Libertad de expresión?? Poner al único dictador que ha tenido Inglaterra hasta el momento como ejemplo de libertad de expresión resulta risible. ¿¿Libertad de culto?? Poner a Cromwell y sus cabezas redondas como adalides de la libertad de conciencia desafía a la imaginación. En Irlanda, después de masacrar a absolutamente todos los habitantes de varias poblaciones, prohibió el catolicismo y estableció la pena de muerte para cualquier sacerdote católico que se capturase. Quizá Cromwell fue quien más contribuyó, él solito, a conseguir que los irlandeses mantuviesen su resistencia contra los ingleses durante tres siglos más, hasta conseguir la independencia. Pero claro, como era protestante, esas cosas no importan. Por otra parte, ¿qué admira D. César en la rebelión de Cromwell contra su rey que no admire también en la rebelión de los Comuneros de Castilla? Aparte de que uno era protestante y los otros católicos, quiero decir.]. Así, en 1642, el mismo año en que los heroicos Tercios españoles iban camino de su última e inútil sangría para mayor gloria de los Austrias y de la iglesia católica [De nuevo, he aquí lo que verdaderamente molesta a D. César], los soldados del parlamento inglés contaban con una Biblia del soldado que se había impreso por orden de Cromwell. El texto –una antología de textos bíblicos– comenzaba señalando la ilicitud de los saqueos y continuaba manifestando, bíblicamente, la justicia de la causa de la libertad [El amigo Cromwell sólo creía en la ilicitud de los saqueos entre los “buenos”, es decir, esencialmente los de su bando, a los cuales difícilmente iba a tener oportunidad de saquear de todas formas. En cambio, nada de eso se aplicaba a los católicos irlandeses, por ejemplo. En Irlanda, confiscó la práctica totalidad de las tierras de los católicos (que pasaron de tener el 60% de las tierras de la isla al 8%).].
Bien es cierto que los ingleses contaban con una ventaja sobre los españoles y es que la Reforma había permitido que su porcentaje de alfabetización fuera muy superior al del Imperio donde no se ponía el sol. En esa época, los puritanos que habían emigrado a América –entre los que había estado a punto de encontrarse Cromwell– contaban con una tasa de alfabetización superior al 70 por ciento según se desprende de los documentos de la época. En España, era unas siete veces inferior y así continuó por siglos [Un ejemplo perfecto de lo que no debe hacer un historiador: comparar cosas totalmente diversas. ¿Cómo se pueden comparar dos cosas tan diferentes como un país y un pequeño grupo cerrado de personas? Es como si comparásemos a los protestantes suecos con, por ejemplo, los sacerdotes jesuitas, que tenían una tasa de alfabetización del 100%. Este tipo de comparaciones no las hacen los historiadores, sino los especialistas en propaganda y desinformación.]. El resultado iba a ser obvio. Los ingleses lograron la victoria del parlamento contra el despotismo monárquico [La protestante Inglaterra sólo tardó diez años en reinstaurar a un rey que fue mucho más absolutista que su padre y en juzgar y ejecutar a Cromwell después de muerto. Citemos al autor anglicano Cobbett, cuya obra sobre la Reforma en Inglaterra está editando Vita Brevis: “¿Qué hombre que no sea tan malvado como perverso podrá figurarse que la impunidad de Cromwell sea una prueba del amor del pueblo y de su admiración a semejante tirano?”]; los españoles –que fueron la primera nación que conoció un embrión de parlamentarismo con las cortes medievales– [Es decir, en tiempos católicos. ¿Por qué eso no cuenta a favor del catolicismo en la argumentación de D. César y los ejemplos traídos por los pelos que da se presentan como pruebas de la bondad del protestantismo? ¿No será que estos temas son mucho más complejos de lo que se pretende hacernos creer?] contemplarían como su hegemonía se perdía gracias al encadenamiento de reyes absolutos empeñados en ser la espada de la Contrarreforma [Cuando Inglaterra, Suecia, Holanda, el Imperio romano, los sucesores de Alejandro Magno, los faraones egipcios y un interminable etcétera de pueblos perdieron su hegemonía, ¿sería también por su catolicismo? ¿No será que el poder político, antes o después, se pierde, como cualquier persona sensata comprende?]. Las cosas en Historia –mal que les pese a algunos– no suceden por que sí [Ni tampoco la Historia es una película de dibujos animados en la que el malvado Coyote católico persigue siempre con malas intenciones al bondadoso Correcaminos protestante y termina siempre cayéndose por un barranco, como parece D. Cesar afirmar de las naciones católicas].
De hecho, Teodoro de Beza, el sucesor de Calvino en el pastorado ginebrino, ya había escrito su El derecho de los magistrados donde justificaba la resistencia armada contra los tiranos. Y en 1579, se había publicado el Vindiciae Contra Tyrannos (Claims Against Tyrants) donde se formulaba la idea del contrato social esencial para el desarrollo del liberalismo posterior afirmándose que “existe siempre y en todo lugar una obligación mutua y recíproca entre el pueblo y el príncipe…. Si el príncipe falla en su promesa, el pueblo está exento de obediencia, el contrato queda anulado y los derechos de obligación carecen de fuerza” [Esto es asombroso. Por pocos conocimientos históricos que uno tenga, sabe que la limitación del poder de los reyes es un tema muy común en toda la Edad Media y, en general, en toda la Teología Católica. Supongo que un español conocerá el Fuero Juzgo, siglo XIII, del reinado de Fernando III el Santo y que recoge tradiciones que se remontan al siglo VII. En él se dice ya que “el rey que hace justicia, debe tener nombre de rey, mientras que haciendo injusticia pierde el nombre de rey. De donde los antiguos dicen el proverbio: Serás rey si haces justicia y si no la haces, no serás rey”. Santo Tomás de Aquino, el teólogo medieval más representante del catolicismo, enseñaba en el siglo XIII que la ley injusta no obliga a los súbditos, porque ni siquiera es ley en sentido estricto. San Ambrosio, en el siglo IV, excomulgó al emperador Teodosio por una matanza en Tesalónica y le obligó a arrepentirse y a hacer penitencia pública. La Escuela de Salamanca en España habló por activa y por pasiva de las limitaciones del poder real. En fin, podríamos dar cientos de ejemplos. Resulta ridículo que D. César pretenda hacernos tragar el bulo de que esto es algo inventado por los protestantes, cuando los textos que cita no son más que algunos restos de teología católica en manos de diversos autores protestantes].
Beza o el autor de Vindiciae no fueron una excepción. John Knox, un discípulo de Calvino que fue esencial en la Reforma escocesa sostuvo los mismos principios que fueron objeto de otros aportes jurídico-teológicos esenciales [En realidad, como hemos visto no son ningún tipo de aportación, sino una muestra de la común cultura católica sobre el tema]. John Ponet, un obispo de la Iglesia anglicana en torno a 1550 escribió A Shorte Treatise of Politike Power donde justificaba, apelando a la Biblia, a la resistencia contra los tiranos. Ponet fue, desde muchos puntos de vista, un antecesor del fundador del liberalismo, el también protestante y teólogo John Locke [Luego hablaremos de él]. Se puede indicar que también los jesuitas creían en el tiranicidio, pero lo cierto es que la diferencia era radical en los planteamientos. El derecho de rebelión se legitimaba en los reformadores sobre la base de la defensa de las libertades y no –como pretendían los jesuitas– para acabar con un monarca que fuera, por ejemplo, hereje [Esta forma de argumentar produce, siento decirlo, vergüenza ajena. La realidad es que los católicos aceptaron monarcas herejes. Por ejemplo, en Inglaterra, hasta que la persecución contra ellos se hizo insoportable. Por otra parte, D. César cita maliciosamente el tema religioso como si fuera el definitorio de la tiranía, cuando no es así. El P. Juan de Mariana S.J., por ejemplo, citaba como posibles legitimaciones de la rebelión los impuestos injustos, impedir que un parlamento legítimo se reuniese, la esclavización de los súbditos, un intento de control excesivo sobre ellos, robarles sus propiedades (se ve que no se había enterado de que los católicos el robo nos parece algo sin importancia, como decía D. César en otro artículo)]. Los protestantes podían vivir bajo un señor que tuviera otra religión y servirlo con lealtad, como vimos en otras entregas, pero no veían legitimidad alguna en quien suprimía los derechos de sus súbditos y los oprimía [Je, je. Como ya hemos visto en otros artículos, los Reformadores consideraban bueno y adecuado oprimir, expulsar o ejecutar no sólo a los católicos, sino a los protestantes de otras denominaciones. Según la Paz de Augsburgo, en los países luteranos estaban prohibidos el catolicismo… y las doctrinas protestantes que no fueran la luterana].
No puede, pues, sorprender –en realidad, era totalmente lógico– que el liberalismo político lo pergeñara John Locke, el hijo de un puritano que había combatido contra Carlos I de Inglaterra. En la parte final de su vida, Locke –que estuvo muy influido por la Confesión de Westminster y otros documentos puritanos– estaba convencido de que sus escritos más importantes eran sus comentarios al Nuevo Testamento [Una idea que ciertamente le honraba], pero la posteridad no lo ha visto así, como, por otro lado, tampoco lo ha hecho con Newton. Cuando Lord Shaftesbury recibió la orden de escribir una constitución para la Carolina, pidió la asistencia de Locke. En el texto que escribió a instancias de Lord Shaftesbury [Uno de los grandes promotores de la exclusión del trono del hijo de Carlos II por cometer el crimen de ¡ser católico en secreto!], insistió en la libertad de conciencia y en la extensión de la misma no sólo a cristianos de cualquier confesión [Excepto los católicos. Por ejemplo, en el Ensayo sobre la Tolerancia, Locke escribió: “No deberá tolerarse el derecho de los católicos a propagar su fe. Y esta regla no es sólo aplicable a los papistas, sino a cualquier otra clase de hombres que surja entre nosotros; pues tal represión dificultará de algún modo que se extiendan esas doctrinas que siempre tienen consecuencias perniciosas. Como se hace con las serpientes, no se puede ser tolerante con ellas y dejar que suelten su veneno". Locke tiene un pensamiento muy interesante y es uno de los grandes pensadores del liberalismo pero, por desgracia, su liberalismo sólo alcanzaba a algunos] sino también a judíos, indios [Je, je. En realidad, más que darles libertad religiosa, lo que se hizo fue impedir que los indios se hicieran cristianos, para poder esquilmarles más fácilmente. En Nueva York, por ejemplo, se llegó al extremo de prohibir el establecimiento de misioneros (protestantes) entre los indios, tras las quejas de los colonos por la creación, a mediados del siglo XVIII, de la misión de Shekomeko entre los mohicanos por los Hermanos Moravos, un grupo protestante, que fueron acusados de “jesuitas”.], “paganos y otros disidentes” [Como ya hemos visto, lo que de hecho sucedió fue que los protestantes persiguieron a otros protestantes con mucha más saña de la que los católicos mostraron jamás]. Se trataba de un punto de vista que era derivación natural de la Reforma [En realidad, las leyes de tolerancia (parcial y nunca para con los católicos) no fueron una derivación de la Reforma como pretende D. César, sino una derivación de una consecuencia de la Reforma que no había sido prevista por los Reformadores. Es más, una consecuencia de la Reforma que los reformadores consideraron una maldición y contra la que lucharon con todas sus fuerzas (a menudo, con ejecuciones a mansalva): la división de los protestantes en innumerables grupúsculos peleados entre sí. La conocida capacidad del protestantismo para disgregarse en grupos totalmente distintos terminó por convertir en insostenibles las políticas iniciales de uniformidad religiosa de los países protestantes], pero que necesitó llegar a la segunda mitad del siglo XX para que pudiera ser aceptado por la iglesia católica.
Locke era un protestante muy convencido –quizá algunos lo calificarían hoy de fundamentalista– y precisamente por eso creía que solo las religiones que son falsas necesitan apoyarse en la “fuerza y ayudas de los hombres". Por supuesto, como buen protestante, también era consciente de que la naturaleza humana presenta una innegable tendencia hacia el mal y por ello los poderes debían estar separados para evitar la tiranía [Las mismas afirmaciones maliciosas una y otra vez terminan por hacerse cansadas. Como ya hemos mostrado, la tendencia hacia el mal causada por el pecado es una doctrina católica con dos mil años de antigüedad. ¿A qué viene presentarla como un descubrimiento protestante?].
Semejante visión liberal encajaba como un guante en las naciones donde había triunfado la Reforma. Era inaceptable en aquellas donde la Contrarreforma se había impuesto. Para los primeros, no había institución alguna –incluyendo la eclesial– que no pudiera verse salpicada por esa mala tendencia humana [De nuevo, una falsedad que difícilmente puede ser de buena fe. Hemos mostrado (y basta un conocimiento del catecismo infantil para saberlo) que esa doctrina es católica. Si los protestantes la conservaron, aunque fuera algo deformada, mejor para ellos, pero en ningún caso resulta aceptable afirmar que la inventaron o la descubrieron] y curiosamente el reglamento de algunas denominaciones de la época, como los presbiterianos, recogió una división de poderes que maravilla al que lee sus documentos. Para los segundos, sí era obvio que había instituciones inmaculadas a las que, por añadidura, no se podía ni limitar ni someter al imperio de la ley [Una nueva afirmación falsa que difícilmente puede deberse a la ignorancia. El hecho de que el pecado original afecta a absolutamente todos los hombres, incluidos papas, obispos, monjes es, como hemos mostrado, doctrina católica desde hace dos mil años. Y un lugar común entre los católicos de la Edad Media, por ejemplo. El mismo Dante, colocó a Nicolás III, Bonifacio VII y Clemente V en el infierno, de la forma más natural del mundo. No es posible que D. César no sepa estas cosas. ¿Por qué afirma lo contrario, entonces?].
Los frutos de esa visión no se hicieron esperar. Como han recordado en un más que interesante libro Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo, en 1884 el padre Félix Sardá y Salvany escribía El liberalismo es pecado [Lo que no señala D. César es que este libro sólo es eso, un libro entre miles. Y este sacerdote sólo fue eso, un sacerdote entre miles. Sus opiniones no se pueden identificar sin más con la doctrina católica ni con el catolicismo en su conjunto]. Las razones que daba el citado clérigo para señalar la maldad del liberalismo no tenían desperdicio [En realidad, “liberalismo” es un término polisémico. En Estados Unidos, por ejemplo, los “liberales” son la gente de izquierdas, es decir, los partidarios a grandes rasgos del intervencionismo estatal]. El liberalismo era pecado porque defendía “la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad [La crítica a esto no es del P. Sardá y Salvany, sino de todos los cristianos que en el mundo han sido. De hecho, defender esto es la definición de alguien que no es cristiano. No entiendo muy bien la ironía de D. César, la verdad]; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que no nazca de ella misma [De nuevo, lo mismo que la frase anterior pero con respecto a la sociedad en su conjunto]; soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después [Esto es lo que se llama democracia relativista. Defender la independencia de cualquier criterio que no sea la voluntad popular es defender, por ejemplo, la independencia con respecto al bien y el mal, lo justo y lo injusto, etc. Es decir, defender una democracia que, por mayoría, pueda aprobar la esclavitud, decidir pegar a las mujeres, etc.]; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en religión; libertad de imprenta, asimismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de asociación con iguales anchuras [Nunca han existido ni existen en la actualidad libertad de asociación de expresión o de imprenta absolutas. En España, por ejemplo están prohibidas las asociaciones secretas, las asociaciones con fines terroristas, etc., está prohibido editar libros como los de la Librería Europa y está prohibido expresarse para injuriar, calumniar, incitar al odio racial o religioso, y otras muchas cosas. En realidad, esto que señala D. César no es un asunto maniqueo, de blanco o negro, sino el esfuerzo realizado durante siglos por encontrar el punto de equilibrio adecuado en lo que es una cuestión de grado]“.
La definición del sacerdote era errónea en algunos aspectos esenciales porque, como han señalado muy bien Rodríguez Braun y Rallo, el liberal sabe que existe un sometimiento a la ley que limita sensatamente los derechos enunciados –otra herencia del pensamiento bíblico pasado por el tamiz de la Reforma– [La libertad total con la única limitación del sometimiento a la ley no es, ciertamente, un principio cristiano. No ha habido nunca una ley que prohíba la envidia, pero los cristianos seguimos empeñados en que es un pecado], pero el padre Sardá y Salvany difícilmente podía entender un principio reformado como el de la primacía de la ley sobre toda institución [Si se está hablando de la ley natural o la ley de Dios, es algo que ha afirmado la Iglesia desde su creación: La Iglesia no tiene autoridad para saltarse un sólo precepto de la ley de Dios, ni de la ley natural. Si D. César está hablando de la ley humana y la entiende de manera absoluta, ése es, justamente, el principio de toda tiranía] y, sobre todo, tenía pavor a la idea de que el pueblo decidiera su destino –¡y lo votara!– [En realidad, difícilmente podría esto ser más falso. Uno de los mejores ejemplos de democracia han sido, desde hace milenios, los monasterios católicos, en los que abades o priores se elegían por votación. La católica Génova fue gobernada por cónsules elegidos por su parlamento desde el siglo XII] sin someterse a los dictados de la iglesia católica [Aquí está el verdadero criterio de juicio para D. César. Medida anticatólica: buena. Medida procatólica: mala. Lo demás, son aderezos]. Ahí iba a residir una parte considerable de las causas del fracaso de la modernización de España en el siglo XIX. José María Blanco White, liberal y amigo de Argüelles, lo advirtió precisamente cuando se redactaba la constitución de Cádiz. En sus Cartas de Juan sin Tierra, Blanco White subrayó que la Constitución liberal de 1812 iba a fracasar porque no reconocía el derecho a la libertad religiosa [Increíble. ¿Y el régimen inglés que oprimió a los católicos hasta antesdeayer? ¿Y los regímenes nórdicos que hicieron lo mismo? ¿Y los numerosísimos ejemplos de países protestantes en los que no se podía ser católico? De nuevo, para D. César, libertad de culto es aquella que permite cualquier credo… excepto el católico]. Al permitir que un derecho tan esencial fuera conculcado para satisfacer las imposiciones de la iglesia católica, los liberales españoles –según Blanco White– toleraban que una institución no precisamente liberal decidiera lo que tenía que haber en la conciencia de toda una nación, algo que, dicho sea de paso, habría repugnado a Locke [Je, je. Esta frase es propia del zapaterismo más exaltado. Es curioso que el anticatolicismo de Zapatero y el de César Vidal terminen por encontrarse, más allá de diferencias políticas menores]. El resultado sería que la división de poderes se difuminaría y que cuando regresara el rey se aliaría con la iglesia católica y acabaría con el régimen liberal que se estaba fraguando en Cádiz. Blanco White –que acabó sus días siendo un exiliado protestante en Inglaterra– acertó de lleno en su tristísimo pronóstico. Así, en no escasa medida, el siglo XIX español, sobre el que volveremos, fue un desangramiento nacional provocado por el intento –no siempre feliz– de los liberales por crear un estado moderno y la insistencia de la iglesia católica por abortar esa posibilidad, ora apoyando al carlismo, ora a un liberalismo emasculado [Este resumen del siglo XIX es de las cosas más sectarias que he leído nunca].
Con esa Historia a las espaldas, no debería sorprendernos que la separación de poderes haya quedado en España limitada a unas pocas mentes cultivadas y, generalmente, liberales. Tanto la izquierda como la derecha han deseado históricamente que la separación no pudiera existir. En ocasiones, porque habría afectado a instituciones intocables como la iglesia católica [¿En qué habría afectado la separación de poderes a la “intocable” Iglesia? Da igual, de nuevo el Pisuerga.] o la monarquía; en otras –como el franquismo– porque se llegó a forjar un principio distinto basado en una supuesta coordinación y opuesto frontalmente a la funesta separación de poderes que preconizaban los liberales. Éstos, en muchos casos sin saberlo, sólo estaban insistiendo en la vigencia de una fórmula protestante [Católica, como hemos visto], la que insiste en que la concentración de poderes sólo puede degenerar en tiranía y que, por tanto, deben separarse. Cualquiera que haya visto lo que ha significado simplemente en la politización de la justicia española en las últimas décadas comprenderá que así es y que resulta indispensable desandar el mal camino transitado [Otra vez, las acciones de políticos anticatólicos son culpa de la Iglesia Católica. Supongo que los católicos también tenemos la culpa de los curas masacrados durante la Segunda República, del triunfo del comunismo en Rusia y del cambio climático].
En esta cuestión, España es también históricamente diferente aunque, como ha sido habitual, comparte su diferencia con aquellas naciones como Italia, Portugal o las repúblicas iberoamericanas donde la idea de la división de poderes o es desconocida o no es deseada. Así se explica nuestra triste historia constitucional tan distinta de la de otras naciones [En realidad, muy similar a la de otras naciones, con la excepción quizá de la historia constitucional de Estados Unidos o la de San Marino, pero estudiar ese tema de forma seria no permitiría vapulear a la Iglesia, que es el objetivo de esta serie. A mi entender, otro tema interesante también habría sido la comparación de la idea de la separación de poderes de Montesquieu y Locke con la doctrina católica de la subsidiariedad, que a mi entender perfecciona la anterior sin caer en los mismos peligros, pero no parece que un debate serio esté en el programa]. Pero de eso hablaremos otro día.
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Otras entregas de la serie:
César Vidal y el prejuicio anticatólico (XI): la Iglesia y la izquierda (más madera)
César Vidal y el prejuicio anticatólico (X): la Iglesia y la izquierda
César Vidal y el prejuicio anticatólico (IX): Iglesia y masonería
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VIII): La Constitución de los Estados Unidos
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VII): La separación de poderes
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VIb): Asombrosa conspiración descubierta
César Vidal y el prejuicio anticatólico (VI): La mentira y el robo
César Vidal y el prejuicio anticatólico (V): El imperio de la ley
César Vidal y el prejuicio anticatólico (III): La educación
César Vidal y el prejuicio anticatólico (II): La prosperidad económica
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Bruno Moreno Ramos es laico y ha sido bendecido por Dios
con tres hijos y una esposa mucho mejor de lo que merece. Es físico y teólogo,
además de trabajar como traductor e intérprete jurado. A pesar de su escasa habilidad
literaria, se empeña en ofrecer al mundo sus ocurrencias sobre todo y nada en este blog, siempre
desde la fe católica y la razón. También colabora regularmente con Radio H.M.
Para purgar sus pecados, forma parte del Consejo de Redacción de InfoCatólica.
Su correo electrónico es
espadadoblefilo@hotmail.com.
Carmina Catholica. Este libro recopila una serie de versos católicos
en el más amplio sentido de la palabra. Son versos que tratan de temas muy variados, pero siempre
con los ojos recién creados y llenos de admiración que son la esencia de cualquier poesía y también de la fe.
El autor compone sus versos a la antigua usanza, con métrica y rima. Disfrutando del aroma al Siglo de Oro
que tienen algunos de sus sonetos, romances,sonetillos, décimas o tercetos encadenados, uno no puede evitar
pensar que quizá no anda del todo desencaminado.
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