Reyes y magos
El comienzo del capítulo segundo del evangelio según san Mateo relaciona a Jesús con un rey y con unos magos: «Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, y he aquí que unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén y dijeron: “¿Dónde está el rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a prosternarnos ante él”».
La indicación «en tiempos del rey Herodes» proporciona un dato cronológico sobre el nacimiento de Jesús, que se añade a una indicación del lugar donde tuvo lugar este nacimiento: «en Belén de Judea». En la escena se introduce a los «magos», un término que se aplicaba a una casta de sacerdotes persas, aunque el significado del mismo se amplió en la época helenística para designar a los astrólogos y a otros representantes de la sabiduría oriental. Era frecuente, en la Antigüedad, encontrar a magos en las cortes de los reyes. En el libro de Daniel se dice que Nabucodonosor, rey de Babilonia, «mandó llamar a los magos, astrólogos, agoreros y adivinos» para que le explicaran un sueño. Los magos de los que habla san Mateo son de origen pagano, ya que hablan del «rey de los judíos», mientras que las autoridades judías se referirán más tarde, en el momento de su muerte, a Jesús como «rey de Israel».
Los magos deducen el nacimiento de un rey salvador a partir de un fenómeno celeste: una estrella a la que ven como signo del nacimiento de tal rey. Quizá san Mateo tenía presente la profecía de Balaán: «Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel». Por otra parte, en el mundo helenístico la estrella era un símbolo habitual de poder. Se esperaba, además, en esa época la llegada de un amo del mundo que vendría del Este. Tácito escribe que «la mayoría creía en una predicción contenida, según ellos, en los antiguos libros de sus sacerdotes, de que Oriente dominaría y que de Judea surgirían los amos del mundo».

Consulto la IA sobre la expresión “caer de maduro” y leo:
Las llamadas “lágrimas emocionales” se producen en respuesta a estímulos intensos. Así surge el llanto motivado por la tristeza o por la alegría. Dicen los científicos que este tipo de lágrimas tiene una composición química algo diferente a las “lágrimas basales”, que son las que constantemente lubrican nuestros ojos.
Me ha llamado la atención una columna sobre la eucaristía publicada por un reconocido novelista en un periódico prestigioso, sobre todo en ciertos ambientes sociales y políticos. Se titulaba, dicho artículo, “Detonación metafísica”. La tesis que exponía, si he entendido bien, es que si en la eucaristía “cuando el sacerdote consagra la hostia y el vino, aquella se convierte literalmente en el cuerpo de Cristo y este en su sangre. No metafóricamente, no simbólicamente, no: de forma literal”, se produce entonces “una operación ontológica de primer orden, un cambio radical de sustancia”.
Se suele ensalzar, con toda justicia, la belleza de la lengua latina y su capacidad de decir mucho con pocas palabras. Veamos tres ejemplos, tomados respectivamente del mundo universitario, de un escudo cardenalicio y del “ex libris” de un filósofo.












