La Iglesia, entre el accidente y la enfermedad

Es conocido que el papa Francisco emplea un lenguaje muy plástico: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”, dice en la exhortación apostólica Evangelii gaudium.
En realidad, nadie desea, en lo personal, ni un accidente ni una enfermedad. Pero la vida, en general, comporta riesgos, que hay que afrontar. Sucede lo mismo en la vida de la Iglesia. Y no solo ahora, sino desde el principio de su caminar por la historia.
La lectura de las cartas de San Pablo nos pone en antecedentes; sobre todo la lectura de la primera carta a los Corintios. Se ve que en esa comunidad, en Corinto, el riesgo de accidente era grande. Se valoraban excesivamente, en las asambleas litúrgicas, ciertas manifestaciones de entusiasmo espiritual, como el don de lenguas o el don de curar.
San Pablo se siente obligado a poner orden. Y el principio del orden es el siguiente: servir al bien común de la Iglesia. La libertad ha de compaginarse con la autoridad; el carisma – la gracia conferida libremente a los fieles – con la estructura, con la objetividad institucionalizada derivada de la positiva voluntad de Cristo. En definitiva, dicho en términos teológicos, el Espíritu Santo no se opone a Cristo y, dicho en términos laicos, la libertad no es incompatible, de suyo, con la institución. Sobre esto último reflexionó, en su día, Hegel.
Si la Iglesia, como institución, concede espacio a la libertad de los fieles puede accidentarse, y accidentarse gravemente. Corre el riesgo - inseparable de la vida - de que quienes, supuestamente, reciben los carismas quieran llamar la atención o se dejen llevar por el orgullo, por la tendencia al desorden, por la pereza espiritual o por cualesquiera de las pasiones que pueden acechar al ser humano.
Pero si la Iglesia se cierra a la libertad, si desconfía sistemáticamente de los dones libremente otorgados por el Espíritu Santo, corre un riesgo no menos grave, el de enfermar, encerrándose en sí misma y en sus propias seguridades.
Yo, que temo mucho los accidentes, preferiría casi una enfermedad. Pero si todos, en la Iglesia, nos dejásemos llevar por este miedo a los accidentes, la Iglesia se convertiría en una estructura mucho más perfecta, pero mucho menos viva. Quizá resulte más fácil la tarea del forense que la del médico de campaña. Previsiblemente, el forense se expone a menos sustos, a menos novedades.

Leemos en el evangelio según San Mateo que los fariseos “llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta” (cf Mt 22,15). Ni siquiera se la formulan directamente, sino por medio de algunos “discípulos”, acompañados por partidarios de Herodes.
Lo dice San Agustín, en un tratado sobre el evangelio de San Juan: “Cada cual va en pos de su apetito”. El apetito es un impulso instintivo que lleva a satisfacer deseos o necesidades.
En su plan de salvación, Dios invita a los hombres a entrar en su Reino, simbolizado por un banquete de bodas. San Gregorio Magno ve en este banquete una imagen del misterio de la Encarnación: “Dios Padre celebró las bodas a su propio Hijo cuando unió a Este con la humanidad en el vientre de la Virgen”. Todos nosotros estamos llamados a participar en esta comida de fiesta; es decir, a unirnos a Jesucristo formando parte de su Iglesia por la fe y el Bautismo.






