2.04.26

El domingo de Pascua, la solemnidad de las solemnidades

El santoral o “martirologio romano” dice sobre el domingo de Pascua: “Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: la resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne”. El hecho de que los cristianos celebren, desde el principio hasta hoy, el domingo como “el día del Señor” tiene su razón de ser en aquel “tercer día” que siguió al viernes de la crucifixión. Es el día del primer encuentro con el Resucitado, acontecimiento decisivo que provocó en los discípulos la renuncia al sábado y su sustitución por el primer día de la semana.

“Este es el día en que actuó el Señor”. La Iglesia aplica al domingo de Pascua estas palabras tomadas del Salmo 118 proporcionándonos, de este modo, una clave interpretativa fundamental: La resurrección de Jesús solo se puede comprender teológicamente; es decir, desde Dios. Es, como escribe Olegario González de Cardedal, “una acción de Dios, que recae sobre la entera persona de Jesús, sustrayéndola al poder de la muerte y haciéndolo partícipe de la vida divina, que le permite manifestarse al mundo de una ‘forma nueva’ (Mc 16,12) a como lo hizo a sus contemporáneos. La resurrección es personal y, por tanto, corporal”.

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28.03.26

El “homo credens” y la Pascua de Jesús

A lo largo de la historia se ha ido definiendo al hombre partiendo de - y quizá absolutizando- uno de sus aspectos constitutivos. Del “hombre político” de la antigüedad se ha pasado, sucesivamente, al “hombre religioso” medieval y al “hombre científico” de la modernidad, con sus inevitables extensiones; entre ellas, el “hombre trabajador” del progreso industrial y el “hombre virtual” de la presente era digital.

Un teólogo portugués, con gran parte de su obra traducida al español, João Manuel Duque, sostiene, en la estela de la hermenéutica y de la filosofía del lenguaje, que, como decía el pensador alemán Hans Georg Gadamer, en el proceso de comprensión “llegamos demasiado tarde siempre que pretendemos saber lo que deberíamos creer”.

Así, la confianza en el maestro hace posible que el alumno avance en la adquisición personal del conocimiento. De modo análogo, lo que hemos recibido – entre otros bienes, la vida, la lengua, la cultura – permite el despliegue de uno mismo y el alcance de alguno de los objetivos que podamos perseguir. El creer precede al saber, lo recibido a lo conquistado.

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18.03.26

Habermas y el diálogo entre filosofía y religión

En una de sus acepciones, la palabra “diálogo” significa “discusión o trato en busca de avenencia”. La conversación, la interlocución, el debate, ha de tener por objetivo un cierto acuerdo o conformidad. En español se habla de “diálogo de besugos” cuando el coloquio carece de toda coherencia lógica y de “diálogo de sordos” cuando los interlocutores no se prestan atención.

Muchas de las obras de Platón revisten la forma literaria de un diálogo, de una conversación. Entre ellos, el titulado “Menón”. Intervienen en este texto varios personajes: Sócrates, Menón, un esclavo de Menón y Anito, el acusador de Sócrates. En un determinado momento, Sócrates pone una condición para hablar con el esclavo de Menón: “¿Es griego y habla griego?”. Es decir, es preciso un mínimo común, una base compartida, que posibilite la configuración exacta del planteamiento de una cuestión y, en consecuencia, el auténtico diálogo.

El puente de unión entre los seres humanos, y conviene reivindicarlo en tiempos de aparente retroceso a la ley de la selva, es la racionalidad, la palabra, el lenguaje, el “logos”. Sin ese nexo que nos vincula y que permite la comunicación sería imposible escapar al (falso) diálogo de besugos o de sordos.

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14.03.26

Cuéntame un cuento

Corría el año 1991 cuando los “Celtas cortos” cantaban aquello de “Cuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama y tengo lindos sueños”. En una remezcla de 2025, Ara Malikian aporta a ese tema su virtuosismo como violinista. Los cuentos, los relatos breves, las narraciones, las historias, las fábulas, las parábolas… nacen, quizá, de los sueños y ayudan a que estos sean más bellos, pero, sobre todo, nacen para ser, más que leídos, cantados, contados y escuchados.

Loli Barral (Mondariz 1974) recoge en su libro “Unha noite soñei e un conto che contei” ocho pequeños relatos que han ido surgiendo al hilo de la vida, a veces como singulares regalos con los que obsequia a sus hijos, Lois y Lope, en sus respectivos cumpleaños. Los títulos nos indican el universo imaginario, tejido de fantasía y de evocaciones, que puebla estas narraciones: “O pan da avoa Carmen”, “O lobo Xinico”, “¡Qué cuco tan cuco!”, “Xorxul: O can motorista”, “Lois o superheroe”, “Melindre e a súa lata de sardiñas”, “Marisiña, a araña costureira” y “A Meca”.

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5.03.26

Fe y emociones

En una reciente nota doctrinal titulada “Cor ad cor loquitur” – “el corazón habla al corazón”, evocando el lema cardenalicio de san Juan Enrique Newman-  los obispos de la Comisión para la Doctrina de la fe de la Conferencia Episcopal Española abordan el papel de las emociones en el acto de fe. La experiencia de fe, señalan, se caracteriza por la integralidad, ya que abarca a toda la persona humana en el conjunto de sus dimensiones. La fe es confianza y conocimiento e incorpora, asimismo, emociones y sentimientos.

            ¿Por qué poner ahora el foco de atención en las emociones? Se debe a dos factores interrelacionados. Por una parte, dicen los obispos, “en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada ‘generación Z’, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del 2000”. El segundo factor es la pujanza de nuevos métodos de evangelización, centrados en el “primer anuncio” de la fe, que conceden un peso importante a las emociones y a los sentimientos. El reconocimiento de los elementos positivos de estas iniciativas no debe impedir ver también los riesgos que pueden conllevar. Quizá el más importante de estos riesgos sea el reduccionismo “emotivista” de la fe, confinándola en el universo emocional y sentimental, haciendo que dependa excesivamente de la exaltación, del entusiasmo, de la efervescencia, de los cambiantes estados de ánimo, en detrimento de otras dimensiones constitutivas del creer.

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