16.01.26

Filosofía y teología del Mas Allá: La muerte

Experiencia de la muerte[1]

El hecho de la muerte es patente en todos los seres vivos. Por su evidencia inmediata, no requiere demostración. Además, precede necesariamente a todo lo que está «más allá» de nuestra vida terrenal. Es, por ello, el punto de partida de la Escatología, el estudio de lo que le ocurrirá al hombre cuando haya finalizado su vida en todo lo de «acá».

San Agustín es uno de los pensadores que se ocupó especialmente de la muerte y lo hizo a partir de dos experiencias, que además del sufrimiento que sintió le hicieron reflexionar de una manera parecida a la filosofía existencialista. La primera la tuvo en su juventud, en su época de estudiante, cuando todavía no era cristiano, por la muerte de un compañero y amigo.

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2.01.26

Filosofía y teología del Mas Allá: La escatología

La metafísica[1]

La Escatología, tal como expresa su sentido etimológico, es el estudio de lo último tanto de la vida individual como de la social, lo que se llama también las postrimerías o los novísimos. Un problema que presenta es que su temática está alejada de la falta de experiencia de la misma, no sólo sensible sino también en el ámbito del conocimiento racional natural, y asimismo distante de lo que puede aportar el conocimiento filosófico.

La Filosofía trata de este tema en su parte fundamental, que es la Metafísica, el saber estrictamente racional sobre lo más profundo de toda la realidad. El escritor inglés Clive Staples Lewis, en su último de los siete libros de Crónicas de Narnia, publicados en la primera mitad del siglo pasado, titulado La última batalla, los protagonistas llegan desde la «tierra de las sombras» a otra del «más allá y más adentro»[2].

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15.12.25

XCIV. El juicio a los ángeles

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El conocimiento angélico[1]

El último artículo, el sexto, de la cuestión cincuenta y nueve, con la que se cierra la vida de Cristo, que expone Santo Tomás en la Suma teológica, está dedicado a averiguar si el poder judicial de Cristo se extiende también a los ángeles. Su conclusión es que: «Los ángeles están sometidos al poder judicial de Cristo, no sólo por razón de su naturaleza divina, como Verbo de Dios que es sino también por razón de su naturaleza humana».

Esta tesis del sometimiento de los ángeles a Cristo-hombre: «es evidente por tres pruebas. Primera, por la proximidad a Dios de la naturaleza (humana) tomada, pues como se dice San Pablo: «Nunca tomó a los ángeles, sino que tomó la descendencia de Abraham» (Heb 2, 16).Y por esto el alma de Cristo está más llena de la verdad del Verbo de Dios que ninguno de los ángeles; de manera que también les ilumina, como dice Dionisio en La jerarquía celeste. (c. 7, 3) De donde tiene poder para juzgarles»[2].

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1.12.25

XCIII. El juicio universal

La verdad del juicio final[1]

En el penúltimo artículo de la cuestión de la Suma sobre el poder judicial de Cristo se trata de la verdad dogmática del juicio universal, que así se expresa en el artículo séptimo del Credo: «Desde allí (el cielo) ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos». Escribe Santo Tomás en este lugar: «dice el mismo Señor en el Evangelio de San Juan: «Las palabras que yo os acabo de hablar, ellas os juzgarán el último día» (Jn 12, 48). Luego habrá otro juicio el último día, además del juicio temporal particular»[2].

En otros muchos lugares aparece afirmada su existencia. Se lee, por ejemplo en el Evangelio de San Mateo se citan estas palabras de Cristo: «Los ninivitas se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán»[3]. Y en el de San Juan: «los que hicieron bien irán para la resurrección de la vida; y los que hicieron el mal para la resurrección del juicio»[4].

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17.11.25

XCII. Los méritos de Cristo y su poder judicial y regio

Merecimiento humano de Cristo de ser juez[1]

Después de ocuparse del poder judicial que tiene Cristo, Santo Tomás examina en el siguiente artículo de esta cuestión de la Suma, si le corresponde por sus merecimientos. Sostiene que lo tuvo por varios títulos, porque: «nada se opone a que una misma cosa le sea debida a alguien por diversos motivos; como la gloria del cuerpo resucitado le fue debida a Cristo no sólo por la congruencia con la divinidad y por la gloria del alma, sino también «por los méritos del abatimiento de la pasión». Igualmente se debe decir que el poder judicial le compete a Cristo hombre por razón por su persona divina y por la dignidad de cabeza, y por la plenitud de su gracia habitual»

Sin embargo, añade: «también lo obtuvo por sus merecimientos, de modo que, conforme a la justicia de Dios, fuese juez el que luchó y venció por la justicia de Dios, y el que injustamente fue juzgado. Por esto dice El mismo, en el Apocalipsis: «Yo vencí y me senté en el trono de mi Padre» (Ap 3, 21). Por «trono»se entiende el poder judicial, conforme a aquellas palabras del Salmo: «Se sienta sobre el trono y administra justicia» (Sal 9, 5)».[2]

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