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1.02.25

Masonería y Estado

Un Gran Maestro masón rememoró un tiempo en que los masones tenían un poder determinante en Uruguay.

Daniel Iglesias Grèzes

Les propongo un experimento mental. Imaginen que el Arzobispo de Montevideo hubiera dicho lo siguiente: “En el pasado nosotros tuvimos gente muy importante. Y sin duda influían mucho. En una época teníamos al rector de la Universidad, al presidente de la Asamblea General, al presidente de la Suprema Corte de Justicia, eran cuatro que se reunían y cambiaban al país. Era imposible que la Iglesia Católica no pasara a primer plano.” ¿Qué habría sucedido después de esa declaración hipotética? Es fácil preverlo: un amplio coro de reacciones indignadas y condenas airadas, un desfile continuo de políticos en los noticieros y otros programas de televisión, turnándose para acusar al Arzobispo y a la Iglesia de conspirar contra la democracia, violar la laicidad del Estado, proyectar un retorno a la teocracia y al oscurantismo medieval, etc. Probablemente hasta se habría creado una comisión investigadora en el Parlamento. Por supuesto, el Cardenal Sturla nunca dijo nada semejante. Empero, según un libro muy conocido, quien sí dijo eso textualmente, cambiando “Iglesia Católica” por “Masonería", fue Carlos Bolaña, Venerable Gran Maestro de la Gran Logia de la Masonería uruguaya1. Sin embargo, la reacción de nuestros políticos, intelectuales y periodistas ante esa declaración tan extraordinaria fue imperceptible: cero coma cero. El Sr. Bolaña pareció dar la razón al agudo observador que, a mediados del siglo XX, llamó al Uruguay “los Estados Pontificios de la Masonería".

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26.12.15

La era de las herejías imperiales (Vladimir Soloviev)

En el dominio de las relaciones temporales, en el orden puramente humano, el Estado debía realizar la solidaridad absoluta de cada uno y de todos representada por la Iglesia en el orden espiritual con la unidad de su sacerdocio, de su fe y de sus sacramentos. Antes de realizar esa unidad era necesario creer en ella; antes de llegar a ser cristiano de hecho, el Estado debía abrazar la fe cristiana. Este primer paso fue dado en Constantinopla, pero toda la obra cristiana del Bajo Imperio se reduce a ese comienzo.

La transformación bizantina del Imperio romano inaugurada por Constantino el Grande, desarrollada por Teodosio y fijada por Justiniano, sólo produjo un Estado cristiano nominal. Las leyes, instituciones y parte de las costumbres públicas conservaban ciertos caracteres del viejo paganismo.

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