Lluvia de otoño, dolor sacerdotal, y las aguas salvadoras del Bautismo

Lluvia de otoño, dolor sacerdotal, y las aguas salvadoras del Bautismo

El naciente otoño desató su furia sobre La Plata. Un fuerte temporal, desde primerísima hora, inundó corazones y calles; y siguió eliminando hojas secas de los árboles.

Luego de mis oraciones matutinas, en el templo, me fui, Rosario y paraguas en mano, a decir Misa. Y, tras concluir la Coronilla de la Divina Misericordia, al continuar la meditación, intuí que sería una jornada difícil.

A poco andar, me encontré con Enrique, hermano de Lucio --a quien administré los Sacramentos, en sus horas finales-; quien, visiblemente conmovido, me confirmó su fallecimiento. Escucha, pésame de rigor, y promesa de su recuerdo en la Misa. A unos pasos, nomás, un grupo de muchachos y chicas, visiblemente intoxicados, a la salida de un boliche, comenzaron a hostigarme; con reproches por las enseñanzas del Evangelio. Silencio, paciencia, y anuncio de mi disponibilidad para oírlos, con más calma, en otros momentos.

Crucé la calle, y una fuerte ráfaga de viento mandó al pavimento un montón de hojas. Unas cayeron más rápido, y otras ensayaron una suerte de planeo y hasta de casi acrobáticas figuras. Pero todas tuvieron su inevitable destino de suelo…

Y me quedé mirándolas; y, también, a las que permanecían en la planta. Las más verdes, todavía, quizá con la presunción de que nada podría desgajarlas. Y recordé la sabia advertencia de San Pablo: «El que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!» (1 Co 10, 12).

Y seguí avanzando hacia el Calvario. O sea, hacia la Misa. Para inmolarme con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Porque «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2, 20). Y apliqué la Misa por mis hermanos sacerdotes; en particular, por los cancelados, perseguidos, calumniados, y en medio de otros arduos combates. Y concluido el Santo Sacrificio llamé, por teléfono, a algunos de ellos; que están en distintos puntos de Argentina y del exterior. Para la tarde, tenía programado un encuentro personal con otro.

Sabía que la reunión vespertina no iba a ser fácil. Es un buen Sacerdote; a quien estimo, especialmente, y que está pasando una Cuaresma complicada. Insistí, en la charla, en preguntarle cómo se encuentra. Y, nervioso, me reprochó mi pesadez, por mis mensajes y consultas. Seguramente, tenía razón. Y le pedí disculpas. Me dolió, de cualquier modo, su tono, y su cuestionamiento. Pero, sobre todo, su malestar. ¿Cómo ayudarlo? ¿Le añadí un dolor extra, a los existentes? Más oración y penitencia por él. Y, claro está, el ofrecimiento de este disgusto.

Pocos minutos después, todavía con un nudo en la garganta, el Señor me regaló, en el hospital, un momento de enorme paz. Durmiendo, junto a su mamá, y su padrino, estaba Santiago, un niño de City Bell, de siete años, recién operado del corazón; que había recibido el Bautismo, poco antes de ingresar al quirófano. Su mamá me contó del reciente regreso a la Iglesia; y su padrino, de unos veinte años, hace poco convertido, no paraba de hablarme de su felicidad, por ser «padre en la Fe» del pequeño.

Santiago se despertó. Y volvió a mirar a lo alto. «Soy el padre Christian, hijo --le dije-; y te voy a regalar un Rosario que traje del Vaticano, de donde está el Papa». Su mamá le tomó, con impar dulzura, su mano derecha; y tras decirme, por lo bajo, que el papá del niño murió hace unos años, dirigiéndose a él, remató: «Di gracias, hijito. Y, por supuesto, dile al padre que rezaremos el Rosario, con mucho gusto».

Las «gracias» susurradas por Santiaguito fueron un auténtico anticipo de Cielo. Luego de la despedida, mientras iba a preparar en el salón de actos --improvisada capilla-, todo lo necesario para la Misa de las Primeras Vísperas del Domingo, recordé uno de los himnos de Laudes, que rezamos en este Santo Tiempo de Cuaresma: «Junto con este favorable tiempo danos ríos de lágrimas copiosas, para lavar el corazón que, ardiendo en jubilosa caridad, se inmola».

¡Gracias, Señor, por las lágrimas! Como escribe en sus célebres Letanías de la Humildad, el inolvidable Cardenal Merry del Val: «Del deseo de ser aprobado, ¡libradme, Jesús!»

+ Pater Christian Viña.

La Plata, lunes 23 de marzo de 2026.
Santo Tiempo de Cuaresma. --

3 comentarios

Marcelo Fernando Gerstner.
!
26/03/26 12:59 AM
Jose
«Del deseo de ser aprobado, ¡libradme, Jesús!»
Lo mismo digo.
Gracias Pater Viña, siempre ayuda leerlo.
26/03/26 2:39 AM
Marcelo Fernando Gerstner.
Pensándolo mejor, prefiero quedarme con esta maravilla mucho más sensata de Santa Teresa de Jesús:

Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra, pues que me llamastes,
vuestra, porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,

mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
si no, dadme sequedad,
si abundancia
27/03/26 5:00 AM

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