16.04.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Los sacramentos de la antigua ley

Los sacramentos antiguos[1]

En la cuestión de la Suma teológica sobre la necesidad de los sacramentos, después de dedicar el artículo segundo a mostrar que no eran necesarios en el estado precedente al pecado original, se ocupa en el siguiente a averiguar si lo fueron en el estado posterior al pecado y anterior a la venida de Cristo

Como se probó en el artículo anterior, en el estado de inocencia, cuando el pecado no existía, el hombre necesitaba la gracia, que le infundía directamente Dios, para que se santificara, fuera puro y confirmado en el bien, y así alcanzara la gloria. En cambio: «después del pecado nadie puede santificarse a no ser por Cristo, «a quien Dios ha puesto como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, pues Él es justo y justifica a todo el que cree en Jesucristo» (Rm 3, 25)».

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2.04.26

Filosofía y teología del Mas Allá: El limbo de los patriarcas

El seno de Abraham[1]

En los tres primeros artículos de la primera cuestión del Tratado de los Novísimos, el último de la Suma teológica, santo Tomás se ocupa del lugar de las almas después de la muerte de una manera general, en el cuarto comienza a precisarlos. El primero es el denominado «seno de Abraham»[2], expresión rabínica, que aparece en el Evangelio, en la parábola del rico avariento y el mendigo Lázaro.

Con los padres de la Iglesia, Santo Tomás lo identifica con el limbo de los justos o limbo de los padres. Lo prueba con el siguiente argumento: «Las almas de los hombres no pueden llegar al descanso, después de la muerte, sino por el mérito de la fe, porque «ha de creer quien se acerca a Dios» (Heb 11, 6). Mas como en Abraham se da el primer ejemplo en creer, pues fue el primero que se separó de la muchedumbre de los infieles y recibió una señal especial de fe, por eso, el descanso que se concede a los hombres en muriendo se llama «seno de Abraham», como se ve en San Agustín (Com. Lit. Gen. ,12, 34)».

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16.03.26

Filosofía y teología del Mas Allá: El mundo de espíritus

La realidad invisible[1]

En su escrito sobre El mundo invisible, Newman, después de indicar que las almas de los difuntos se encuentran en otro mundo, el mundo que no captamos, en el que se encuentran los ángeles y el mismo Dios, se dice: «El mundo espiritual, a pesar de no ser visto, se halla presente; es un mundo presente, no futuro ni distante. No está sobre el cielo ni más allá del sepulcro. Se encuentra aquí y ahora»[2].

Este mundo de espíritus: «ahora se encuentra oculto, pero será revelado en el momento oportuno. Los hombres se creen señores del mundo y hacer lo que les plazca. Piensan que esta tierra les pertenece y que controlan todos sus movimientos, cuando la verdad es que hay otros señores aparte de ellos»[3].

De manera que: «hay mucho más de lo que vemos. El señor ha escondido en lo visible todo un mundo de santos y de ángeles, un mundo glorioso, la morada divina, la montaña del Dios de los ejércitos, la Jerusalén celestial, el trono de Dios y de Cristo; ha escondido allí todas estas maravillas presentes, preciosas, misteriosas e incomprensibles. Lo que vemos es la cubierta exterior de un reino eterno en el que fijamos los ojos de nuestra fe». Por ella: «sabemos que lo que contemplamos es como un telón que nos oculta a Dios, a Cristo, a sus santos y ángeles»[4].

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4.03.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Salida de las almas separadas de sus lugares

Doctrina de Santo Tomás[1]

Después de ocuparse, en los dos artículos anteriores del lugar de las almas de los difuntos, en el siguiente se pregunta santo Tomás, si pueden salir del mismo. Para responder indica que: «De dos maneras puede entenderse que uno salga del infierno o del paraíso. De una que salga de allí definitivamente y, en consecuencia, que su propio lugar ya no sea el paraíso o el infierno. Y así nadie que haya sido definitivamente destinado al infierno o al paraíso puede salir de allí».

Por tanto, con una salida definitiva, ninguna alma puede irse de estos dos lugares que se le haya terminantemente asignado de modo firme. Sin embargo, de la segunda manera de concebirse el salir el alma separada del cuerpo de estos lugares: «puede entenderse que salga temporalmente. Y en este caso hay que determinar que les corresponde según el orden natural y qué según el orden de la divina providencia, porque como dice San Agustín: «Unos son los límites de las cosas humanas y otros muy distintos los signos de los poderes divinos; una cosa es lo que se hace naturalmente y otra lo que se hace milagrosamente» (La piedad con los difuntos, c. 16)».

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17.02.26

Filosofía y teología del Mas Allá: El juicio particular

Doctrina de la Iglesia[1]

A la muerte de cada hombre, como se ha dicho más arriba, le sigue de inmediato el juicio particular, y, por tanto, es juzgado sin intervalo por Cristo. En la Escritura, a diferencia del juicio universal, no hay referencias explícitas al juicio particular.

Pero, sí implícitamente, porque como indica Royo Marín: «En multitud de pasajes bíblicos, se nos dice que el justo y el pecador reciben inmediatamente después de la muerte, el premio o castigo por sus buenas o malas obras»[2]. Así, se lee en el Evangelio de San Lucas, en el relato del rico avariento y Lázaro el mendigo, que: «Cuando murió aquel pobre, los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno»[3]. Y más adelante, ante la confesión de uno de los ladrones, Cristo, crucificado en medio de ellos, le dice: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso»[4].

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