¿Optimistas o pesimistas?
Un lector (Francisco Javier) dejó ayer un comentario en el blog que me hizo pensar bastante. Hablábamos en el último post sobre un político que afirmaba ser contrario al aborto pero, a la vez, como lo más natural del mundo, señalaba que ahora lo verdaderamente importante es la crisis económica. Es decir, lo mismo que habría podido decir casi cualquier político español. Ante esa barbaridad y otras semejantes, decía el lector:
“Yo últimamente soy profundamente pesimista. ¡Estamos acabados si Dios no lo remedia!
Entran ganas de que venga ya Jesús…”
Lo primero que hice al leerlo fue reírme y pensar: “Eso no es ser pesimista, es ser cristiano”. El único remedio para nuestra vida y para el mundo está y ha estado siempre en Dios. Francisco Javier simplemente se está dando cuenta de que, sorprendentemente, es verdad el dogma cristiano de que el hombre no puede alcanzar la salvación por sus propias fuerzas, de que la gracia de Dios es absolutamente necesaria, del pecado original…

Siento no haber escrito nada en el blog en los últimos días. La causa: mucho trabajo con plazos inhumanos, niños enfermos, falta de sueño y ausencia total de tiempo libre. Es decir, lo normal, pero quizás algo más acentuado de lo normal. La falta de tiempo es una de las plagas de nuestro tiempo.
El entorno de trabajo que alguien se crea dice mucho sobre cómo es esa persona. No sólo la relación con los compañeros, sino incluso los objetos físicos del puesto de trabajo revelan muchas cosas sobre la persona que allí trabaja: fotos familiares, pósteres de vacaciones, orden o desorden, estampas religiosas… Si la cara es el espejo del alma, el puesto de trabajo al menos es su reflejo borroso.
Me resulta curioso que, cuando se habla de la “cuesta de enero”, todo el mundo entienda siempre que se está hablando de una cuesta arriba. En principio, una cuesta, así en general, puede ser hacia arriba y hacia abajo. Y yo diría que, en enero, existen las dos, una cuesta arriba y una cuesta abajo.
Probablemente, mucha gente pasará de largo ante el título de este post, sin pulsar en él. Por desgracia, los nuevos beatos o santos “no venden” ni llaman la atención, a no ser que resulten polémicos por alguna razón. Sin embargo, creo que las cosas habrían sido muy diferentes si hubiera puesto en el título el nombre del nuevo beato: Juan Pablo II. Poca gente sabe que Juan Pablo II era carmelita. En su niñez, entró a formar parte de la Tercera Orden Carmelita y siguió perteneciendo a ella hasta su muerte.









