8.02.14

Vivir y enseñar

Homilía para el V Domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

El Señor compara a sus discípulos con la sal y con la luz (cf Mt 5,13-16): “Vosotros sois la sal de la tierra”; “vosotros sois la luz del mundo”. ¿Qué significa ser sal y ser luz? La sal da sabor a los alimentos y los conserva. La luz ilumina, haciendo irradiar entre los hombres a Cristo, Luz del mundo (cf Jn 9,5).

Ser sal de la tierra equivale a conservar la alianza con Dios para, de este modo, hacer sabroso el mundo. Un mundo sin Dios es un mundo soso, sin gracia y sin viveza. No basta edificar el mundo solamente contando con la ciencia y con la tecnología; es preciso, asimismo, contar con la apertura a Dios y a los hermanos. Dios existe y es Él quien nos ha dado la vida: “Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre” (Benedicto XVI).

Abriéndonos a Dios, viviendo en comunión con Él, nos convertimos en
“templo de Dios vivo” (2 Co 6,16)
. De este modo, Dios puede morar entre los hombres y hacer presente en el mundo el amor incondicional y el perdón sin límites. Para ser sal de la tierra, debemos ser dóciles a la acción del Espíritu Santo, dejándonos conformar con Cristo para convertir nuestra existencia en un culto grato al Padre.

La comunión con Dios se traduce en servicio al prójimo: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne” (cf Is 58-7-10). En Dios podemos reencontrarnos con el otro y ver en el otro algo más que un congénere; ver a un hermano. La coherencia entre la fe y la vida sazonará todas nuestras actividades y todas nuestras relaciones con los demás: en la familia, en el trabajo, en el ocio, en nuestros compromisos con la sociedad en su conjunto.

El mismo testimonio cristiano se convierte así no sólo en sal, sino también en luz: “Entonces romperá tu luz como la aurora”, dice Isaías. La Luz que es Cristo, reflejada en la vida de los creyentes, disipará entonces las tinieblas que envuelven el mundo: “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,16).

La imagen de la luz podemos aplicarla no sólo al testimonio de la vida, sino también a la enseñanza cristiana, a la predicación de Cristo crucificado (cf 1 Co 2,1-5). Anunciando el Evangelio, comunicamos a los hombres la verdadera ciencia que proviene de Dios; la sabiduría que ilumina el mundo. Los cristianos no tenemos que predicarnos a nosotros mismos, sino a Cristo. Es su Luz la que no debemos ocultar, sino permitir que resplandezca en la Iglesia, edificada sobre Cristo como una ciudad puesta en lo alto de un monte.

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4.02.14

Agresión al cardenal Rouco y miseria ciudadana

Yo creo que hay cosas que no se deben dejar pasar por alto, como si no tuviesen importancia. La agresión al cardenal Rouco, la de ayer, cuando él iba a celebrar Misa a una parroquia de Madrid, es una de ellas. Dirán, algunos, que no lo han matado. Dirán, otros, que solo le han tirado bragas manchadas de sangre - o de pintura roja -. Dirán que solo le han insultado; que, en suma, no le han pegado un tiro… Dirán. Pero es grave.

Si de verdad este país fuese un Estado de Derecho, las personas que han perpetrado esa agresión, ese abuso, estarían ya a disposición de los jueces. ¿Lo están? No me consta. Y cabría pensar que eso, estar a disposición de los jueces, sería lo mínimo. ¿No podemos, los ciudadanos, salir a la calle sin temor a que nos ataquen? ¿Hay que contar con que, si uno sale, puede esperar, a la vuelta de la esquina, a unas energúmenas que nos agredan? ¿Sale gratis ese modo de proceder?

La actuación de esas señoras anti-sociales, siendo penosa, no es lo peor. Que es penosa, es obvio. Atacan, como energúmenas, vociferando medio desnudas. Atacan lanzando a la cabeza de su “objetivo” prendas de ropa interior, teñidas de lo que, según ellas, es sangre menstrual. ¿Se imaginan la que se montaría en este país si unos energúmenos, al menos tan energúmenos como estas individuas, atacasen a una mujer, representativa en la vida social, con calzoncillos manchados de semen?

Lo que hagan estas locas es repudiable. Y mucho. Pero la miseria moral no está solo en ellas. Está en quienes les han aplaudido y en quienes – hasta desde los medios de comunicación – no les han aplaudido, pero sí justificado.

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31.01.14

La Presentación del Señor

En un Sermón, a propósito de la Fiesta de la Presentación del Señor, San Sofronio, después de glosar los motivos principales de esta festividad, añade: “Esto es lo que vamos celebrando, año tras año, porque no queremos olvidarlo”.

La celebración litúrgica es un antídoto contra el olvido. Celebrando, no sólo recordamos las maravillas que Dios ha obrado en favor nuestro, sino que, por la fuerza del Espíritu Santo, estos acontecimientos salvadores se hacen presentes y actuales.

La Presentación del Señor es una fiesta muy bella. En las parroquias suelen acudir más fieles que de costumbre. Quizá sea una impresión mía, pero tengo la sensación de que cuanto más se “materializa”, en el buen sentido, la Liturgia, más impacto causa en la sensibilidad religiosa de las personas: la bendición del fuego o del agua, en la Vigilia Pascual, la bendición de las candelas en la festividad de la Presentación o, más sencillamente, la devota bendición del pan el día de San Blas.

Las candelas simbolizan la luz que es Cristo, que ha venido para iluminar a las naciones, porque únicamente la Luz de Dios tiene la potencia necesaria para iluminar completamente el Universo. Donde esta Luz no llega, no porque no quiera llegar, sino porque pide, por decirlo así, permiso para hacerlo, sigue reinando la noche y el pecado.

Cristo, Luz de las naciones, es, a la vez, la “gloria de Israel”, pues Dios, desde su Pueblo, hace desbordar su amor al mundo entero. Jesús, nacido de una mujer, nace también sometido a la Ley. Él que, en cuanto Dios, es Autor de la Ley, consiente en que sus padres paguen el rescate de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones. Y permite que su Madre Purísima acuda, como todas las madres, al templo para ser purificada. Es el realismo de la Encarnación y la paradójica humildad de nuestro Dios.

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25.01.14

El Reino de Dios no tiene precio

Homilía para el Domingo III del Tiempo Ordinario

La Iglesia es la reunión de los hombres en torno a Jesucristo, el Hijo de Dios (cf Catecismo 541). Él es la “luz grande” que brilla en medio de las sombras de muerte (cf Is 8,23-9,3; Mt 4,12-17). Las tinieblas simbolizan el error y la impiedad, la ignorancia y la confusión; en definitiva, el desconocimiento de Dios. En medio de esa oscuridad, resplandece Cristo, que quiere dar comienzo a su Iglesia mediante su predicación y la llamada a los primeros apóstoles.

Galilea, una tierra devastada y maltratada en tiempos del profeta Isaías, colonizada por poblaciones extranjeras, va a ser el escenario escogido por Dios para el inicio del ministerio de Jesús. Interpretando alegóricamente la Sagrada Escritura, algunos comentaristas medievales, como Rábano Mauro, ven en Galilea una figura de la Iglesia, “donde se verifica el tránsito de los vicios a las virtudes”, de la falsedad a la rectitud.

Allí el Señor empezó a predicar: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. La exhortación a la penitencia va unida al anuncio de un gran bien, la felicidad del Reino de Dios. La palabra de Cristo convoca a los hombres. En realidad, Él en persona es la Palabra “que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI). En sus palabras humanas se expresa Aquel que es la Palabra divina.

Con la autoridad de su palabra, llama a los apóstoles: A Pedro y a Andrés, a Santiago y a Juan. Forma así una comunidad reunida alrededor de Él. En este caso no son los discípulos quienes eligen al maestro, sino que es el Maestro quien elige a los discípulos: “Venid y seguidme”. La llamada los vincula a su persona y les exige una decisión radical: dejarlo todo; es decir, poner en segundo plano lo que no puede ocupar el lugar de Dios.

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23.01.14

La Iglesia no impone nada

Ni la Iglesia, como institución, ni los católicos, como tales, podemos imponer nada a nadie. Y menos al Estado. Las leyes se elaboran en el Parlamento y obedecen a la “lógica” de las mayorías. Lo que hoy está prohibido, mañana, si hay una mayoría favorable, estará permitido. O viceversa. Y lo prohibido o permitido puede ser cualquier cosa: el aborto, la pena de muerte, la discriminación racial… La historia da pruebas de ello.

Pero el Estado no es Dios. Y es conveniente recordarlo. Ni el Estado es, tampoco, la razón humana. Es decir, el Estado puede legislar bien, mal o muy mal. Y esta gradación, de lo mejor a lo peor, puede contar, o no, con respaldo mayoritario.

Si todo dependiese de mayorías o minorías, apenas habría un punto de encuentro que todos pudiésemos compartir. Y hay aspectos que todos, en principio, compartimos. Todos somos seres humanos. Y todos estamos dotados de la luz de la razón. Y la razón no sería tal si resultase completamente ciega ante la moral, ante la ética.

Una racionalidad puramente científico-técnica sería una racionalidad parcial, escasa, poco humana. No es razonable pensar que los hombres no puedan llegar a ver que es preciso “hacer el bien y evitar el mal”. De este principio, muy general, brotan los demás principios más particulares.

Si uno admite que su razón le impele a “hacer el bien y evitar el mal”, parece que no se puede negar que el respeto a la vida humana, desde su concepción hasta su término natural, se imponga como una obligación básica. ¿Cómo se puede justificar como justo, como razonable, eliminar la vida de otro ser humano inocente? ¿Qué clase de civilización se podría construir desde esas bases?

Frente a la arbitrariedad del poder, frente a los engaños de la manipulación ideológica, se levanta como un baluarte la conciencia moral, que puede descubrir la ley moral natural, los fundamentos de una ética universal.

Sin este fundamento se haría prácticamente imposible el diálogo, el consenso, el acuerdo. No ayuda suscribirse al positivismo jurídico, que convierte a la mayoría en fuente última de la ley. Ni tampoco al relativismo ético, porque nada asegura que la mayoría no pueda equivocarse.

Como ha enseñado Benedicto XVI, “es preciso remontarse a la norma moral natural como base de la norma jurídica, de lo contrario ésta queda a merced de consensos frágiles y provisionales”.

Para vencer el secularismo, y no olvidemos que los obispos españoles han identificado que “la cuestión principal a la que ha de hacer frente la Iglesia en España es su secularización interna” (“Teología y secularización en España”, 5), es preciso reafirmar la relación intrínseca que existe entre el Evangelio y la ley moral natural, entre creación y salvación, entre naturaleza y gracia.

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