La consigna «Separación Iglesia-Estado» es una de las más repetidas por los anticatólicos. Desde hace décadas aparece en pancartas reivindicativas o se grita con estereotipada agresividad en diferentes marchas ideológicas. Durante toda mi infancia, en los años noventa, fue un estribillo de fondo que nunca cesaba; aunque a menudo podía quedar ahogado por una noticia que concentraba toda la atención, en cuanto la noticia perdía su estridencia el estribillo reaparecía nuevamente, como un hilo musical de supermercado que vuelve a escucharse tras explotar una bomba. Estoy dispuesto a creer que la inmensa mayoría de las personas que repetía esa consigna imaginaba realmente un Estado imparcial libre de cualquier injerencia. Sin embargo, lo cierto es que los que gritaban con tanto entusiasmo el eslogan del laicismo son los mismos que hoy reivindican no solo la injerencia, sino la fagocitación del Estado por parte de ciertas ideologías modernas. Casi sin darse cuenta, han pasado de exigir un Estado imparcial y libre a exigir uno totalmente subordinado al establishment ideológico.
Bien pensado, no podía ser de otra manera. El Estado no es un ente autónomo que pueda funcionar sin intervención humana, en un mundo aparte, sino una organización dirigida por el hombre y que, como él, está expuesta a las influencias del entorno. Por mucho que medie toda una serie de instituciones burocráticas entre el ser humano y el Estado, éste siempre se rige por ideas, teorías y cosmovisiones asumidas por aquél, o al menos por las intenciones de un selecto grupo. Así, el Estado nunca puede ser neutral o moralmente aséptico, ya que el ser humano nunca lo es. Un agnóstico, por ejemplo, no es un hombre equidistante con respecto a la existencia de Dios. En realidad, no afirmar ni negar la existencia de Dios constituye una postura tan doctrinalmente comprometida y con una carga epistémica tan definida como ser teísta o ateo. Tampoco es posible ser moralmente neutral, ya que no decidirse entre un acto justo y otro injusto es ya un acto moral implícito. Nietzsche pretendió estar por encima del bien y del mal y superar la moral, pero sólo consiguió ser un mal moralista.
El Estado siempre va a recibir el influjo de las convicciones y de los intereses de los hombres. Puede cambiar de influjo, pero no suprimirlo por completo; puede cambiar de confesión, pero no ser aconfesional. Cuando la infraestructura moral de la que depende el Estado se sustrae, inmediatamente es reemplazada por otra. Hemos sido testigos de ese reemplazo sin que mediara apenas transición entre la antigua y la nueva infraestructura. La Iglesia católica ha dejado de influir en los asuntos de Estado, como se pedía, pero el puesto vacante ha sido ocupado por las hordas ideológicas. Los lobbys del aborto, de la ideología de género, del feminismo o de la eutanasia han entrado en tromba y se han apoderado de los mandos. No existe un solo engranaje del mecanismo estatal que no controlen, ni una sola de sus parcelas burocráticas que no supervisen. El Estado se ha convertido en un mero títere de las élites económicas y de su ingeniería social.
Por supuesto, aquellos que pedían la separación Iglesia-Estado están ahora encantados con esta completa subordinación del Estado a las ideologías modernas. Entre otras cosas, piden --en realidad lo exigen bajo constante amenaza de insubordinación-- que el Estado financie el aborto y que lo permita en una etapa cada vez más avanzada del embarazo. Es cuanto menos irónico: querían acabar con la antigua religión y lo que han conseguido, en realidad, es restablecer el antiguo culto a Moloch, el dios fenicio al que se ofrecían sacrificios de niños. Sólo que ahora, claro, llaman a ese dios «Libertad», «Progreso» o «Feminismo». En cualquier caso, por mucho que quieran disimularlo con retórica, lo cierto es que los progresistas no se diferencian demasiado de una tribu primitiva cuyos miembros, mientras bailan en taparrabos, sacrifican niños a un ídolo vengativo.
Es una constante histórica desde la llegada del cristianismo: cada vez que los enemigos de la Iglesia católica quieren acabar con ella con pretextos humanitarios, acaban instaurando un régimen del terror y cometiendo crímenes inhumanos. Pasó en sus inicios, cuando los emperadores promulgaron leyes para destruir iglesias y perseguir a los cristianos. En nombre de la buena moral y del orden social, los cristianos fueron asesinados previa tortura, arrojados a los leones para recreación de la plebe, mientras las mujeres eran violadas y los niños masacrados sin piedad.
Pasó después con la Revolución Francesa. Los revolucionarios prometían que, una vez abolida la influencia de la Iglesia católica e instalado el culto de la diosa Razón, Francia se convertiría en un paraíso terrenal rebosante de virtudes humanitarias. Las expectativas utópicas siempre son buenas. Sin embargo, la realidad es que Francia se convirtió en un viscoso matadero al aire libre, con cabezas rodando literalmente en cada esquina y ejecuciones masivas diarias. Miles de niños y mujeres fueron ahogados en el río Loira, otros miles fueron quemados vivos, algunos acabaron bamboleando colgados de árboles o puentes.
Pasó más tarde con el Comunismo. Nuevamente se convenció a la población de que la religión, y la Iglesia católica en particular, era la fuente de todas las desgracias y el único obstáculo que impedía la paz y la felicidad universales. En China se instauró un ateísmo de Estado; lo mismo ocurrió en la Unión Soviética, donde además se confiscaron los bienes de la Iglesia y los clérigos fueron ejecutados o encarcelados. El resultado: alrededor de setenta millones de ejecuciones en la China comunista, veinte millones en la Unión Soviética, y una decena de millones más en países como Camboya, Corea del Norte, Etiopía o Cuba. Todo un paraíso... para los psicópatas.
Ahora nos encontramos en una nueva etapa de esta utopía atea siempre prometida y siempre desmentida por la historia. La Iglesia católica ya no tiene ninguna influencia sobre el Estado, pero nuevamente el resultado no ha sido precisamente idílico. Ahora el Estado sirve a Moloch y ejecuta a millones de niños cada año en el vientre de sus madres. Por supuesto, como he dicho, lo hace en nombre de la libertad, el Progreso y el feminismo, y además la sangre y los restos de fetos desmembrados no se tiran a la calle ni están a la vista de todos. Es un genocidio muy higiénico y discreto. Aun así, permanecerá el hecho incontestable de que tras haber separado la Iglesia del Estado este último se ha convertido en un sanguinario matarife a las órdenes de la plutocracia ideológica. Nuevamente la utopía se ha convertido en distopía y el paraíso terrenal en un infierno dantesco. La pregunta es: ¿cuántos ensayos más necesitan los hombres para convencerse de que sin la Iglesia católica la sociedad no se vuelve más humanitaria, sino más inhumana?






