La oración del no creyente

Acaba de ser publicado en Italia un libro del psiquiatra y escritor Vittorino Andreoli (Verona 1940) con el sugestivo título “La oración del no creyente”. Para los católicos, la oración, sepámoslo o no, “es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre”. Y, como enseña san Agustín, Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. De esta sed, de este anhelo, de esta búsqueda del significado de la propia existencia, aun sin la certeza de Dios, da testimonio el escrito de Andreoli: La oración del no creyente – nos dice - “expresa el deseo de lo divino que está dentro de lo humano”. Y, ello, a pesar de que este deseo tiene como contexto una sociedad y una cultura marcada por la duda y por la pérdida de fe, por el cansancio de creer.

El autor da voz a los que buscan, a los que no creen pero quisieran creer, a los que creían y ya no creen. Al leer su reflexión es fácil evocar a dos personajes de “San Manuel Bueno, mártir”, de Miguel de Unamuno; el del sacerdote Manuel Bueno y el de Lázaro. Ambos “se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada”. La demarcación entre el creyente y el “otro de la fe” no siempre es una frontera nítida. El “otro de la fe” permanece en cierto modo en el creyente, que necesita investigar lo que cree y profundizar en las razones por las que cree. Y, viceversa, el creyente se cuela por los entresijos de la mente y del corazón del que, oficialmente, dice no creer. Ambos, creyente y no creyente, tienen en común la condición humana, que es apertura a lo nuevo y búsqueda de lo que es más grande que el propio pensamiento. San Anselmo, en su “Proslogion”, decía que “Dios es más grande que todo lo que puede ser pensado” pero, a la vez “es lo más grande que puede ser pensado”. Esa posibilidad da cuenta de la singularidad del hombre, “el animal divino”, que diría Gustavo Bueno.

La oración de Andreoli es una búsqueda de racionalidad y de esperanza. De racionalidad a la hora de explicar la existencia del mundo: “Como muchos, estoy convencido de que la belleza y la complejidad del universo no pueden ser resultado del Caos. Es imposible que el orden de la naturaleza, que la belleza de una mariposa que nace e inmediatamente encuentra la flor donde colocar su probóscide y alimentarse del néctar, sea una combinación aleatoria. No es posible que la belleza del cerebro humano y sus funciones sean producidas por el Caos. Albert Einstein dijo que el hombre debe esforzarse por descubrir una pequeña ley del universo, mientras este está compuesto de una infinidad de leyes… que alguien debe haber reunido armoniosamente”.

Pero no basta con esta visión racional para sostener la esperanza. Se precisa el diálogo con Dios, el encuentro y la relación con él. Y de este deseo surge la plegaria: “Siento la necesidad de un Dios que pueda escucharme”. Con la sola razón el hombre no puede comprenderse del todo a sí mismo y, piensa el autor, tampoco a Dios: “Mis pensamientos sobre ti son desesperados y sirven para argumentar que el cerebro humano, tal vez la condición humana, no puede comprenderte. Eres un misterio. Porque el hombre es un extraño para sí mismo. Y de nada sirve la invitación que estaba escrita en el frontón del templo de Apolo en Delfos: ‘Conócete a ti mismo’. Con mi cerebro no puedo conocer mi cerebro”. Aun así, se dirige a Dios este no creyente diciéndole: “Tal vez hiciste al hombre incapaz de reconocerte, pero lo hiciste capaz de desearte, de encontrarte”.

No sé qué pensarán los lectores. Yo veo en esa confesión de la capacidad del hombre de desear y de encontrar a Dios un comienzo; un afecto hacia el creer que puede constituir la tierra propicia en la que brote, si acaso no lo ha hecho ya, la semilla de la fe.

 

Guillermo Juan-Morado.

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