
Introducción.
El problema de la muerte en nuestra sociedad se muestra bajo el signo de una contradicción. Por una parte, la muerte es un tabú, algo que ocultar; por otra, se da un exhibicionismo de la muerte que corresponde exactamente con la destrucción del pudor en los demás terrenos de la vida.
Se puede decir sin ambages que el mundo burgués oculta la muerte. El tabú de la muerte se ve apoyado simplemente por la estructuración exterior de la sociedad, pero también por una postura elitista que se niega a participar en el juego general de esa especie de escondite, intentando superar el absurdo ni más ni menos que mirándole a los ojos (1). Ocurre lo que el filósofo Pieper llama la «banalización» materialista de la muerte, donde la muerte se reduce a un espectáculo: la muerte se presenta de manera trivial, eliminando así la inquietante pregunta que ésta provoca.
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