Miércoles de Ceniza: "Rasgad vuestros corazones"
El profeta Joel (2,12-18) exhorta al pueblo a practicar la penitencia para conmover a Dios. Ha de ser una penitencia auténtica, que implique el corazón: “convertíos a mí de todo corazón”, “rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”. La razón de ser de todos los ritos penitenciales, su finalidad última, es que se encienda “el celo de Dios” por su tierra, para que perdone a su pueblo, porque Dios es “compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor”.
Un mensaje semejante lo encontramos en el Salmo 50: “Oh, Dios, crea en mí un corazón puro”, “por tu inmensa compasión borra mi culpa”. La renovación del corazón equivale a una nueva creación. Al final de su carta apostólica Con corazón de padre, dedicada a san José, el papa Francisco escribe: “No queda más que implorar a san José la gracia de las gracias: nuestra conversión”. La gracia de las gracias supone volverse a Dios, apartándose del pecado, y acoger el perdón y la justicia que vienen de lo alto. Se trata de la obra más excelente del amor de Dios; una obra aun mayor que la creación de todo lo visible y lo invisible, porque manifiesta una misericordia mayor, decía san Agustín.
El versículo antes del Evangelio vuelve a incidir en el mismo punto: “No endurezcáis vuestro corazón; escuchad la voz del Señor”. Para el Obispo de Hipona, y para la tradición cristiana, el corazón es el lugar del encuentro del hombre con Dios; con la encarnación de la misericordia de Dios, que es Jesucristo: “redeamus ad cor, ut inveniamus eum” (“regresemos al corazón para encontrarle”).

Ayer me encontré, de nuevo, con esta expresión: “Las lágrimas de las cosas”. En la brillante obra - por otra parte, tan actual, gracias ya no a Hitler, sino a Putin - La liebre con ojos de ámbar, de Edmund de Waal, se evoca el exilio en Londres de Viktor Ephrussi, huyendo del nazismo que anexionó Austria a Alemania: “A veces, cuando los nietos volvían del colegio, les contaba la historia de Eneas y su regreso a Cartago. En los muros de la ciudad hay escenas de Troya. Y es entonces, enfrentado con la imagen de lo que ha perdido, cuando Eneas por fin llora. “Sunt lacrimae rerum”, dice. “Hay lágrimas en las cosas”.
San Pancracio, mártir en el siglo IV, murió en Roma en plena adolescencia por su fe en Cristo, siendo sepultado en la vía Aurelia, a dos miliardos de la Urbe. El papa san Símaco levantó una basílica sobre su sepulcro y el papa san Gregorio Magno convocaba a los fieles en torno al mismo sepulcro, para que recibieran el testimonio del verdadero amor cristiano. El 12 de mayo se conmemora el día de su sepultura.
La editorial CCS acaba de publicar la






