El eje permanente es Cristo, que al paso de los días vamos contemplando y celebrando con diferentes perspectivas, en círculos sucesivos. Y así vamos avanzando y subiendo año tras año, se supone que cada vez en círculos más altos, pues hemos de ir creciendo todos en lucidez de fe, fuerza de esperanza y ardor de caridad.
La santa Iglesia, «en el círculo del año, desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor. Conmemorando así los misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo [aquellos misterios] para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación» (Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 102).
El tiempo cristiano, por tanto, no es homogéneo, siempre igual, sino que hay en él fases diversas, tan caracterizadas en el orden de la gracia como lo son en el orden de la naturaleza la primavera y el verano, el otoño e el invierno. Cada tiempo tiene su virtualidad peculiar en los ciclos vitales de la naturaleza. Consecuentemente, para la vida espiritual tiene suma importancia seguir con atención el Año litúrgico, abrirse de verdad a las particulares gracias que el Señor quiere comunicar según fiestas y tiempos litúrgicos, meditar los textos del Misal, de las Horas, ejercitar aquellas virtudes más estimuladas por la liturgia del tiempo.
Es así como establecemos una sinergia entre la acción de la gracia de Dios y la acción del esfuerzo humano. Nos dejamos iluminar y mover por Dios. Para pelagianos y voluntaristas, por el contrario, todo esto no tiene ninguna importancia, porque ellos no buscan la santificación en la gracia, sino en su propio esfuerzo. Y obviamente, ellos son los mismos en domingo o en martes, en pascua o en el tiempo ordinario.
Atención, pues al Adviento que iniciamos. En él anticipamos la última venida gloriosa de Cristo en la parusía (primera parte del Adviento), recibimos más adentro de nuestras vidas al Cristo que viene ahora: ven Señor, Jesús; venga a nosotros tu Reino (todo el Adviento), y conmemoramos al Cristo que vino hace veinte siglos, para hacerse hermano y salvador nuestro para siempre (final del Adviento, umbral de la Navidad).
Adoremos, cantemos, celebremos, oremos al Cristo que nos dice: "Yo soy el que vino, el que viene, el que vendrá" (Apoc 1,4.8.17).