¡Cuánta suciedad en la Iglesia!
En los últimos días, a la luz de cuanto es de público conocimiento en la Iglesia en Argentina, recordaba este memorable párrafo del Card. Ratzinger en 2005, en su célebre Via Crucis, que Juan Pablo II siguió aferrado a la Cruz mientras ingresaba en la etapa final de su travesía:
¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!
Yo era acólito entonces, y esperaba recibir (un mes después) la ordenación diaconal. Con una enorme ilusión, la misma que a los 16 años me impulsó a ingresar al Seminario con anhelos de santidad y de entrega. La misma que, a pesar de todo, hoy el Señor me sigue regalando, aún en mi pequeñez.