28.08.25

Un aliento de esperanza

               «Una pausa en la lectura». William Sergeant Kendall (1869-1938).

    

                              

                                  

                    

«Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración».

Romanos, 12:12.

    

«Al bien hacer jamás le falta premio».

Miguel de Cervantes.

 

 

De vez en cuando, se me acercan padres preocupados. En sus semblantes se refleja, tanto la preocupación del compromiso como la desolación de la desesperanza. Hacen de todo: se implican a fondo, dedican tiempo, atención y amor; pero los frutos se hacen esperar, o son tan precarios que no parecen merecer los esfuerzos. Me estoy refiriendo, desde luego, a la esforzada labor de crear en nuestros hijos el hábito virtuoso de leer buena literatura. 

Mi respuesta es siempre la misma: la labor es dificultosa; el esfuerzo, hercúleo; y los progresos, lentos. Por eso, los frutos se hacen esperar y la espera es desalentadora. Esfuerzo, dificultad y lentitud, son circunstancias que no van con nuestros tiempos de prisas, recompensas inmediatas y escuálidos esfuerzos. Pero les reitero, con convicción y firmeza, que se trata de un trabajo heroico que traerá consigo recompensas. Empero, como sucede con la siembra, el tiempo de cosecha requiere su espera.

Esta postura se fundamenta en gran medida en la experiencia –la mía y la de otros que han escrito y meditado sobre el tema–, pero también en algunas ideas que, aunque sencillas y de uso común, no dejan de ser verdaderas. Su mera mención podría ayudar a sobrellevar esta labor, en principio, árida e ingrata.


Las buenas cosas tardan en llegar

La primera idea es que las cosas buenas se hacen esperar. Es un concepto que viene de lejos. En la antigua Grecia, Platón sostenía que el bien supremo (ἀγαθόν) requería la educación del alma y, por tanto, tiempo, rechazando la idea de la gratificación inmediata. Su discípulo Aristóteles, en la Ética escrita a su hijo a Nicómaco, vincula la virtud a la phronesis (prudencia) y defiende que su desarrollo exige una formación progresiva, repetición, hábito y espera: el verdadero bien es «el resultado de toda una vida lograda». Por otra parte, la idea de que el bien no es inmediato porque el mundo no está hecho para el deseo, sino para la virtud, era un pensamiento común entre los estoicos, como Séneca y Epicteto. Este último escribió: «ninguna cosa excelente se produce de pronto».

Esta idea, sin embargo, trasciende la cultura grecolatina, siendo común a todas las culturas, con un origen muy probablemente ligado a la experiencia y a la observación de los ciclos naturales: la siembra y la cosecha, la sucesión de las estaciones, el día y la noche. La literatura recogió desde sus inicios el concepto: las eddas nórdicas, los poemas homéricos, o la ética estoica, reflejan así una verdad profunda: lo valioso —ya sea la sabiduría, el amor, la justicia o la trascendencia— requiere, como requisito sine quo non, tiempo.

Los efectos duraderos son los mejores

La segunda idea es que los efectos a largo plazo, a pesar de requerir espera, son preferibles, ya que son más consistentes y duraderos que los inmediatos. Los efectos en lo invisible –y de eso se trata en la lectura– participan en cierto modo de esa invisibilidad sobre la actúan; por tanto, los efectos para el alma que trae consigo el leer buena literatura no son fáciles de percibir, se van produciendo secretamente, en su mayor parte ocultos bajo un velo traslúcido, pues son propios del espíritu. Pero, para desesperación de muchos, esos efectos no son inmediatos, sino paulatinos; van dando forma a aquello sobre lo actúan, pero pausadamente, de modo que no son perceptibles en el día a día.

Esta silenciosa influencia funciona de la siguiente manera: al leer, depositas una idea en tu mente que, al principio, no semeja ser más que unas cuantas palabras en la memoria. Sin embargo, un día te das cuenta de que, sin que tu hayas sabido cómo, esa idea ha llegado a las regiones más secretas de tu mente y de tu corazón: y de repente, ¡voilá!, vives de ella y para ella. Así sucede con toda obra maestra artística; con el gran poema, con la gran obra pictórica o escultórica: con el tiempo, en el rincón más íntimo del alma, despierta y transforma todo lo que puede asemejarse a ella y comprenderla; todo lo que ha sido transformado en secreto, íntimamente, pausada y sordamente, por ella. No se puede vivir impunemente rodeado de belleza y sabiduría; al final, te transforman y te atrapan. Ya en el antiguo Egipto, cerca de la estatua de Ozymandias (Ramsés II), sobre la puerta de la biblioteca del templo de Tebas, rezaba una inscripción: «Medicina para el alma».

El esfuerzo es fundamental

La tercera idea es que el esfuerzo y el trabajo son necesarios para obtener cualquier buen fruto. El aforismo escolástico «virtus consistit circa ardua» se fundamenta en esto, y apunta a una virtud particular: la fortaleza. La materia propia de la fortaleza es la resistencia ante las dificultades. La virtud –en este caso cualquier virtud–, se fortalece en ese esfuerzo arduo frente a las tribulaciones y los obstáculos. Es necesario ser virtuoso en la fortaleza.

Fe, Esperanza y Oración

Sin embargo, como criaturas falibles e imperfectas que somos, no podemos dejar todo al azar de nuestro solo esfuerzo. La idea moderna —a pesar de su origen antiguo en frases como «Per aspera ad astra», atribuida a Séneca— de que podemos lograr todo lo que nos propongamos, no es cierta, por más que se divulgue y promueva sin cesar.

Así que, a pesar de nuestro esfuerzo y esperanza, no siempre lograremos lo deseado. Un halo de incertidumbre y misterio late bajo toda acción humana, especialmente en lo que respecta a la belleza, la verdad y la bondad, que son en sí mismas inefables. Pensar que el amor al arte puede purificar un corazón es a menudo una ilusión, ya que innumerables personas han adorado la música más perfecta o los poemas más conmovedores y han seguido siendo canallas o bárbaros. La salvación de nuestras almas está más allá de nosotros y de nuestras obras.

Ya a mediados del siglo pasado, pensadores como George Steiner se preguntaron sobre el supuesto valor humanizador de la cultura y, más concretamente, de la literatura. Sus dudas nacían ante el horror de constatar que las catástrofes asesinas (surgidas del nazismo y el comunismo) que habían contemplado, y algunos sufrido en sus carnes y en su alma, habían sido dirigidas, ejecutadas y secundadas, en su mayoría, por personas cultivadas, formadas en los brazos de Homero, Goethe, Shakespeare o Pushkin, y arrulladas por las melodías de Bach, Tchaikovsky o Schubert. ¿Acaso la cultura no tenía una influencia significativa en el alma humana?

Para algunos, ajenos a Dios, no hay una respuesta racional a esta pregunta, ya que se relaciona con el problema del mal, un enigma ante el cual la razón calla. Solo la Fe, la Esperanza y el Amor pueden dar una respuesta, y esa respuesta es una Persona. El propio Steiner, siendo ateo, ofreció una respuesta insuficiente, sugiriendo que la cultura es apenas un «lujo apasionado».

Pero yo no soy fatalista como Steiner; soy cristiano. Y esto me hace confiar en que la buena cultura puede marcar una diferencia significativa en la vida de las personas. Sin embargo, por sí sola, no es suficiente. Puede ser asediada y derribada por las fuerzas oscuras del alma humana. Sin Cristo, la cultura es una veleta azotada por sombríos vientos.

Por lo tanto, todas las ideas anteriores y las acciones que de ellas puedan nacer son infructuosas e inútiles si no están presentes en nosotros la Fe y la Esperanza, así como la confianza en la Providencia. Esta idea, expresada por San Pablo en Romanos 8:28, afirma que «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios». Es decir, que, sea lo que sea aquello que nos encontremos en la vida, será bueno para nosotros siempre que nos mantengamos en el camino recto.

De este modo, cuando, exhaustos, terminemos la carrera, podremos decir, al igual que él: «He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe».

Por ello, y como último consejo, no se olviden de orar. El viejo lema benedictino del «ora et labora», es también aplicable aquí, como en toda actividad humana. Como hemos visto, no basta con esforzarse, con poner empeño, dedicación y perseverancia, también hay que orar, pues ya hemos visto que en último término algunas cosas ––las más importantes–– están fuera del alcance de nuestras solas fuerzas.

Así que, continúen, ofrezcan a sus hijos sin descanso lo mejor que puedan dar. Sé que ustedes se encargan de armarles con lo necesario para sobrevivir al asedio del mundo. Sabemos que, junto al pilar fundamental de la fe, los libros de los que aquí hablamos son únicamente un pobre refugio; pero, por pobre y deficiente que sea, ninguna ayuda es vana. Por ello, por favor, hagan que sus niños lean y que lean buenos y grandes libros, y no se entristezcan como Steiner. Pero, ante todo, no se olviden de orar con esperanza.

20.08.25

Emociones diversas; un mismo corazon

«Piensa que es tan valiente» de H. Sundblom (1899–1976), y «Cuento de hadas», de E. Forbes (1859-1912).

                                        

                                        

          

          

          

«¡Ah, la igualdad!… La igualdad no es lo más profundo, ¿sabes?»

C. S. Lewis. Esa horrible fortaleza

          

 

 

 

Como sabemos por propia experiencia, los sentimientos son fluctuantes y las pasiones volátiles. Por ello no constituyen un suelo firme sobre el que construir nada: ninguna casa puede erigirse sobre la arena. Las emociones cambian; encandecen y se enfrían; solo la voluntad bien educada puede entrelazar sólidamente los vínculos que sostienen una vida.

Pero ello no quiere decir que las emociones sean malas. Como diría santo Tomás, son movimientos naturales del apetito sensitivo, y por ello moralmente neutras en sí mismas. Solo adquieren valor moral al ser informadas por la razón y la voluntad, cuando dirigidas por las virtudes tienden hacia el bien, o por los vicios, hacia el mal.

Así que, aunque hemos de tenerles cierta prevención —debido sobre todo a su fuerza, de difícil control—, no debemos —ni podemos— prescindir de ellas. Una buena vida exige ser vivida a través de las emociones y pasiones. Si bien, parafraseando a la inversa al filosofo David Hume, nuestra razón nunca deberá ser esclava de nuestras pasiones. Por ello es importante conocerlas y controlarlas. 

Algunas de estas emociones, cuando nos embargan, causan en nosotros cambios, nos perturban, hacen vibrar nuestro corazón, e incluso desatan en nosotros lágrimas y llantos.

Estas turbaciones, estas inquietudes y desatinos del corazón, traen consigo una manifestación emocional diferente en uno y otro sexo. Y a la inversa, aquello que desata o provoca una efusión sentimental puede también ser distinto según hablemos de mujeres u hombres. Es así; esta es nuestra naturaleza, nuestra esencia. Y no hay nada malo en ello siempre que se mantenga dentro del orden natural de las cosas.

Los hombres suelen emocionarse con unas cosas y las mujeres con otras. Y ambos se emocionan, a veces en desigual medida, por algunas otras que les son comunes. Pero la diferencia permanece, y no en desdoro de ninguno de ellos. Se trata de algo tan antiguo como nuestras conciencias y que no nos ha sido enseñado por ninguna ideología.

Con frecuencia, una mujer vierte lágrimas y se ve sobrecogida por el llanto, ante una propuesta de matrimonio, incluso aunque no sea ella la protagonista. Inconscientemente, su alma se proyecta hacia un futuro que se encuentra entrelazado con ese presente: contempla la formación de una familia, siente en lo más profundo de su ser una conmoción antigua; conoce ya, sin apenas catarlo, el peso y la belleza de convertirse en el amor de un hombre, en el centro de un hogar, y le turba la gloria de ofrecer su cuerpo como dación, guarda y cuidado de una nueva vida. Alberga en su corazón la íntima convicción de que se trata de algo sagrado, y eso la estremece, aunque no sea sepa porqué.

Un hombre, en cambio, puede enmudecer, y permanecer impávido —aunque con lágrimas en los ojos— al contemplar la realización de un logro, o cuando es protagonista de este. Cuando presencia o se ofrece en sacrificio por el bien del grupo, del clan, de la familia. Sin saber ni cómo ni por qué, se le hace un nudo en la garganta. Y es que, de igual forma, algo antiguo se agita en su corazón. Fue hecho para proteger, para sobrellevar las cargas que otros no pueden afrontar, para mantener la línea de defensa contra el dragón. Y lo hace, porque, aunque no lo sospeche o ni siquiera lo intuya, ese es el tipo de hombre que está destinado a ser. 

Todo ello revela algo profundo de nuestra naturaleza. Somos dos, y somos uno. Nos complementamos y nuestras pasiones y emociones pueden y deben acompasarse, potenciarse y sosegarse mutuamente. Les guste o no a algunos, existe una complementariedad profunda entre lo masculino y lo femenino. No es una invención de la moda o una pasajera filosofía de salón, sino que se arraiga en arquetipos naturales, grabados a fuego en nuestro corazón. Y se trata de arquetipos (no estereotipos mudables y deconstruibles), porque se refieren a algo que está en el principio u origen (archē) de la realidad, más allá de nuestros gustos o preferencias. Son cimientos. Sólidos como rocas; no clichés de revista barata. Son reales. Son antiguos. Son verdaderos.

Como dice Peter Kreeft, a pesar de que «las palabras “masculinidad” y “feminidad han sido reducidas de arquetipos a estereotipos» (…) «la diferencia entre la masculinidad y la feminidad es creada por la naturaleza, y existe en todos los tiempos y lugares».

De acuerdo a este arquetipo primigenio y dual, no solo tenemos particularidades sentimentales, sino que también nos suelen gustar diferentes cosas. Y nos gusta contemplar esas “cosas” que nos hacen emocionarnos y conmovernos a cada uno de forma diferente. Y disfrutamos al contemplar esa dispar manera de sentir.

Y dado que es cierto que la vida humana se manifiesta en dos modos de ser y estar, el masculino y el femenino, igualmente es crucial que tanto hombres como mujeres sepan de ambos. Por ello es conveniente que las jóvenes conozcan y aprendan sobre hombres virtuosos, sobre su valentía, su manera de ser, y sobre lo que buscan en una mujer. Y viceversa los chicos respecto de las mujeres.

Como ya comentamos en una ocasión (Libros para unas y para otros; libros para todos), una manera de ayudar en esto será con la lectura de libros, que si bien, de entrada, no parecieren ser de la preferencia natural de uno u otro sexo, precisamente por esa razón podrían servir de modelo en el aprendizaje moral y sentimental de unas y otros. Hay que animarles a que crucen el puente de vez en cuando. Que Lean lo que normalmente no leerían. Porque eso los hace más completos. Pero sin forzar demasiado. Sin romper lo que es verdadero.

Porque, como ya hemos dicho, no somos iguales; no podemos evitar que nos atraigan cosas diferentes; y, por lo tanto, libros diferentes. Ello no solo supondrá un modo de aprendizaje para unas y otros sobre modelos morales de su propio sexo (algo también fundamental), sino que también —y esto es muy importante—, les hará disfrutar más plenamente. 

Así que, dejen que sus hijos se sumerjan en novelas de aventuras, exploraciones y batallas, y sus hijas se deleiten con romances, vidas cotidianas y relaciones de familia. No les quitemos a nuestros hijos sus mapas, ni a nuestras hijas sus estrellas. Dejemos que cada uno explore a la manera en que fue hecho para explorar. Que en ocasiones crucen el puente, sí. Que lean y observen; que aprendan. Pero que no se les olvide quienes son; ni de dónde vienen ni a dónde van. Ello es lo natural, y por ello, es lo bueno.

14.08.25

De nuevo, el humor en pequeñas dosis

                 «Dos mujeres en la ventana». Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682).

  

        

        

 

«De una broma a un asunto serio no hay más que un paso».

Alphonse Allais

 

 

 

El humor es, y siempre ha sido, una medicina espiritual necesaria, muy necesaria. En palabras de nuestro Juan Valera —escritas hace más de un siglo, pero que siguen siendo muy actuales—: «Hoy, que vivimos en una época triste, en una sociedad revuelta y algo desquiciada, y con los espíritus llenos de melancolía a causa, en gran parte, del aliento malsano que nos propinan los pensadores y filósofos pesimistas, lo jovial y alegre es más de desear que nunca como remedio para aquel mal». Por esta razón, he decidido traerles en estas fechas estivales un poco de este remedio, tan precioso, pero a la vez, tan escaso.

Para ello, me he aprovisionado en gran parte del producto cultivado en estos lares, a pesar de que, como afirmaba Wenceslao Fernández Flórez en su discurso de ingreso en la RAE: «En la literatura española no hay humor, sino mal humor», con la honrosísima excepción, como recalca él, del Quijote, pues —en sus propias palabras—: «Jamás el humor fue llevado a semejante altura, ni abarcó tantas y tan trascendentales cuestiones, ni tampoco sacudió con tan prolongada risa el pecho de los humanos». No obstante de entre este «malhumorismo», del que también hablaba Miguel de Unamuno, podemos, como verán, rescatar algunas muestras patrias que no están nada mal.

   


La huelga general. Giovannino Guareschi (1908-1968)

Uno de los divertidos 347 cuentos ambientados en el Mundo Piccolo de Guareschi, en la ciudad imaginada de Ponteratto, pequeña localidad emiliana entre el Po y los Apeninos, donde el autor narra las humorísticas aventuras del sacerdote rural Don Camilo, en eterna lucha con su amigo-enemigo, el alcalde comunista Peppone. En este caso, durante una huelga comunista, Don Camilo y Peppone hacen de tripas corazón y trabajan codo con codo por el bien común del pueblo. Incluido en Don Camilo, Planeta, 1975.



La nariz desagradecida. Miguel Mihura (1904-1977)

El autor, como de costumbre, juega con el absurdo y su ingenio, esta vez sobre el telón de fondo de dos maestros: nuestro Quevedo y su soneto nasal, y el relato rinófilo del ruso Gógol. El resultado, un relato disparatado, lleno de desatino y gracia. Incluido en Antología, Mihura (1927-1933), editada por Prensa Española, 1978.  



El crimen de la calle de la Perseguida. Armando Palacio Valdés (1853-1938)

El asturiano recoge la narración de un amigo que confiesa a otro un asesinato que, sin serlo, lo parece, y las penurias que tal estado le trae consigo sin merecerlo. Una nuestra del típico humor con personajes cotidianos y muy humanos del autor, con la ingenuidad inocentona del protagonista como hilo conductor. Incluido, con otros relatos, en el libro del mismo título editado por Bruguera, Club Joven, 1982.



La bonita y la fea. Julio Camba (1882.1962)

El Camba viajero y cosmopolita se regodea brevemente, entre las páginas de su libro Londres (1916), en las fisonomías de las hijas de Eva de la Gran Bretaña, con su habitual gracia y maestría con la palabra. Divertidísimo, y en mi modesta opinión, muy cierto.



De las vicisitudes desagradables de un viaje en tren. Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964)

Otro gallego universal, el coruñés Fernández Flórez, nos trae aquí un gracioso y casi esperpéntico episodio de uno de sus libros más divertidos, El hombre que compró un automóvil (1932). Visto lo visto, la RENFE de hoy parece sentir nostalgia de aquellos tiempos y querer volver a las andadas.



Un medio como cualquier otro. Alphonse Allais. (1854-1905)

Allais, es un literato desconocido que merece la pena conocer; para Umberto Eco, «uno de los maestros del relato», de humor aparentemente ligero y a menudo sarcástico, aunque a veces no se note. En esta brevísima historia, el francés, con «El cuento de la buena pipa», un oyente impertinente y ansioso, y un relator pausado y paciente, compone una delicia que ya no se estila. Incluida en, Vivir de risa. La Compañía de Los Libros, 2022.


La célebre rana saltarina del condado de Calaveras. Mark Twain (1835-1910)

Saltando al otro lado del océano, uno de los relatos más divertidos de un siempre divertido Twain. El autor toma una anécdota mínima —una carrera de ranas— y la eleva a lo absurdo: un personaje obsesionado entrena a su rana como si fuera un atleta olímpico, asegurando que puede saltar «más que cualquier otra rana en todo el condado». La desmesura hecha humor. Incluido en El hombre que corrompió a Hadleyburg, y otros relatos (El Club Diógenes), de Valdemar (2010).



Fanático. Alberto Moravia (1907-1990)

El primero de los relatos de su libro Cuentos Romanos, donde en medio del agobiante ferragosto romano, el autor nos entretiene con una suave sátira sobre una delincuencia paupérrima e incompetente, en la que lo patético anula el drama. El absurdo de la situación y las inesperadas reacciones de los protagonistas impropias de su papel en el relato dotan de una evidente comicidad a esta historia.



El método Schartz-Metterklume. Saki (H.H. Munro) (1870-1916)

Con su habitual formalidad hilarante, el autor escocés nos presenta a una peculiar y aristocrática mujer que es confundida con una institutriz, y que decide seguir sacar partido al malentendido con sus anfitriones, educando a los niños de la casa con un método «revolucionario» que incluye recrear con ellos en el jardín famosos episodios de la historia. Incluida en Animales y más que animales, de Valdemar, 2003.



La carrera del «Gran Sermón». P. G. Wodehouse (1881-1975)

Para acabar, un Wodehouse. En esta ocasión, los amigos de Bertie apuestan sobre qué vicario pronunciará el sermón más largo. Como de costumbre, se desata el caos con sobornos, sabotajes y un vicario que no para de hablar; pero, también como de costumbre, nadie puede con Jeeves. Incluida en la obra El inimitable Jeeves (1924).



Espero que con estas lecturas se echen unas risas y que les hagan bien. Porque, como dice la cita de Carlyle con la que cierra el citado discurso Wenceslao Fernández Flórez:

«El humor verdadero, el humor de Cervantes o de Sterne, tiene su fuente en el corazón más que en la cabeza. Diríase el bálsamo que un alma generosa derrama sobre los males de la vida, y que solo un noble espíritu tiene el don de conceder».

    

8.08.25

La vocación y el trabajo

                           «Una buena cosecha de maíz». N. C. Wyeth (1882-1946).

    

       

     

«Por esto os digo: no os preocupéis por vuestra vida: qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, con qué lo vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento? ¿y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni juntan en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?».

Mateo 6, 25-26.

    


«Llevaron a tierra las barcas, y dejándolo todo, le siguieron».

Lucas 5, 8-11.

  

    

«Si consigo evitar
que un corazón se rompa
no habré vivido en vano.
Si consigo aliviar
el dolor de una vida
o colmar una pena,
o tan sólo que vuelva el petirrojo
desvalido a su nido,
no habré vivido en vano».

Emily Dickinson

 

 

En una época que ha perdido el sentido de lo trascendente, no sorprende que tantas personas anden a la deriva, preguntándose, con una mezcla de angustia y desconcierto, qué hacer con su vida. «¿Cuál es mi vocación?», preguntan, como si la respuesta pudiera encontrarse consultando al ChatGPT. Sin embargo, la pregunta —esta pregunta fundamental— es tan antigua como el hombre. Su sola formulación ya delata que en el corazón humano habita un sentimiento de propósito, una conciencia, por difusa que sea, de haber sido creado para un fin.

Santo Tomás de Aquino, nos recordaba que siempre es conveniente distinguir, y en este asunto no habría de ser menos: hemos de distinguir entre el orden natural y el sobrenatural. Entre lo que hacemos para sobrevivir en este mundo sublunar y lo que hacemos para salvarnos. Una carrera profesional —ese constructo moderno que glorificamos como si fuera el fin último de la existencia— es, en el mejor de los casos, un medio para sostenernos, para mantener una familia, para contribuir al bienestar terrenal de la comunidad humana, a un bien común social y político. Pero la vocación, en el sentido tradicional, no es eso. Es una llamada de lo alto, una invitación a participar en algo verdaderamente grande: el diseño divino.

Por eso, no se trata de una construcción del yo personal, sino de una aceptación humilde del orden al que pertenecemos. Es la forma en que deberíamos responder a la intención con la que fuimos creados; es descubrir aquello a lo que estamos llamados, y poner la vida en ello.

Por lo tanto, aunque se ejerce en el mundo, no se origina en él. No es fruto de nuestra voluntad, sino de un don que no es de aquí, ni es para aquí. Pero, ese fin sobrenatural no menoscaba su realidad terrena: como he dicho, habrá de hacerse posible en este mundo, y por lo tanto se cruzará, se sobrepondrá o se enfrentará a todo tipo de exigencias temporales, económicas y sociales.

Y así, en ocasiones, lo natural y lo sobrenatural coincidirán: una profesión puede ser, a la vez, el medio de subsistencia y el lugar concreto donde se realiza una vocación. Pero esta coincidencia no es la regla. La confusión de ambos planos es una tentación especialmente moderna: convertir el éxito profesional en signo de realización espiritual, o suponer que toda “pasión” es una vocación cuando muchas veces no es más que una refinada forma de narcisismo.

Así que, muchos se verán llamados a cumplir su misión vocacional fuera del marco de su ocupación profesional; pero todos tenemos una vocación por descubrir. El mismo cardenal Newman —un guía imprescindible en este tema— lo dijo con una lucidez admirable:

«Cada uno de nosotros tiene una misión. Dios nos ha creado para un fin. No somos obra del azar. Incluso los que llevan una vida modesta, incluso los que padecen, incluso los que no entienden su propio camino, son instrumentos en manos de Dios».

Es posible, incluso, que esa llamada pueda no ser una labor concreta y especifica, si no simplemente la manera en que llevamos nuestra vida, en todos sus aspectos, incluido el de ese trabajo aparentemente tan terrenal y prosaico: dentro o fuera de ese trabajo nuestro, en nuestra casa o en el lugar de empleo, con la familia, con los amigos o con desconocidos, no importan cómo, dónde ni cuándo, pero siempre cerca de Dios. Porque, de lo que se trata es, como señaló san Agustín, de llegar a Él:

«Nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti».

Todo ello hace de la vocación un asunto incómodo para los modernos. La gente de hoy habla mucho de “construir su futuro”, como si la vocación fuera un auto-proyecto a realizar en alguna parte —normalmente en alguna institución educativa superior—, con la inestimable colaboración de algún gurú de la autoayuda o de algún orientador académico. Por supuesto, sin menospreciar la necesaria formación profesional o técnica, que, en principio, no es incompatible con la vocación y muchas veces es expresión de la misma.

No sé por qué, pero sospecho que es más bien al revés: que la vocación, como esa fuerza extraña que te impulsa a hacer algo, te encuentra, te persigue, te acorrala hasta que no tienes más remedio que ceder (siempre que seas lo suficientemente valiente como para ser sincero contigo mismo). No es una elección de menú en un restaurante de moda; no es como levantar una casa, empieces o no por el tejado; es más bien una cadena que, una vez te toca, te atrapa, para ofrecerte desde su interior, lo creas o no, una bendición.

Pero como he dicho, esta idea es inconveniente a los ojos de la modernidad. Dos podrían ser las razones: constituye una limitación; y nos viene impuesta, En esta era de autodeterminación kantiana, donde cada cual se supone que debe ser el arquitecto de su propio destino, la idea de una vocación innata, casi predestinada, resulta incómoda. ¿Cómo es posible que algo tan personal no sea fruto de nuestra libre y soberana decisión, sino de un “algo” de origen misterioso? Pero, lo cierto, le guste o no a los modernos, es que la vocación no es un capricho, ni siquiera una decisión pelagianamente meditada. Es una necesidad del alma, un imperativo que, si se ignora, deja a los hombres huecos, como diría Eliot, o sin pecho, como apuntaría Lewis.

Y es que, en esta sociedad del curriculum vitae y del linkedin, ya no se vive en busca de lo verdadero, sino en una suerte de mercado persa de aspiraciones, estatus y cuentas corrientes. Decidir “quién quiero ser” ha reemplazado el viejo anhelo de saber “para qué he sido hecho”.

Por ello, hoy descubrir la vocación auténtica —y seguirla— se ha vuelto más difícil que nunca, y no porque Dios haya dejado de hablar, sino porque hemos llenado el silencio con tanto ruido que ya no podemos oír. Hace muchos años, Dionisio Areopagita escribió algo que nos sirve hoy, por que el «silencio muestra los secretos»:

«Allí los misterios de la Palabra de Dios
son simples, absolutos, inmutables
en las tinieblas más que luminosas
del silencio que muestra los secretos».

Por si fuera poco, hemos contribuido a agravar el problema con algún que otro obstáculo. Dorothy L. Sayers, lo expresó con fuerza en su ensayo ¿Por qué trabajar?. Allí denuncia la forma en que la Iglesia ha cedido al mundo la idea de que el trabajo es una esfera estrictamente secular, permitiendo así que la labor profesional se disocie de la vida moral y espiritual. Para Sayers, la vocación del carpintero no es sólo comportarse decentemente, sino también hacer buenas mesas. El trabajo bien hecho es en sí mismo un acto de adoración. Esta es una verdad antigua —basta pensar en San Benito— que nosotros, cegados por la eficiencia y la rentabilidad, hemos olvidado.

Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿cómo saber cuál es nuestra vocación?

No hay respuestas automáticas, ni manuales infalibles. La vocación no es algo que se elige en un catálogo. Es algo que se descubre, muchas veces lentamente, a través de oración, sacrificio y atenta escucha. No siempre llega de inmediato o con claridad, y no siempre se realiza en las condiciones ideales que habríamos imaginado. Pero incluso en medio de esa incertidumbre, una certeza superior debe guiar nuestra actitud: la convicción de que hemos sido llamados; de que tenemos una misión, sea cual sea esta. Incluso, que el sufrimiento, la enfermedad, la soledad —como dice Newman—, pueden ser parte de ese plan misterioso.

En esa búsqueda, la virtud de la esperanza se erige ante nosotros, fundada en la confianza filial de que Alguien nos conduce, aunque no veamos el camino. Por eso, no debemos temer al silencio ni a la espera. Nuestra tarea será mantenernos disponibles, obedientes, atentos. La vocación puede no coincidir con nuestros deseos, ni con nuestras aparentes aptitudes, pero siempre se ajusta a aquello para lo que fuimos hechos.

No nos afanemos, entonces, por encontrar una fórmula, y mucho menos desesperemos. Busquemos, con paciencia y perseveración, la disposición adecuada: Ora et labora. Y, en tanto, como dice el Salmo, «Espera en el Señor y obra el bien». Newman escribió con sabiduría: 

«Si estoy enfermo, mi enfermedad le puede servir; si perplejo, mi perplejidad le puede servir; si apenado, mi pena le puede servir. Mi enfermedad o perplejidad o pena puede ser la causa necesaria para algún gran fin que está muy por encima de nosotros. Él no hace nada en vano; puede que alargue mi vida, puede que la acorte; Él sabe lo que quiere. Puede que me quite los amigos, puede que me arroje entre extraños, puede que me haga sentir desolado, que me hunda el ánimo, que me esconda el futuro; con todo, Él sabe lo que quiere».

Que nuestro deseo sea, como Newman, orar con verdad:

«No me has creado en vano».

Y la literatura, aún la escrita para los jóvenes, nos ofrece ejemplos de personajes que, lejos de intentar construir su destino, descubren —en el silencio, la humildad o la espera— una llamada que los trasciende y les muestra su vocación. Una vocación que, una vez descubierta, lo exige todo como veremos en la siguiente entrada, a la que les emplazo.

28.07.25

Wodehouse, o cómo casarse sin parar de reír

 

 

 

«Si ustedes son inmunes a este tipo de humor, entonces, para decirlo con una de las citas de Shakespeare preferidas por Wodehouse, es probable que solo estén hechos para las traiciones, las estratagemas y las rapiñas».

Stephen Fry

   

      
«—Llevaba ese vestido azul la primera vez que la vi, Corky. Y un sombrero con floripondios. Ocurrió en el metro. Yo le cedí mi asiento y, mientras me cernía sobre ella, colgado de una correa, me enamoré totalmente en un instante. Te doy mi palabra de honor, muchacho, de que me enamoré de ella por toda la eternidad entre las estaciones de Sloane Square y South Kensington».

P. G. Wodehouse. Ukridge

    

   

«El matrimonio no es un primer plano de una película, con un lento fundido en negro tras un abrazo. Es una sociedad, ¿y de qué sirve una sociedad si no pones tu corazón en ella?».

P. G. Wodehouse. Jill, la temeraria

 

 

Puede sonar pretencioso, pero creo que un poco de medicina wodehousiana puede aligerar las dolencias crónicas que, respecto al noviazgo y el matrimonio (y las relaciones entre los sexos y el sexo mismo), asolan nuestro mundo hoy día. El maestro inglés, bajo su aparente inocencia y tontería, nos suele brindar, aunque disfrazadas de su característico humor y aguda pluma, aleccionadoras muestras de las virtudes que encierran esas instituciones sociales. Y es que estamos en una situación tan desesperada que todo remedio es bienvenido; incluso aunque, sorprendentemente, pueda parecer disolvente y banal.

Piensen en comedia ligera y profundidad moral; eso es lo que nos ofrece Wodehouse. Y no crean que estoy sacando de donde no hay. Lo verán de inmediato.

Lo primero que hay que desentrañar, aquello que precisa desbroce y limpieza, es despojar a la obra wodehousiana de una única dimensión que necesariamente la reduce: el humor. Por supuesto que ese humor es su esencia. Sin él, Wodehouse sería un fino estilista del idioma inglés que, sin duda, se habría abierto paso en el mundo literario anglosajón, pero del que hoy hablaríamos poco o, quizá, nada.

Pero su grandeza está ahí, y va más allá aún de su fundamental, fino y desternillante humor. Y eso nos hace tenerlo en el corazón y en el alma, y acudir a él buscando consuelo; y, por qué no, consejo. Esa grandeza de Wodehouse radica en que, con su obra, nos regala no crítica social, como hacen muchos colegas suyos, sino celebración, fiesta. Esa fiesta que elogió tan hermosamente el filósofo Josef Pieper, en su obra El ocio y la vida intelectual. Esa fiesta y esa celebración que está en el centro de la vida del cristiano, lo mismo que su aparente contradicción: el sufrimiento. Como en tantas otras paradojas cristianas, ambas cosas van unidas, y se sirven y protegen, se ayudan y se sostienen. Pero este es otro tema.

Volviendo a Wodehouse, y volviendo a su trato del noviazgo y el matrimonio, tengo algo que decirles al respecto.

Wodehouse nos regala una celebración ritualizada de ambas instituciones. Dos instituciones que, además, sostienen su microcosmos literario. En su mundo, el noviazgo es como un huracán pasajero y el matrimonio semeja la roca (a veces opresiva) sobre la que se erige la culminación de muchas de sus tramas.

Su genio consistió en tomar las bases de una sociedad eduardiana que ya no existía para usarlas como engranaje perfecto de una máquina de risa eterna e inofensiva, desde donde promover la virtud y la decencia a un mundo que ya empezaba a desconocerlas. Nos dice así el académico Norman Murphy: «Sus personajes operan bajo un código moral anticuado pero coherente. El caos del noviazgo y la tiranía matriarcal son perturbaciones dentro de un sistema que, en última instancia, venera la estabilidad conyugal como base de la civilización». Eso lo tenía muy claro Wodehouse, y no solo lo expuso en sus historias, sino que, igualmente, lo puso en práctica con su largo matrimonio (de más de 60 años) con su esposa Ethel, feliz y de por vida.


El noviazgo

Wodehouse retrata el noviazgo como un preludio ineludible con vistas al matrimonio (siempre en el horizonte), implosionando regularmente por enamoramientos repentinos y a menudo cómicamente transitorios. Uno de los personajes que más frecuentemente protagoniza episodios de cortejo es Bingo Little (uno de los zánganos, alto y delgado, y con una conocida aversión a la vida rural), quien se enamora varias veces a lo largo de la saga Jeeves. En el relato titulado Jeeves hace funcionar su acreditado cerebelo, Bingo se enamora de una camarera llamada Mabel y, a pesar de la diferencia social, el noviazgo es tratado con intensidad sentimental y, por supuesto, cómica. No obstante las dificultades, en una historia posterior (Bingo y la camarera), la insistencia de Bingo le lleva a culminar el noviazgo casándose finalmente con Mabel, con lo que las peripecias y embrollos previos se disuelven como por arte de magia; todo queda restablecido en clave de aceptación: el noviazgo conduce, como debe ser, a una relación matrimonial reconocida y celebrada. En El Inimitable Jeeves (donde se encuentran las historias) se puede leer lo siguiente:

«—Está enamorado. Por quincuagésima vez. Le pregunto, Jeeves, de hombre a hombre, ¿ha visto usted en su vida algo semejante?
—Míster Little tiene, desde luego, un corazón ardiente, señor.
—¡Un corazón ardiente! Creo que tendría que llevar una camiseta de amianto».

Para Wodehouse, el noviazgo exige un nivel de entusiasmo romántico desmesurado, que los hombres encuentran agotador y que las mujeres suelen vestir de un romanticismo bastante cursi, pero que resulta inevitable y socialmente obligatorio. Es un campo de batalla purificador, aunque lo que purifique no sea el fuego de una pasión avasalladora, sino las vicisitudes de una fuerza motora de la naturaleza llamada amor, que, si bien es comprendida perfectamente por las féminas, es vista con absurdo desconcierto por los varones. Los obstáculos se suceden, y los protagonistas deben sortearlos, a menudo con la ayuda de terceros (regularmente de Jeeves) o con la intervención fortuita del destino. Los desafíos del amor que han de afrontar van desde la falta de fondos hasta la desaprobación familiar, pasando por inevitables y comiquísimos malentendidos. Bertie Wooster, como héroe arquetípico wodehousiano, es acompañado en estas tribulaciones amorosas por el ya citado Bingo y por otros tantos zánganos como Freddie Threepwood (hijo de Lord Emsworth, se compromete con Aline Peters, le propone matrimonio a Eve Halliday, y finalmente se casa con Aggie Donaldson), Pongo Twistleton (se casa con Sally Painter, el matrimonio lo convierte en un ciudadano sobrio, más incómodo que nunca con las exuberantes costumbres del tío Fred), Tuppy Glossop (se compromete con Angela Travers, hija de la tía Dahlia) o Gussie Fink-Nottle (cuidador de tritones con aspecto de camarón abstemio; se compromete con Madeline Bassett). Y, por supuesto, supervisando las operaciones, siempre en la sombra, el omnisciente Jeeves.

Veamos un ejemplo de ello, con el pobre Fink-Nottle en De acuerdo, Jeeves:

«—Pero ¿cómo podía salir mal? Ella lo ama, Jeeves.
—¿De veras, señor?
—Me lo ha dicho clara y rotundamente. Él no tenía más que declararse.
—Sí, señor.
—Pues bien, ¿no lo ha hecho?
—No, señor.
—¿Y de qué diablos ha hablado?
—De las salamandras, señor.
—¿De las salamandras?
—Sí, señor.
—¿Salamandras?
—Sí, señor.
—Pero… ¿qué necesidad tenía de hablar de salamandras?
—No tenía necesidad alguna, señor. Por lo que he podido saber por el Sr. Fink-Nottle, nada distaba más de sus propósitos».

Al respecto, uno de sus biógrafos, Frances Donaldson, escribe: «Wodehouse construye minuciosamente obstáculos absurdos para el amor joven, solo para que su superación (usualmente por Jeeves) reafirme el triunfo del orden social tradicional y su mecanismo reproductivo».

El matrimonio

Y es que el noviazgo, con su accidentado cortejo, es siempre un paso previo al matrimonio, necesario y absolutamente conveniente, a fin de que, entre otras cosas, se puedan evitar episodios vitales desastrosos —como escribe el mismo Wodehouse, con su fina ironía—, como por ejemplo «uno de esos desafortunados malentendidos que son tan propensos a dividir corazones, el tipo de cosas sobre las que Thomas Hardy solía escribir».

Y en esto del matrimonio, Bertie es tremendamente escurridizo y nunca culmina el juego, pero, por ejemplo, sus amigos Bingo, Freddie y Pongo sí lo hacen.

Pero para Plum, el matrimonio es una cosa seria que no tiene su fundamento primordial en un vacuo romanticismo. No, «el único matrimonio feliz es aquel que se basa en un fundamento firme de disputas casi incesantes». Wodehouse concibe la unión matrimonial como una comedia, sí, pero donde tiene lugar un conflicto continuo, un conflicto que es símbolo no de ruina, sino de celebración, de vida compartida, de una vida que se pasa al lado de un otro que es, a un tiempo, uno. Porque el pasar del tiempo solo se puede celebrar si se pasa junto a alguien, y qué mejor manera que en una vida esponsal nacida de la mayor de las promesas. Al igual, por cierto, que para Chesterton, quien decía aquello de que el matrimonio es un duelo a muerte que ningún hombre de honor debería rechazar, ya que todo el placer del matrimonio radica en que es una crisis perpetua.

En todo caso, en la obra de Wodehouse el matrimonio se presenta como institución venerable y fuente de orden social, e incluso vehículo de madurez personal. Tal es así que Wodehouse (en Muy bien, Jeeves) llega a poner en boca del tío George el siguiente consejo para Bertie:

«—El matrimonio es un estado honorable.
—Oh, totalmente.
—Haría de ti un hombre mejor, Bertie.
—¿Quién lo dice?
—Yo lo digo. El matrimonio te haría pasar de joven y frívolo bribón a… eh… no-bribón».

Porque, aunque Bertie Wooster huya de él como de la peste, el matrimonio es para Wodehouse un estado natural y, consecuentemente, es deseado por prácticamente todos los demás personajes jóvenes. En The Mating Season (que podría traducirse como Temporada de apareamiento, y que creo no se ha traducido al español), por ejemplo, el caos gira en torno a asegurar que los noviazgos correctos culminen en matrimonios correctos.

La excelencia del matrimonio wodehousiano radica, pues, en ser el final feliz perfecto, cómico sí, pero feliz. Por cierto, paso por encima de la evidente —y suave— tiranía matriarcal que muestran algunas de sus historias, debida quizá a la fría y distante madre que tuvo que padecer nuestro Plum, lo que hace que en muchos relatos quede en el lector el poso de una idea del matrimonio como un sistema solar de planetas (maridos) orbitando alrededor de estrellas (esposas).

Por último, una recomendación que me hace recordar con cariño al gran Jorge Ferro. En una ocasión, comentando este blog, nos incitó a leer La reverente pasión de Archibald (recogido en el libro titulado, Mr. Mulliner tiene la palabra). Mr. Mulliner cuenta la cautivadora historia del cortejo de Aurelia Cammarleigh por parte de su sobrino Archibald. La historia se desarrolla con el telón de fondo del Club de los Zánganos, desde cuyas ventanas Archibald ve por primera vez a la encantadora Aurelia. Guiado por el consejo de su amigo Algy Wymondham-Wymondham, Archibald pasa como puede por los desafíos y la irracionalidad del amor para ser merecedor del cariño de Aurelia. Como nos decía Ferro, todo «un tratadito de moral».

Y es que, al final, Plum hace su trabajo; en todos nosotros, sus lectores; consciente o inconscientemente. Pero lo hace. Y es un buen trabajo, por demás. Lo que me lleva a acabar. Y voy a hacerlo con Stephen Fry, el actor con el que comencé este artículo, y que creo ha dado en la pantalla el mejor y más adecuado de los Jeeves:

«Lo he escrito ya antes y no me avergüenza escribirlo de nuevo. Sin Wodehouse, dudo que yo fuera hoy la décima parte de lo que soy…, sea esto cuanto sea.

En los años de mi adolescencia, los escritos de P. G. Wodehouse me descubrieron las posibilidades del lenguaje. Sus ritmos, sus tropos, sus trucos y manierismos arraigaron profundamente en mí.

Pero, por encima de eso, me enseñó acerca de la bondad. Es suficiente ser compasivo, ser educado, ser divertido, ser bondadoso».

Pues eso.