Ascendió al cielo
La solemnidad de la Ascensión del Señor se sitúa en la dinámica de la Pascua, del paso o éxodo de Cristo de este mundo al Padre. Jesucristo, vencedor de la muerte, entra para siempre con su humanidad glorificada en la esfera de Dios; en ese ámbito divino simbolizado en la Escritura por la nube y por el cielo (cf Catecismo 659).
El movimiento del ascenso, de la subida, nos hace pensar en el descenso, en la Encarnación: el que vuelve al Padre es el que salió del Padre (cf Jn 16,28). Entre la salida primera y el retorno hay una diferencia. Cristo “sale” del Padre para, sin dejar de ser Dios, hacerse hombre, verdaderamente hombre, semejante a los hombres en todo, menos en el pecado. Como canta la liturgia: “Sin dejar de ser lo que era ha asumido lo que no era”.
Pero este “hacerse hombre” no es un acontecimiento pasajero, como si el Hijo de Dios se revistiese de un modo puramente externo de la condición humana. No, la Encarnación es un acontecimiento definitivo, irreversible. Para siempre, el que era solo Dios es también hombre. Por su Ascensión, un hombre, uno de los nuestros, con un cuerpo como el nuestro, ha entrado para siempre en Dios.

En su día la editorial CPL de Barcelona me propuso escribir una breve biografía del beato Juan Pablo II. Por razones personales tardé un poco en cumplir ese encargo. No por falta de ganas. Yo le debo mucho a Juan Pablo II. Para mí ha sido una ayuda esencial en el plano de la fe, en el de la vocación al sacerdocio, y hasta en la percepción de la belleza y de la actualidad de la propuesta cristiana para el mundo.
Me remito a un blog de un amigo, en el que que explica esta nueva canción:
Ha habido, a lo largo de la historia, obispos “molestos”. Uno de ellos fue San Juan Crisóstomo. Un obispo reformista que, al llegar, en contra de su voluntad, a la sede de Constantinopla emprendió la tarea de corregir al clero, suscitando desde el principio odios y envidias.
Algo me han dicho, algo he leído por ahí: Que los curas donen su paga extra a Cáritas. Me parece una buena iniciativa. Pero una iniciativa que, en cualquier caso, ha de partir del realismo. No son hoy los sacerdotes – creo que nunca lo han sido, salvo contadas excepciones individuales – un colectivo poderoso desde el punto de vista económico.






