Hermosos defensores de la fe

No se me ocurre mayor blasón que el de “defensor de la fe” si exceptuamos el de mártir, pues en dicho caso se defiende con la entrega de la propia vida la fe que se profesa. Dar la vida por defender aquello que se cree, es admitir de manera inequívoca que estamos de paso y que la vida futura es la que merece ser vivida en plenitud. “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?“ Mateo 16, 2
Sin llegar a dar la vida en todos los casos, Charles P. Connor, sacerdote estadounidense, ha recopilado unas cuantas breves biografías de santos varones, que de diferentes maneras y en diferentes circunstancias y tiempo han defendido el Credo. Se trata de personas muy conocidas y cuya vida incluso ha sido llevada al cine como santo Tomás Moro o san Ignacio de Loyola o de ilustres desconocidos para la inmensa mayoría de los fieles como el padre Ciszek o los obispos de Maryknoll luchadores incansables por la Iglesia en China.


La apolillada moderna pedagogía española rescata de vez en cuando el mantra de la lista de los reyes godos que dicen se debía uno aprender de memoria en tiempos pretéritos. Parece que quien no supiera tallista no promocionaba curso. Vaya usted a saber. El caso es que ya no se estudia dicha lista, y ya nadie estudia quienes fueron los pueblos godos que tanto significaron en la historia de España. Se estudia, muy superficialmente que eran pueblos germanos y poco más. Y son esenciales para entender nuestra historia, no sólo la española, sino también la americana. España pudo haber sido arriana y no lo fue (a Dios gracias). Y si España hubiera sido dominada por dicha herejía, que sostiene que Jesucristo fue creado por Dios Padre, ahora, mis queridos lectores, serías parte de una secta hereje (y probablemente aún más populosa que la Iglesia fundada por Cristo, que no habría desaparecido pero quedaría muy disminuida).