4.09.13

Vocaciones sacerdotales: El problema es la fe

“El problema es la fe”. Lo ha dicho, en un encuentro con los Formadores de los Seminarios Mayores de España, el cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero: El problema no es la presunta falta de vocaciones, sino la fe.

Creer, tener fe, equivale a abrirse a un orden nuevo de realidad. Supone escuchar y obedecer. Supone también llegar a ver la realidad con ojos nuevos, con los ojos de la fe, porque la fe es “luz”.

A este respecto merece la pena reseñar no solo lo que el papa Francisco dice en su primera encíclica, “Lumen fidei”, sino también las sugerentes reflexiones de Joseph Ratzinger recogidas en el segundo volumen de sus “Obras completas”, recién publicado en España (BAC, Madrid 2013). A propósito del concepto de revelación en San Buenaventura, el joven Ratzinger aborda la relación entre luz y palabra y, en un breve estudio recogido en el citado volumen, trata sobre “Luz e iluminación. Consideraciones sobre el puesto y el desarrollo del tema en la historia de las ideas de Occidente”.

En el marco del Año de la fe y recordando el vigésimo aniversario de la exhortación apostólica postsinodal “Pastores dabo vobis” del beato Juan Pablo II, el cardenal Piacenza ha incidido en la relación que existe entre fe y vocación. Está en juego la fe: la fe de las familias, la fe de las comunidades cristianas, la fe de los pastores y el ardor misionero que ha de seguir a tal fe.

Sin fe es absolutamente imposible escuchar, discernir, ver y obedecer la llamada de Dios. La fe hace posible percibir, como una realidad viva, su presencia y su palabra. Sin fe, Dios no necesariamente nos resultaría desconocido, pero sí muy lejano. Es verdad que puede ser conocido por la luz de la razón y hasta respetado y adorado. Pero sin esa luz mayor de la fe permanecería siempre distante. Lo suficientemente distante, al menos, para no concernirnos de modo tan personal como para dedicarle a Él, exclusivamente, toda la vida.

¿Qué consecuencias entraña la prioridad de la fe para la pastoral vocacional? El cardenal Piacenza subraya el primado de la vida espiritual, para que el sacerdote esté verdaderamente ligado a Dios y, de este modo, al servicio del pueblo cristiano.

¿Qué puede ofrecer un sacerdote al mundo? Básicamente, esencialmente, le puede ofrecer a Dios. No porque Dios sea posesión del sacerdote, sino porque a través del sacerdote, que hace presente a Cristo por el sacramento recibido, Dios – conforme a la lógica de la Encarnación - quiere seguir acercándose a los hombres.

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31.08.13

Verdad y severidad

Valiéndose de una parábola, el Señor nos instruye acerca de la humildad: “todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11). No se refiere Jesús, de modo principal, a la necesidad de ser conscientes de las propias limitaciones. Este autoconocimiento – siempre oportuno – no define la especificidad cristiana de la humildad. El criterio de la humildad, su norma, es mucho más alto; es la propia figura de Jesús: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,19).

Según la traducción griega de la Biblia – la llamada versión de los Setenta - , el humilde – “tapeinós”- es aquel que se siente pobre ante Dios y, en consecuencia, es manso – “praús” - ; es decir, inclinado hacia el prójimo. En Jesús se personifican estas dos actitudes: la obediencia a la voluntad del Padre y la entrega generosa en favor de los hombres. De este modo refleja el mismo ser de Dios.

San Pablo nos ayuda a profundizar en el significado de la humildad de Jesús en el himno de la Carta a los Filipenses: “siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres” (Flp 2,6-7). Jesús se humilla ante el Padre “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2,8). De esta obediencia brota su mansedumbre; su compasión y su servicio en favor nuestro: “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (cf Mt 8,17).

La humildad de Dios es equivalente a la generosidad de su amor. San Pablo lo expresa, de otro modo, en el himno a la caridad: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,4-7). Cada una de las afirmaciones sobre la caridad constituyen rasgos definitorios de la humildad divina reflejada en la vida de Jesús: Él – Dios – “todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

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29.08.13

La intervención en Siria, ¿un ataque criminal?

Parece existir consenso entre los jefes religiosos católicos, y entre otros líderes cristianos, acerca de la improcedencia de un ataque punitivo de los EEUU y sus aliados – Francia, Gran Bretaña, Turquía y la Liga Árabe – contra Siria.

En el encuentro con los reyes de Jordania, que ha tenido lugar hoy, el Papa y Abdullah II han coincidido en que “la vía del diálogo y de la negociación entre todos los componentes de la sociedad siria, con el apoyo de la comunidad internacional, es la única opción para poner fin al conflicto y a las violencias que cada día causan la pérdida de tantas vidas humanas, sobre todo entre la población indefensa”.

En la misma línea, ha sido más explícito el patriarca greco-católico melquita Gregorio III, quien no ha dudado en calificar de “acto criminal” el ataque planificado por EEUU. Y da las razones por las que mantiene esta opinión:

1. Un ataque de este tipo causará nuevas víctimas, que se añadirían a las miles de víctimas que ya existen.
2. Un ataque de este tipo haría caer la confianza del mundo árabe hacia el mundo occidental.

Es necesario, en un momento así de delicado, ser pragmático. Y ser pragmático significa responder a una simple pregunta: ¿Un ataque mejoraría las cosas o las empeoraría todavía más? La pregunta no es en absoluto baladí, ya que sería absurdo tratar de disminuir un mal causando un mal mucho mayor.

Pero es que, además, la situación trágica de Siria no ha empezado ayer. No, lleva así meses. “Cada día – denuncia Gregorio III – en Siria entran extremistas islámicos provenientes de todo el mundo con el único fin de matar y ningún país ha hecho nada para detenerlos”.

Bueno es frenar el uso de armas químicas, sea quien sea el responsable del recurso a este tipo de armamento, pero es de sentido común pensar que la muerte de inocentes es también horrible cuando es causada por armas convencionales.

¿A quién favorecería una intervención de EEUU y sus aliados? No parece que a la población civil, sino a los extremistas islámicos, que con la mezcla de religión y violencia harían la vida de los sirios – y no solo de los cristianos sirios – aun más difícil.

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27.08.13

¿Siria?

Son variadas y repetidas las intervenciones de los líderes religiosos cristianos a propósito del conflicto sirio. El papa Francisco, el pasado domingo, se refirió de modo explícito a esta cuestión alzando la voz para subrayar la necesidad de que se pare el ruido de las armas: “No es el enfrentamiento lo que ofrece perspectivas de esperanza para resolver los problemas, sino la capacidad de encuentro y de diálogo”, dijo al final del ángelus.

También se han expresado públicamente otros obispos; entre ellos, Mons. Antoine Audo, obispo católico de Alepo, quien ha alertado, de modo muy claro, que una intervención armada en Siria supondría el riesgo de una guerra mundial. La comunidad internacional, insistió, debe ayudar a dialogar y no a hacer la guerra.

Pero quizá de un modo más decidido aun ha hablado Hilarión de Volokolamsk, arzobispo ortodoxo que preside el Departamento para las relaciones externas del Patriarcado de Moscú. El arzobispo advierte de los posibles desarrollos que podría desencadenar esta crisis: “Una vez más – dice -, como en el caso de Iraq, los Estados Unidos se comportan como justicieros internacionales”.

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26.08.13

No todo es perfecto

Perfecto es aquello que, en su línea, tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia o quien posee el grado máximo de una determinada cualidad (o defecto). Uno puede ser un perfecto caballero o un perfecto canalla.

Perfecto en sentido absoluto, entendiendo por tal quien posee la bondad en grado máximo e incomparable, es solo Dios. Y existe también una creatura perfecta, aunque como creatura: la Virgen.

Todos los demás, si nos fijamos en la bondad o excelencia, somos más o menos perfectos o, lo que es lo mismo, más o menos imperfectos. Depende de como se mire. Esta toma de conciencia de nuestra limitada perfección nos debería llevar a ser humildes e indulgentes.

Humildes porque somos lo que somos. Ni más ni menos. Tenemos debilidades y debemos ser conscientes de ello y no presumir, vanagloriándonos de lo que no somos. Uno puede ser capaz de hilar un discurso o un texto y, solo por eso, no se convierte, sin más, en un Descartes o en un Cervantes. Y hasta Descartes y Cervantes, siendo grandes en lo suyo, no son tampoco, en sentido absoluto, perfectos. No pueden serlo.

Indulgentes también; inclinados a perdonar y a no juzgar con dureza. A veces nos enervan las carencias o los defectos de los demás, porque son los suyos, y pensamos que no son los nuestros. La extrema dureza nos endurece y nos ciega. Vemos, quizá con realismo, lo que falta en el otro, pero no vemos, por exceso de ofuscación, lo que a nosotros nos falta.

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