22.06.13

La fuerza de la Cruz

Domingo XII del TO (Ciclo C)

“Me mirarán a mí, a quien traspasaron”, dice el profeta Zacarías. Jesús, en la Cruz, es la fuente de la gracia y de la clemencia (cf Za 12,10-11;13,1). Esta imagen del Mesías, traspasado por la lanza que abrió su costado, nos habla de la misericordia de Dios, de su clemencia con Israel, con todos los hombres y, particularmente, con los pecadores.

La misión y la identidad de Jesús no pueden ser comprendidas prescindiendo de su pasión y de su muerte. Él no es sólo un profeta, alguien que habla de parte de Dios: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Lc 9,22). Su misión pasa por la cruz. Quien quiera seguirle no puede esperar algo muy diferente a la cruz: “la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella” (Camino 277).

El Señor consuma en la cruz su sacrificio, el amor hasta el extremo (cf Jn 13, 1). Sólo Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, podía cargar sobre sí los pecados de todos y ofrecerse en sacrificio por todos. Pero nosotros no quedamos al margen de esta ofrenda. Él se ha unido, por su Encarnación, a cada uno de nosotros. Y, en consecuencia, también nosotros podemos, tomando nuestras propias cruces, “seguirle”, uniendo nuestros pequeños sacrificios al suyo, ofreciendo nuestras espaldas para cargar con el peso infinito del desamor y de la rebeldía y, de este modo, transformarlo, porque Él lo transforma, en entrega y obediencia.

“Jesús reemplaza nuestra desobediencia con su obediencia”, dice el Catecismo (n 615). El Siervo doliente se dio a sí mismo en expiación, satisfaciendo al Padre por nuestros pecados. No es el Padre quien se “complace” con nuestra sangre. Al Padre le basta – porque en eso consiste nuestro bien - la obediencia, el reconocimiento justo de su paternidad y de nuestra filiación. Somos nosotros, en la medida en que edificamos nuestra vida sobre la desobediencia a Dios, los responsables de que la obediencia cueste sangre.

La Liturgia proclama, en el prefacio I de la Pasión del Señor, que en la pasión salvadora de Cristo “el universo aprende a proclamar tu grandeza [la grandeza de Dios] y, por la fuerza de la cruz, el mundo es juzgado como reo y el Crucificado exaltado como juez poderoso”.

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18.06.13

GEORGE AUGUSTIN – KURT KOCH (eds.), La liturgia como centro de la vida cristiana

GEORGE AUGUSTIN – KURT KOCH (eds.), La liturgia como centro de la vida cristiana, Sal Terrae (Colección “Presencia Teológica” 197), Santander 2013, ISBN 978-84-293-2057-2, 166 páginas, 15 euros.

1. Esta obra que presentamos es la traducción española de un libro publicado en alemán por el Instituto de Teología, Ecumenismo y Espiritualidad “Cardenal Walter Kasper”. Los autores son: el Cardenal Walter Kasper, el Cardenal Kurt Koch, George Augustin – director del Instituto “Cardenal Walter Kasper” - , Winfried Haunerland – profesor de liturgia en Múnich – y Albert Gerhards – profesor de liturgia en Bonn - .

2. La finalidad del libro es ofrecer “impulsos teológicos y pastorales para comprender el sentido más profundo de la liturgia de la Iglesia” (p. 13). El capítulo primero, escrito por el Cardenal Walter Kasper, se titula: “Tiempos sagrados – lugares sagrados – signos sagrados en un mundo secularizado” (pp. 15-35). El Cardenal Kasper afirma que cuando “la distinción entre sacro y profano falta, entonces todo es indiferente, uniformemente monótono, gris sobre gris” (p. 17). Frente a lo que tantas veces se ha dicho, no ha sido eliminada en el Nuevo Testamento la diferencia entre sacro y profano, aunque sí ha recibido una nueva definición (cf p. 19). ¿En qué consiste esa nueva definición? En una interpretación sacramental, según la cual “los signos sacros como signos de la máxima proximidad y comunión son, a la vez, signos del máximo distanciamiento” (p. 33). Dios se manifiesta en lo sacro como el Santo: se comunica, pero sin ser disponible ni objetivable.

El Cardenal Kurt Koch es el autor del capítulo segundo: “La liturgia de la Iglesia como fiesta de la fe viva” (pp. 37-77). Aborda en este texto el fundamento vital de la liturgia, que no es otro sino la experiencia de gratitud (cf p. 38). La fiesta celebra la existencia y la misma fe tiene un carácter festivo que, en su núcleo, es “eucaristía”, acción de gracias (cf. pp. 44-45) de carácter cósmico. En la liturgia se celebra la presencia epiclética del Resucitado y en ella tiene lugar el encuentro con el misterio de Cristo, la comunicación entre Dios y el hombre. La liturgia es, asimismo, un acontecimiento eclesial, ya que “no solo la liturgia cristiana es siempre liturgia de la Iglesia, sino que la Iglesia misma es, en su núcleo más íntimo, liturgia” (p. 59). El Cardenal Koch insiste en la necesidad de un nuevo movimiento litúrgico que tome en cuenta la nueva situación catecumenal en la que vivimos.

“Celebrar la Eucaristía con provecho espiritual” (pp. 79-11) es el título del texto escrito por George Augustin. Parte el autor de la convicción de que “el fundamento de una renovación espiritual y de una vivificación de la fe se halla en una comprensión profundizada de la eucaristía” (p. 83), sacramento en el que Cristo se hace presente actualizando la entrega de su vida. Destaca también Augustin el carácter de adoración de la celebración de la eucaristía, la importancia de la participación activa, el carácter de encuentro con Dios de la comunión, y el aspecto misionero y escatológico de la Misa.

Winfried Haunerland trata sobre “Mysterium Paschale. Concepto clave de la renovación teológico-litúrgica” (pp. 113-136). La idea del “mysterium paschale” figura entre los fundamentos esenciales para la comprensión de la constitución Sacrosanctum Concilium.

Finalmente, Albert Gerhards se ocupa de los recientes esquemas de una teología de la liturgia (“Liturgia: la forma estética de la Iglesia entre ser y devenir”, pp. 137-166). El pensamiento de J. Ratzinger y el de W. Kasper sobre la teología de la liturgia son analizados, tratando de establecer un diálogo entre ellos.

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San Juan de Ávila, Doctor. Magisterio vivo

“San Juan de Ávila, Doctor. Magisterio vivo”.

Mª Encarnación González Rodríguez (ed.), “San Juan de Ávila, Doctor. Magisterio vivo", BAC (Estudios y Ensayos 144), Madrid 2013, 265 páginas.

1. La BAC, en su colección “Estudios y Ensayos” (BAC 144, Madrid 2013, ISBN 978-84-220-1651-9, 265 páginas) nos ofrece un obra coordinada por María Encarnación González Rodríguez, postuladora de la causa del doctorado de San Juan de Ávila, que, además de una contribución propia, reúne una serie de estudios a cargo, respectivamente, de María Dolores Rincón González, María Jesús Fernández Cordero, Saturnino López Santidrián, Miguel Anxo Pena González y Mons. Juan del Río Martín. El volumen se concluye con “Doce poesías al nuevo Doctor”, elegidas entre las presentadas al I Certamen de Poesía “San Juan de Ávila”, convocado para el 21 de setiembre de 2012, en vísperas de la proclamación del Santo como Doctor de la Iglesia.

2. El libro parte de una convicción: Se ha escrito mucho, y bueno, sobre San Juan de Ávila, pero no se ha escrito todo: “se hace imprescindible tomar hoy la figura y la obra del nuevo Doctor y sacar a la luz lo mucho que aún nos falta por descubrir” (“Introducción”, p. XV).

Entre las nuevas perspectivas que han de ser exploradas se señalan las siguientes: Capítulo 1. “Humanista” (escrito por María Dolores Rincón González). San Juan de Ávila se sitúa entre las dos fuerzas más importantes del Renacimiento español: el Humanismo y la Reforma.

El capítulo II (de María Jesús Fernández Cordero) versa sobre San Juan de Ávila como “Evangelizador”; es decir, como “predicador del Evangelio al modo evangélico”. En suma, lo que hizo en su tiempo este santo fue “propiciar una vuelta al Evangelio y, con ello, renovar a la Iglesia: no de otra manera” (p. 54).

Saturnino López Santidrián escribe sobre San Juan de Ávila como “Reformador”, como un personaje empeñado en “devolver a la esposa de su amado amigo Jesús todo su esplendor, y, al Cuerpo Místico, su integridad” (p. 99).

Miguel Anxo Pena trata la misión de San Juan como educador; “un educador social de su tiempo, donde fe y vida caminan estrechamente de la mano” (p. 148).

Mons. Juan del Río Martín se ocupa de San Juan de Ávila como “Santo”. En los santos resplandece la “hermosura de la Iglesia”, la “hermosura de la Esposa” (p. 180-181).

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15.06.13

“La alegría de creer”. XVI Jornadas de Teología Fundamental

En Murcia, desde el 12 al 14 de junio, acaban de celebrarse las XVI Jornadas de Teología Fundamental que, en esta ocasión, han versado sobre “La alegría de creer”. En las Jornadas de Teología Fundamental – cuyo ritmo es bianual – se reúnen, desde hace treinta y dos años, profesores de España y de Portugal de esta especialidad teológica. Suele haber también una representación de profesores que desempeñan su tarea docente en Roma, algunos de ellos españoles y otros italianos.

El lugar donde tienen lugar estos encuentros es variable. En las últimas ediciones se han celebrado en Braga (en 2009) y en Valladolid (2011). Esta vez le ha tocado organizarlas al Instituto Teológico de Murcia de la Orden de los Franciscanos y al Instituto Teológico “San Fulgencio”, también de Murcia.

El Año de la Fe ha sido el motivo que ha determinado la temática abordada. El programa es muy intenso, ya que en dos días y medio se desarrollan ponencias, comunicaciones y la presentación de novedades bibliográficas. Nunca falta la celebración de la Santa Misa presidida por el obispo de la diócesis, así como una visita de tipo cultural. Éramos, este año, treinta y tres participantes.

La primera ponencia, titulada “Conocer a Dios por la fe. Apuntes para una epistemología de la fe cristiana”, estuvo a cargo del Prof. Francisco Conesa, del Instituto Teológico de Orihuela-Alicante. La segunda ponencia fue una lección magistral del Prof. Christoph Theobald, SI, de las Facultades de los Jesuitas de París. Versó sobre “una aproximación estilística del creer cristiano”. Una propuesta profunda, novedosa, que abre nuevos caminos para pensar en qué consiste la fe. La tercera, sobre “la dimensión eclesiológica, comunitaria y celebrativa de la fe” correspondió a quien esto escribe.

Hubo, en total, doce comunicaciones. Muy variadas, aunque todas ellas, como es lógico, relacionadas con el tema de las Jornadas. De la presentación de novedades bibliográficas se ocuparon los profesores César Izquierdo, Luis Oviedo y Salvador Pié, así como los participantes que quisieron dar a conocer alguna publicación propia.

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Dejarse mover por el amor

Homilía para el domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo C).

Jesús no es solamente un maestro, ni solamente un profeta. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. En Él, en toda su figura, en sus palabras y en sus obras, nos sale al encuentro el amor de Dios; un amor siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. San Pablo se dejó atraer por el amor de Cristo hasta el punto de decir: “Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”, “vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20).

San Pablo describe de este modo la experiencia de la fe y del Bautismo. Por la fe, nos adherimos a Cristo y así Él vive en nosotros y nosotros en Él. En el Bautismo, explicaba Benedicto XVI a propósito de estas palabras de San Pablo, “se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia” (15.IV.2006).

La existencia nueva que la adhesión a Cristo hace posible implica una lucha continua contra el pecado, que es lo único que nos puede separar de Él, y que, separándonos de Él, acorta las perspectivas de nuestra vida, nos reduce al horizonte estrecho de un yo egoísta.

El movimiento de conversión tiene como principal motor el amor a Dios. La mujer pecadora que va al encuentro de Jesús se deja mover por el amor. El relato de San Lucas abunda en verbos, que expresan las acciones que el amor suscita en aquella mujer: se entera de donde está Jesús, va a la casa de un fariseo con un frasco de perfume, se coloca junto a los pies del Señor, llora, riega los pies de Jesús con sus lágrimas, los enjuga con sus cabellos, los cubre de besos, los unge con el perfume… (cf Lc 7,36-8,3).

La mujer va más allá que el rey David. El profeta Natán, con sus palabras, pone a David ante su pecado: Había matado a Urías para quedarse con su mujer. Y, ante la consideración de la fealdad del pecado, David reconoce su culpa: “He pecado contra el Señor” (cf 2 S 12,7-10.13).

De algún modo, podemos ver reflejada en la conducta de la mujer y en la de David la actitud de la contrición, que es uno de los actos que integran el sacramento de la Penitencia. La contrición, nos dice el Concilio de Trento, es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”. Si es imperfecta; es decir, si nace del reconocimiento de la maldad del pecado o del temor a la condenación, no es suficiente para obtener el perdón, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.

En cambio, la contrición perfecta, que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, perdona por sí misma las faltas veniales y también los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto como sea posible a la confesión sacramental (cf Catecismo 1541-1543).

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