Tardes de domingo
Los demás días son, más o menos, iguales. En el domingo, de algún modo, se interrumpe el tiempo. No es mala cosa esa ruptura, esa pausa. Los días son, todos, para Dios, pero que un día nos recuerde esta primacía de lo divino es un recuerdo pertinente.
Hay domingos y domingos. Domingos de soledad y de compañía. De gozo y de ausencia de gozo. Pero no es, ni siquiera en el aspecto “humano, demasiado humano”, un día triste.
Antes, en esos “antes” que nuestras biografías pueden marcar, no siempre he anhelado los domingos, al menos no sus tardes. Ahora sí. En una búsqueda de lo esencial de la vida, veo que quedan pocas cosas de las que no se pueda prescindir: Mientras dure, la propia familia y, más allá de toda humana “duración”, está el que era, es y será.

Un texto difícil el que presento hoy. Difícil no porque su intelección sea complicada, sino porque revela sufrimiento y dolor. Una realidad, plenamente humana, pero de la que tendemos a huir. Una realidad, en todo caso, asumida y redimida por Jesucristo. La vida de fe no se edifica sobre la nada; se construye sobre lo que somos y permite el salto a lo que aún no somos, pero llegaremos a ser, si correspondemos a la gracia. En el texto se relata una historia interior, poblada de fantasmas, como pobladas de fantasmas están nuestras torres más propias. Pero es también una historia liberadora, exorcizadora, que atestigua el poder sanador de la fe. Y la compañía, silente tantas veces, de Nuestra Señora. Debemos el texto a Eduardo.
Homilía para la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo C)
La escena de Caná de Galilea es, ciertamente, sorprendente. Norberto, en esta aportación, construye una especie de novela histórica. La perspectiva se desplaza hacia quien menos podríamos sospechar: el maestresala. Pero, enseguida, irrumpe la figura de María y, con Ella, la de Jesús. Me he tomado la libertad de escoger el título.






