15.03.26

¿Qué deben leer nuestros hijos? Cinco criterios orientativos

           «Un cuento de hadas». Obra de John Henry Frederick Bacon (1865–1914).

 

                                                  

             

                           

«Para leer lo bueno hay una condición: no leer lo malo».

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipomena

    

   

«Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero absolutamente “brillantes” de información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, (…). Y serán felices».

Ray Bradbury. Fahrenheit 451

 

 

  

EL DILEMA CENTRAL: ¿QUÉ LIBROS DEBEN LEER?

Una de las grandes cuestiones a las que deben enfrentarse los padres de hoy que desean que sus hijos sean lectores —además de cómo despertar en ellos el amor por la lectura—, es la siguiente:

¿Qué libros se les deben ofrecer?

Porque no todos los libros son iguales, ni por la calidad de su contenido o de su enseñanza moral, ni por la educación estética que encierran. Y, para colmo, a diferencia de los medicamentos, los libros no vienen acompañados de un prospecto de indicaciones y contraindicaciones que facilite conocer sus efectos. Y ello a pesar de que su poder transformador puede llegar a ser inmenso, con resultados tanto beneficiosos como nocivos para el alma de nuestros hijos.

Junto a ello, sabemos que —por razón de su edad— los gustos de los niños suelen ser desordenados y pasajeros y, por si esto fuera poco, a menudo son objeto de manipulación por agentes externos (redes sociales, televisión, videojuegos o la propia industria editorial) que mantienen intereses poco o nada vinculados con su bienestar.

   

LA NECESARIA INTERVENCIÓN DE LOS PADRES

Por todo ello, los padres no debemos dejar la elección de los libros que leen nuestros hijos únicamente a su propio criterio, ni limitarnos a facilitarles los libros que simplemente les apetezcan o les recomienden otros.

No obstante, es evidente que sus gustos e intereses deben ser tenidos en cuenta, ya que, como sabemos, leer es un verbo que no debe conjugarse en modo imperativo.

De esta manera, los intereses y gustos de los niños son una variable importante que debemos tener presente, pero nunca deben ser la única ni la principal. Conviene, por tanto, orientar sus lecturas pero sin alejarse en exceso de aquello que ya les atrae.

Un dato ilustra bien esta tensión: en un estudio realizado en EE. UU. que comparaba, entre 1974 y 2004, dos listas anuales de “mejores libros infantiles” (los recomendados por la Asociación Americana de Bibliotecas y los seleccionados por los propios niños), el solapamiento fue de apenas un 4,36 %.

Esta divergencia no debería llevarnos a la conclusión “moderna” de rebajar el criterio adulto hasta adaptarlo por completo al gusto infantil, como si la inexperiencia tuviera prioridad sobre el juicio formado, o como si el placer inmediato fuera el único estándar relevante (como, por cierto, hace el estudio), pero sí debería llamarnos la atención sobre algo: que el lector es el niño.

Por lo tanto, aunque sus intereses importen —ignorarlos sería contraproducente—, deben entrar en ponderación con otras consideraciones, algunas más importantes: calidad literaria, adecuación moral y emocional, riqueza del lenguaje, complejidad ajustada a su madurez y, sobre todo, que el libro pueda conducirle al tipo de persona que buscamos ayudarle a ser, a aquello que está destinado a ser.

Por ello, nos guste o no, los padres estamos obligados a vigilar tanto qué libros leen nuestros hijos como qué libros ponemos en sus manos, aunque teniendo siempre presentes sus gustos y aficiones.

De este modo, cumplimos dos objetivos esenciales: no abandonamos la elección a su solo criterio y, al mismo tiempo, acercamos progresivamente sus preferencias hacia lo que estimamos más conveniente para su formación integral y su bienestar.

Se trata, en definitiva, de guiar con criterio y cariño, elevando sus gustos en lugar de rebajar nuestras exigencias. La clave está en adecuar el libro al niño ofreciendo alternativas valiosas dentro de un marco de elección guiada, de modo que el niño no “pierda” su libertad, sino que aprenda a ejercerla como lo que es: el obrar o no obrar, bajo la guía de la razón, para alcanzar la perfección del ser, esto es, la Verdad, la Belleza y la Bondad. Así, el objetivo no es rendirse ante lo que ya le gusta o lo que elige o le imponen o recomiendan (amistades y agentes externos), sino educar su gusto hacia la virtud, para que, con el tiempo, pueda llegar a querer —por sí mismo— aquello que le conviene y esta llamado a ser.

   

LA PARADOJA DE LA ABUNDANCIA Y LA PRUDENCIA EN LA ELECCIÓN

Sin embargo, no podemos olvidar que vivimos en la era de la abundancia, y ello afecta también a la oferta editorial: hoy hay más libros que nunca. Lo que de entrada sería una ventaja, sin embargo, se convierte en una dificultad añadida. Si aprender a elegir es difícil, y aprender a elegir bien es más difícil aún, aprender a elegir bien en un mundo de posibilidades casi ilimitadas es abrumador. Esto suele denominarse «la paradoja de la elección»: cuando aumenta el número de opciones, también aumenta la dificultad de saber cuál es la mejor.

Incluso aunque todo lo abundante fuera bueno, precisaríamos del criterio antedicho para discernir y/o elegir, entre toda esa inmensidad, los libros que mejor se ajusten a las necesidades de cada niño (¿le gustará?, ¿aborda algún aspecto que deba reforzar?, ¿se adecúa a su nivel de madurez?). El peso de la paradoja, por tanto, subsistiría.

Pero lo cierto es que, desgraciadamente, este no es el caso. Hoy en día, una gran parte de esa inmensa oferta editorial es inadecuada, cuando no peligrosa, para la formación y educación de nuestros hijos.

Buena parte de los libros infantiles y juveniles contemporáneos no ayudan. Muchos de ellos centran su atención en temáticas tradicionalmente propias de los adultos, como la hipersexualización de las relaciones, la deconstrucción de la familia y la angustia existencial (divorcio, aborto, eutanasia, suicidio, malos tratos), que además son abordadas, en no pocos casos, de forma equivocada. Prima la precipitación, la frivolidad y la crudeza. Existe, asimismo, una fuerte carga ideológica (adoctrinamiento en la denominada ideología de género y otros «ismos»).

De este modo, no solo el volumen de novedades nos obliga a escoger, sino que el contenido —para nada inocuo— nos obliga a discernir y/o seleccionar con rigor.

Por ello, los padres estamos obligados a juzgar, siendo el juicio siempre una acción difícil, que requiere el ejercicio de la virtud de la prudencia. Sin embargo, no se puede intentar juzgar prudentemente sin poseer criterio; y el criterio precisa conocimiento; y el conocimiento, a su vez, exige tiempo. Y de eso tenemos muy poco hoy en día.

   

CRITERIOS ORIENTATIVOS

Por ello, para facilitarles esta difícil labor de discernimiento, me atrevo a ofrecerles una breve relación de criterios orientativos:

PRIMERO.- Evitar el contacto con «malos libros».

Debemos protegerlos de obras inadecuadas o con contenidos nocivos ya mencionados.

SEGUNDO.- Actuar con cautela.

En la selección debemos ser cuidadosos, intentando no ser demasiado rígidos y aplicando «mano izquierda» con las prohibiciones. Ya el romano Ovidio nos advertía: «Lo que somos libres de hacer nos disgusta; lo que está prohibido nos abre el apetito».

TERCERO.- Prestar atención a la forma (ilustraciones y calidad literaria).

En cuanto a las ilustraciones, especialmente para los más pequeños, estas deben ser bellas y realistas. Existe una correspondencia entre belleza y realidad, pues todo lo existente ha sido creado por Dios. La representación artística y el realismo han estado unidos desde las pinturas de Altamira hasta los frescos de la Capilla Sixtina. El arte debe imitar a la naturaleza en su modo de operar, buscando, a través de la belleza, la proporción, la integridad y la claridad; por ello esa belleza debe habitar en los libros de nuestros hijos, incluyendo no solo dibujos e imágenes, sino también una tipografía y caligrafía claras y hermosas.

Respecto a la calidad literaria, me detengo en los libros para los más pequeños, a menudo descuidados bajo el pretexto de la sencillez. La simplicidad no justifica la falta de rigor. El cuidado de las formas expresivas y un léxico rico deben estar presentes en cualquier nivel. La brevedad no es excusa para la falta de excelencia. Como decía C. S. Lewis: «No merece la pena leer ningún libro a los cinco años a menos que merezca la pena leerlo también a los cincuenta».

El desarrollo del gusto literario es un proceso donde la imagen y la palabra se fusionan y lo son todo.

CUARTO.- Evaluar el contenido y el mensaje.

a) Interés y curiosidad: El libro debe ser una «puerta mágica» (Gladys Hunt) a un mundo de belleza, deleite y aventura, que despierte el asombro.

b) Armonía con la fe: No se trata de que el autor sea católico, sino de que el libro no proponga modelos contrarios a la ley natural o la fe. Existen numerosas obras que, sin ser explícitamente religiosas, representan las virtudes naturales: la existencia del bien y del mal, la inmortalidad del alma o la noción de un mundo creado. Se trata de fortalecer la «imaginación moral» evitando el sermón pedagógico.

QUINTO.- Adecuar el libro al niño.

Los padres son quienes mejor conocen la madurez y el carácter de sus hijos. No obstante, apunto tres matices:

1. La naturaleza del receptor: El contenido debe adecuarse a la capacidad y naturaleza del niño. Como dice el padre dominico Thomas Dubay: «Un sello hace una impresión o no de acuerdo con la condición de la cera. Una cera fría se agrieta y se desmorona, mientras que una cera líquida y caliente no retiene ninguna impresión. Solo una cera a una temperatura adecuada recibe y retiene la imagen».

2. El desafío intelectual: Adecuar el libro al niño no significa caer en la cursilería de la denominada «zona de confort». Los niños necesitan desafíos. Debemos huir de una dieta de libritos insustanciales. Tolkien afirmaba que los niños y los jóvenes tienen una curiosidad y una vitalidad intelectual que a menudo subestimamos. Tienen la energía necesaria para enfrentarse a cosas que están por encima de su medida, por lo que no hay excusa para darles lecturas mediocres. Leer textos complejos es como levantar pesas: construye músculo intelectual. Si un libro excede su capacidad, el niño lo abandonará libremente, y eso no será un fracaso.

3. El orden jerárquico: No se llega a los clásicos sin pasar antes por los «buenos libros». John Senior explicaba que la imaginación debe saturarse primero de fábulas y cuentos de hadas para poder recibir después las ideas de Platón, Aquino, Cervantes o Shakespeare. El itinerario lector debe empezar en la cuna con rimas y canciones tradicionales, seguir con los Grimm, Andersen y Esopo, para luego ascender hacia Stevenson, Verne, Cervantes y Homero.

   

POR QUÉ MIRAR HACIA ATRÁS

En este punto, quizá alguno de ustedes esté pensando en que mi inclinación hacia el pasado es anacrónica y desfasada. ¿Por qué esta insistencia mía en mirar hacia atrás?

A lo largo de mi libro y de mi blog, he defendido una literatura anclada en la tradición. La razón no radica en un caprichoso espíritu reaccionario, sino en que el tiempo es el mejor de los críticos. Los libros clásicos son una elección segura; son el resultado de lo que Chesterton llamaba «la democracia de los muertos».

Recuerden: de un lado tenemos el hecho de que hay demasiados libros y poco tiempo, y del otro, no parece sensato hacer experimentos con nuestros hijos. Ello nos conduce inexorablemente a esos libros con solera. Sobre todo, si carecemos de tiempo para explorarlos y juzgarlos por nosotros mismos, como sé que es el caso de muchos de ustedes. Los viejos libros ya han sido juzgados, medidos y tasados. Y yo quiero aprovecharme de eso. ¿Acaso ustedes no?

   

CONCLUSIÓN

Para acabar, vuelvo a lo mismo: como ya les he dicho al comienzo de este artículo, es obvio que no todos los libros son iguales ni pueden desencadenar iguales efectos. Los hay buenos y los hay malos. Si uno se alimenta de comida basura, terminará con problemas de salud. Si uno se alimenta de basura moral en forma de libros, estará infectando su alma. No me cabe duda de que algunos libros pueden llegar a prender hogueras en el corazón, fuegos que podrán iluminar momentos de oscuridad y desconcierto, y confortar un día a nuestros hijos; pero también sé que puede haber otros que quizá podrían llegar a reducir a cenizas convicciones, amores o visiones del mundo.

Independientemente de lo que les propongo en mi libro y mi blog, y de lo que les sugieran los libros y blogs de otros, y sin perjuicio de sus propias búsquedas —que espero haber facilitado con los criterios expuestos—, han de tener la esperanzada certeza de que el mundo rebosa de buenos libros. Esos cuyo contenido instruye y colma de verdad y bondad, y cuya forma, resplandeciente de belleza, entretiene y deleita.

Y con esto concluyo.

Ser padres es asumir el hermoso y trascendental compromiso de acompañar a nuestros hijos al encuentro con lo verdadero, lo bueno y lo bello. Y, como no me canso de decirles, los libros pueden resultar de gran ayuda en esta noble y exigente labor; solo esperan ser encontrados y compartidos. Espero que algo de lo aquí dicho pueda ayudarles en esa invaluable tarea.

7.03.26

¿Qué coraza es más fuerte? Infancia, inocencia y literatura hoy

                   «La lectora» Obra de Winslow Homer (1836-1910).




                  

«A lo que vosotros llamáis experiencia, 

vuestra experiencia, yo lo llamo

La perdición, la disminución, el decrecimiento, la pérdida de la esperanza.

Pues yo lo llamo la perdición presuntuosa,

La disminución, el decrecimiento, la pérdida de la inocencia.

Y es una degradación continua.

Pues la inocencia es la plena y la experiencia la que está vacía.

La inocencia es quien gana y la experiencia quien pierde.

La inocencia, la joven y la experiencia, la vieja.

La inocencia quien crece y la experiencia quien decrece.

La inocencia quien nace y la experiencia quien muere.

La inocencia quien sabe y la experiencia quien no sabe.

El niño quien está lleno y el hombre quien está vacío.

Vacío como una calabaza vacía y como un tonel vacío:

Eso es, dice Dios, lo que hago con vuestra experiencia».

 

Charles Péguy. El Misterio de los Santos Inocentes

 

 

 

La literatura infantil y juvenil enfrenta actualmente varios problemas; algunos congénitos (como su consideración de literatura de segunda categoría) y otros —quizá los más graves— adquiridos, propios de la modernidad, o, al menos, agravados por ella. Me propongo en este artículo abordar uno de ellos, y no el menor: la demolición de la inocencia.

Por inocencia no entiendo simple ignorancia, sino una plenitud natural: capacidad de asombro, confianza básica, pudor, sentido del bien y del mal, y un crecimiento gradual hacia el conocimiento. Eso —precisamente eso— es lo que hoy se erosiona.

El problema deriva de una práctica tan antigua como el mundo, pero muy presente hoy: la instrumentalización de cualquier medio para dominar a otros. De entre esos otros, los preferidos —es evidente— son siempre los niños, porque representan el porvenir de las sociedades y, en último término, el del propio género humano.

Dado que se trata de una práctica antigua, no es un tema nuevo en la historia del hombre. Lo inédito es el método. Un método que se caracteriza por su afán destructor. No se trata de imponer unas ideas sobre otras –como habitualmente ha sido–, sino de demoler lo existente, sin importar la virtud de su reemplazo. Así, en la actualidad, asistimos, entre resignados e incrédulos, al intento de demolición de uno de los aspectos capitales de la infancia: la inocencia. Y sucede desde todos los ángulos imaginables.

La finalidad de este ataque de múltiples frentes se camufla bajo pomposos nombres (quizá uno de los de más perverso uso sea «educación»), tras los cuales se esconde el oscuro fin de acabar, en último término, con la infancia y con todo lo que esta etapa comporta de bueno para el hombre y la sociedad. Quizá, porque un hombre sin infancia, que ha sido privado de su inocencia primera, se convierte con facilidad en un hombre sin alma, un «hombre sin pecho», como diría C. S. Lewis; en suma, un esclavo conveniente.

En lo que aquí nos interesa, uno de los medios utilizados para ello es la literatura. Tanto en su fondo como en su forma, los libros se emplean como vehículos ideológicos y portadores de un nihilismo destructor.

La modernidad, con su idolatría del progreso y la dictadura de lo visual, conspira para erosionar la buena literatura y marginalizar la tradición. Esta inercia arrastra a los prescriptores clásicos —escuelas, bibliotecas, e, incluso, padres—, quienes, claudicando ante las tendencias audiovisuales, abandonan la literatura de siempre, seducidos por las novedades y las modas.

Por ello, en los escaparates de las librerías y en las bibliotecas escolares o personales escasean hoy los clásicos; y los pocos que aparecen semejan muertos vivientes a los ojos de los jóvenes.

Bajo este asfixiante Zeitgeist, los libros infantiles imponen temáticas adultas: la hipersexualización, la deconstrucción de la familia y una angustia existencial prematura. Y no solo se presentan a los niños cuestiones impropias y a destiempo, sino que la forma de abordarlas es inadecuada, marcada por la precipitación, la crudeza y la ideología.

La consecuencia directa de este «tratamiento de choque» emocional que sufren los niños, de esta exposición a la cruda luz de los secretos adultos, es la pérdida de la inocencia. No es un accidente, sino una estrategia para alcanzar su verdadera finalidad: acabar con la niñez; con la inocencia, en suma.

Por ello, desgraciadamente, cada vez hay menos niños. Y no solo en un sentido demográfico: me refiero a la desaparición de la inocencia como atributo esencial del niño, lo que conlleva implacablemente su extinción.

Ya en 1975, Astrid Lindgren ironizaba sobre estas «recetas» progresistas para malos escritores, advirtiendo de una tendencia que hoy alcanza el paroxismo:

«Los guisos y pudines de hoy tienen ingredientes diferentes. Coge a una madre divorciada, a ser posible fontanera, aunque una física atómica también vale; lo principal es que no “cosa” ni “sea dulce"; mezcla a la madre fontanera con un par de porciones de agua sucia y contaminación atmosférica, otras tantas de hambre en el mundo, opresión paterna y terror docente; añade un par de bolas de levadura de conflictos raciales y discriminación de sexo, y luego espolvorea un montón de relaciones sexuales y drogas. Así se obtiene un guiso fuerte y bueno que haría que Zacharias Topelius se retorciera de verdad, si pudiera probarlo».

El artículo de Lindgren apuntaba al centro de un problema hoy exacerbado. Discrepo, sin embargo, en un punto: no creo que se trate solo de guiñar el ojo a los adultos; hoy se percibe un propósito más siniestro. Es tan palmario que no cabe equívoco: existe una intención perversa de acabar con la infancia y su proverbial inocencia. Ya estamos donde predijo Yeats:

«Y en todas partes la ceremonia de la inocencia se ahoga;
Los mejores carecen de toda convicción,
Mientras que los peores están llenos de intensidad apasionada».

Debemos arrebatar esa intensidad a los peores y hacerla nuestra, y defender con ella la inocencia. Es la armadura que permite al niño crecer hacia su destino. Shakespeare lo expresa bellamente en Enrique VI:

«¿Qué coraza es más fuerte que un corazón sin mancha?»

Es nuestro deber custodiarla como el precioso tesoro que es, y hacerlo con fe, esperanza, y amor. Recuerden lo que nos fue dicho:

«El que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar».

Padres: asuman esta responsabilidad. Disciernan con prudencia y elijan con sabiduría los libros que depositan en manos de sus hijos. Su destino está en juego. Pues, como dijo Péguy:

«La inocencia es plenitud; es quien gana; es quien crece; es quien nace; y es quien sabe».

3.03.26

Ilustradores geniales (X). En pos de la belleza

                             «Noche de verano»: Grabado de Ilon Wikland (1930-)..



     

                    

                              

«Siempre tengo ganas de decirles a los niños (y también a los adultos): “Mirad qué bonito es”. Tengo ganas de llevar al niño de la mano y mostrarle cosas hermosas».

Gerda Muller


«Luz, aire, calor, sensación y color. Ahí es cuando la imagen cobra vida».

Ilon Wikland

                    

                    

          

                                                  

Retomamos la belleza y su dimensión visual. En varias ocasiones les he hablado, con pasión y tenacidad, sobre este asunto: de la importancia primordial de atender a la belleza en la educación de nuestros hijos como uno de los trascendentales del ser y como uno de los pilares sobre los que construir una vida verdaderamente humana.

Y, entre otras cosas, hemos hablado de su función espiritual: el arte verdadero, que va de la mano de la belleza, eleva el alma hacia Dios, y purifica y ordena las pasiones (la clásica catarsis aristotélica). El arte que degrada al hombre o celebra lo feo y lo inmoral termina corrompiendo el espíritu.

El artista, lo sepa o no, adquiere una responsabilidad moral por el simple hecho de crear. La frase «el arte por el arte» es un consuelo en el mejor de los casos y una estafa en el peor. El artista es responsable del efecto que su obra causa en el espectador, ya que quien admira o se conmueve con una obra, a menudo es transformado por ella.

El arte no es una simple distracción, un pasatiempo para los ratos libres ni una fórmula comercial para vender humo y amasar fortunas. No, el arte es «la razón correcta aplicada al hacer» (como decía Santo Tomás): se trata de crear objetos donde la verdad resplandezca de forma bella. Su objetivo es simple pero inmenso: manifestar la belleza.

Pero, aunque el arte imita a la naturaleza, no es una copia servil. Imita su forma de operar: nace de una inteligencia, sigue una idea y busca un fin. El artista actúa como un «subcreador» —usando la expresión de Tolkien—: concibe una forma y la plasma en la materia para que brille la verdad, imitando a pequeña escala la manera en que Dios crea.

Porque en el arte, como en todo, hay un orden. Este solo alcanza su plenitud cuando glorifica a Dios —fuente de toda belleza— y eleva el espíritu de quien lo contempla —sea niño o adulto— hacia lo bueno y lo verdadero. Por eso, pretender que el arte sea absolutamente independiente de la verdad y el bien es cortarle sus raíces y privarlo de su propósito más alto.

Y, aunque es cierto que el artista es libre, esa libertad es técnica, no moral. El arte tiene sus propias reglas de oficio (técnica, perfección, originalidad, expresividad), y bajo ellas se juzga la calidad de la obra. Pero el artista, como ser humano que es, sigue sujeto al orden moral. Un arte que ataca la dignidad humana, que desordena las pasiones en lugar de serenarlas o que niega la verdad, se pervierte. No puede haber belleza auténtica en la mentira ni en la degradación.

Nada de lo que he tratado hasta aquí les es desconocido; es pura philosophia perennis. Pero alejémonos de la metafísica y descendamos un poco: acerquémonos a los primeros escalones, a los primeros años y a las primeras experiencias estéticas. Viajemos de la mano de algunos de esos artistas que hicieron gala de su oficio, enriqueciendo infancias y educando almas.

Me detendré hoy en dos longevas artistas de la misma generación, similares en estilo pero distintas en esencia; una centroeuropea y la otra nórdica: Gerda Muller (n. 1926) e Ilon Wikland (n. 1930).

          

GERDA MULLER

 
                                 Ilustración de «Un año alrededor del gran roble».

Nacida en Ámsterdam en 1926, pero habiendo desarrollado toda su carrera artística en Francia, Gerda Muller es una maestra a la hora de presentar la naturaleza a los niños. El verde es su color básico, presente en la mayoría de sus ilustraciones. Como ella misma gusta de decir, no es ilustradora, sino «creadora de imágenes» (imagier). A diferencia de los ilustradores, que suelen trabajar sobre un texto al que iluminan y del que dependen, el trabajo del creador de imágenes consiste, según Muller, «en crear imágenes que vivan por sí mismas y que puedan existir, si hace falta, sin texto». Y esto es claramente así en su obra; de hecho, ella misma comenta: «dicen que mis imágenes “hablan”».

 

Su técnica preferida es el gouache, aplicando por encima lápices de colores para dar sombras y textura. Su estilo de trabajo muy particular; como nos cuenta en una entrevista: «trabajo en mi taller, en silencio, pensando en cómo desarrollar una historia». Al hacerlo, confiesa: «siempre he tenido la impresión de que hay un niño mirándome por encima del hombro y dándome consejos. En mi cabeza siempre me pregunto: “¿Lo entenderá?”, “¿No irá demasiado rápido?”, “¿Es interesante?”, “¿No me estaré repitiendo?”, “¿No tendrá demasiado color?”». Ese niño imaginario es su guía y, a la vista de su extensa y exitosa obra, no cabe duda de que le aconseja bien. Muller apostilla: «Es para este niño para quien trabajo, no para los padres o para los editores».

Sus imágenes, pobladas de niños activos y bulliciosos que transitan y juegan en hermosos escenarios naturales, son —como Gerda Muller reconoce— muy precisas y realistas, al tiempo que poéticas. «No soy consciente de “espolvorear” mis imágenes con poesía; son cosas que salen de forma totalmente natural», señala; «como decía el Père Castor, “las imágenes son la poesía de la realidad”. Y creo que mis imágenes son eso: poesía de la realidad». No podría estar más de acuerdo, y creo que ustedes, cuando conozcan sus libros, también lo estarán.

 

Ha ilustrado más de 120 libros, todos para niños (hasta los 7 u 8 años). En lengua española, sus libros (como Un año alrededor del gran roble o su serie sobre las cuatro estaciones) han sido publicados, principalmente, por ING Ediciones, aunque en Corimbo, Algar y Susaeta pueden encontrarse también algunos títulos.

          

ILON WIKLAND

 

La segunda artista de la que quiero hablarles llegó a Suecia —donde ha desarrollado toda su carrera artística— en el año 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, huyendo con su familia de su Estonia natal a causa de la ocupación soviética. Su nombre es Ilon Wikland (1930) y fue la ilustradora con la que Astrid Lindgren colaboró más estrechamente. Ilustró, entre otros, los siguientes títulos: Los niños de Bullerbyn, Los hermanos Corazón de León, Karlsson en el tejado, Madita, Mio, mi pequeño Mio, Ronja, la hija del bandolero y Vacaciones en Saltkråkan.

                  Ilustración para la obra de Lindgren, «Ronja, la hija del bandolero».

El comienzo de esta colaboración tuvo lugar hace más de 70 años, cuando Wikland, entonces de 24, entró en la oficina de Astrid Lindgren en Rabén & Sjögren ofreciendo sus servicios como ilustradora. El resto es, como dicen, historia. Astrid Lindgren se encariñó tanto con las láminas de aquel primer libro (Mio, mi pequeño Mio), que su colaboración duró más de medio siglo.

                    Ilustración para la obra de Lindgren, «Los niños de Bullerbyn».

Al igual que en Gerda Muller, sus ilustraciones son meticulosas y realistas, a la par que cálidas y amigables. Wikland es extremadamente detallista al capturar el carácter de sus personajes: por ejemplo, encontró la inspiración para los rudos bandoleros de Ronja, la hija del bandolero haciendo cola en una tienda de licores, y para Karlsson en el tejado, en el mercado de Les Halles en París. A menudo ha utilizado a sus propias hijas como modelos (como en el caso de Madita y su hermana Lisbet), y la naturaleza y el entorno donde creció han influido determinantemente en sus pinturas. Los recuerdos de su infancia en Haapsalu (Estonia) han inspirado muchas de sus ilustraciones.

En lengua castellana podemos encontrarla, sobre todo, ilustrando las obras de Astrid Lindgren publicadas en Juventud, ING, Sushi Books o Círculo de Lectores (aunque, curiosamente, no ha sido elegida para ilustrar las recientes reediciones de la obra de Lindgren por Kókinos).

21.02.26

La belleza es necesaria en los libros: Una colección «maravillosa»

                   Ilustración de «Los cisnes mágicos». Nikolai Ustinov (1937-2023). 



          

                              

     

«Lo bello, en cambio, se refiere a la facultad cognoscitiva; pues se llaman bellas las cosas que, al ser vistas, agradan».

Santo Tomás de Aquino

   

     

         
«No hay otro camino para hacer razonable al hombre sensible que hacerlo primero estético».

Friedrich Schiller

     

          

     

          

                    

Les he hablado numerosas veces de la importancia de que unas ilustraciones bellas completen, adornen y den esplendor a un buen libro. No se trata únicamente de una función estética o del mero deleite ante la contemplación visual, lo cual no es en absoluto negativo; todo lo contrario.

Lo que ocurre es que la belleza no limita a eso su efecto. Es uno de los trascendentales, y esto debería indicarnos algo respecto de su importancia. Porque, aunque el efecto concomitante que naturalmente debería traer consigo el trato con lo bello es el deleite, la belleza no es simplemente «lo que agrada al gusto». Como nos diría Aquino, lo bello (pulchrum) es propiedad trascendental del ente: es el splendor formae que manifiesta la integridad, proporción y claridad del ser.

Y eso suena a grandeza, a asombro, a trascendencia.

Cierto es que esta no se manifiesta solo en el arte, ni tampoco únicamente en el pictórico. Pero el impacto en el alma de una imagen bella —un cuadro, un dibujo, una ilustración— es considerable. Como diría de nuevo el Aquinate, el arte es «la recta razón en el hacer», ordenada a producir objetos en los que resplandezca la verdad del ser bajo una forma bella. Y la pintura y la ilustración son caminos de expresión de esa belleza, tan contundentes como impactantes.

Como la belleza es el esplendor de la forma y el orden en la cosa (splendor veri), el arte que la muestre debe elevar hacia lo verdadero y lo bueno. Por esa razón, como les he insistido siempre, los libros que pongan en manos de sus hijos deberían tener bellas ilustraciones; piezas que respondan a todo lo antedicho.

Hoy les traigo una colección que puede dar respuesta a esta exigencia, tan difícil de satisfacer hoy en día. Me refiero a una de esas series por entregas, generalmente diseñadas para el consumo y que, al menos en su intención primera, suelen carecer de sensibilidad artística. Hechas normalmente con retales de otras ediciones a las que se les da un lavado de cara para el escaparate publicitario, en ocasiones pueden encerrar tesoros. Este es el caso, aunque la edición sea mejorable.

 

Se trata de la colección editada en España por RBA denominada «Historias maravillosas», plagada de obras clásicas e ilustradores magníficos (prácticamente todos de la denominada «Edad de Oro» de la ilustración). Los títulos que en este momento se hallan disponibles a la venta son los siguientes:

Bambi, de Felix Salten (Ilustrado por Kurt Wiese).

El libro de la selva, de Rudyard Kipling (Ilustrado por M. y E. Detmold y W. Henry Drake).

Pinocho, de Carlo Collodi (Ilustrado por Attilio Mussino).

El pájaro de fuego y otros relatos, recopilados por A. Afanásiev (Ilustrado por Iván Bilibin).

Al este del sol y al oeste de la luna, cuentos recopilados por P. C. Asbjørnsen y J. Moe (Ilustrado por Kay Nielsen).

Las hadas flores, de Cicely Mary Barker (Ilustrada por ella misma).

Vieja Navidad, de Washington Irving (Ilustrado por Cecil Aldin y Randolph Caldecott).

Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll (Ilustrado por María L. Kirk y John Tenniel).

El viento en los sauces, de Kenneth Grahame (Ilustrado por Ernest H. Shepard).

Caperucita Roja y otros relatos, de Charles Perrault (Ilustrado por Harry Clarke).

Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll (Ilustrado por Gwynedd M. Hudson).

Las mil y una noches, recopiladas por Andrew Lang (Ilustradas por Virginia Frances Sterrett).

Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrie (Ilustrado por Alice B. Woodward).

La Sirenita y otros cuentos, de Hans Christian Andersen (Ilustrado por Harry Clarke).

La Bella y la Bestia, versiones de G. S. de Villeneuve y J. M. Leprince de Beaumont (Ilustradas por Walter Crane y Edmund Dulac).

Lamentablemente, he sabido de la colección tarde y ya no se encuentra en los quioscos, pero los libros todavía pueden conseguirse realizando un pedido directamente en la web de la editorial (sección «Coleccionables», apartado «Números atrasados») a un precio muy asequible.

En todo caso, animaría a la editorial a que volviera a lanzarla al mercado y, a ser posible, ampliando sus títulos, pues al parecer en lugares como México o Argentina la colección constaba de hasta cincuenta volúmenes. Aunque la edición pudiera ser mejorable en cuanto a portadas y tamaño, el conjunto vale realmente la pena. Intenten hacerse con ellos; no se arrepentirán.

     

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16.02.26

La esperanza en la literatura (V). Rescoldos obstinados que alumbran el camino de vuelta

                 «Sol naciente». Obra de Giuseppe Pellizza da Volpedo (1868-1907).



        

          

          

«No despreciamos las bendiciones terrenales, sino que preferimos las celestiales. Esperamos, por tanto, los dones celestiales, y en nuestra esperanza ya los poseemos».

Tertuliano. De Apología, capítulo XXXIX.

         

«La esperanza, como virtud teologal, tiene a Dios por objeto, en cuanto que por ella confiamos obtener de Dios la bienaventuranza».

Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 17, a. 5.

 

 

 

La literatura es el acervo de la experiencia humana en lo natural, como sostenía el santo cardenal Newman. El ser humano, en la medida en que está diseñado según el patrón del ser, está también hecho conforme al bien; dado que es Imago Dei, ha sido creado para la bienaventuranza. Por ello, a pesar de lo que comentábamos en la última entrada, a pesar de la fractura moderna que relegó a la esperanza teologal a a un rincón oscuro, incluso en medio del páramo helado, surgen voces que soplan sobre las brasas para avivarlas.

T. S. Eliot, en La tierra baldía, pronuncia una letanía de ruinas, pero cierra el poema con una paz que no es de este mundo. Georges Bernanos, en Diario de un cura rural, pone en labios de su sacerdote moribundo una verdad terrible y dulce: la gracia es olvido de sí; el infierno es no poder amar… y, en último término, nos recuerda, como había dicho santa Teresa de Lisieux, que «todo es Gracia». El poeta francés Charles Péguy canta a la virtud teologal de la esperanza como a una niña pequeña, la preferida de Dios, en El pórtico del misterio de la segunda virtud:

«Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar (…)
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra.
Porque en verdad no se trabaja sino por los hijos
y las dos mayores no avanzan sino gracias a la pequeña».

Recientemente, la teología –por boca de la encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI– distingue entre la Gran Esperanza —la vida eterna— y las pequeñas esperanzas —esa familia que vuelve a reunirse, ese perdón pedido, esa salud que regresa, ese trabajo que por fin llega—. Cuando la Gran Esperanza se borra, las pequeñas se marchitan o se convierten en ídolos; cuando la Gran Esperanza brilla, las pequeñas encuentran su medida y su verdad.

En la primera entrada de esta serie les hablaba, figuradamente, de un grupo que se aproximaba desde una colina: imaginen a Chesterton, Tolkien, Lewis y Waugh, que caminan juntos, todos ellos de la mano de la Gran Esperanza.

Chesterton, en su novela titulada El hombre que fue Jueves (y más abstractamente en El hombre eterno y Ortodoxia), fusiona asombro y alegría para mostrarnos una esperanza paradójica, evocando la teología agustiniana de la gracia como sorpresa gozosa. En este aparente cuento policial, la esperanza natural aparece como deseo de justicia y aventura; la teologal irrumpe en la revelación final, donde Dios transforma el caos en sentido.

Tolkien, por su parte, presenta en El Señor de los Anillos una esperanza humilde y realista, encarnada sobre todo en los hobbits, pero elevada por la gracia providencial, expresada en la «eucatástrofe», entendida como la irrupción súbita del bien que revela la acción divina. Toda la obra es una meditación sobre la esperanza. Para Tolkien, la esperanza no es un sentimiento, sino una disposición moral e intelectual de la voluntad, orientada hacia lo trascendente.

Pero hay más héroes de la esperanza en Tolkien aparte de los hobbits. No solo Frodo y Sam, también Gandalf y Aragorn son hombres de esperanza: ambos cumplen con su deber sin garantía de éxito, confiando en que hay un orden mayor que guiará sus acciones, pero no desesperan, porque son humildes; y aunque todo parezca oscuro, confían, pues solo Dios (Ilúvatar) sabe qué pasará («La desesperación solo es para quienes ven el final sin lugar a dudas», dice Gandalf). Así, el Anillo es destruido aun cuando todo parece perdido, aun cuando finalmente parece que los protagonistas fracasan; ¿cómo? Por una acción divina providencial: la eucatástrofe.

Tolkien también hace una advertencia respecto a la desesperación en el personaje de Denethor: muestra el peligro de la arrogancia de creer que la propia visión del mundo es la verdad absoluta (él cree que han fracasado —«El Enemigo lo ha encontrado», afirma sobre el Anillo—; cree tener certeza absoluta de que todo está perdido, que ya no hay que luchar, rezar o gobernar), cerrándose a la posibilidad de la Gracia y la intervención salvadora.

De esta manera, la épica de Tolkien se convierte en una profunda meditación sobre cómo la esperanza —tal como la enseña la fe católica— es la fuerza que permite a los seres limitados perseverar contra un mal aparentemente invencible.

Por su parte, C. S. Lewis, en sus Crónicas de Narnia, entiende la esperanza como anhelo redentor (su Sehnsucht, que él refiere a un “anhelo” que apunta directamente a nuestra verdadera patria en el más allá, no satisfecho por nada terrenal, mezcla de un deseo y una nostalgia, con un matiz de gozo y una conciencia intensa de que falta algo). La esperanza natural se refleja en el coraje infantil de los protagonistas, pero se eleva a esperanza teologal mediante la figura de Aslan, símbolo de Cristo. Su pensamiento critica el hedonismo moderno y subraya el carácter educativo del sufrimiento para forjar una esperanza verdadera.

Finalmente, Evelyn Waugh, en Retorno a Brideshead, describe la esperanza como misericordia que persiste aun en la decadencia moral. El anhelo humano por belleza o amor se purifica mediante la gracia divina, que toca a todos los protagonistas de diversas maneras. Teológicamente, hay presente una esperanza pascual —la gracia no defrauda, incluso en el pecado, sobre todo en el pecado—, un testimonio católico de la Providencia que transforma lo mundano en sagrado.

Nuestro hoy

Nuestro siglo XXI, hasta ahora, no ha conocido cataclismos de la magnitud de las guerras mundiales, pero sí una experiencia planetaria de vulnerabilidad: la pandemia reciente —el encierro, la soledad, el miedo, la pérdida—. Además, aun cuando persiste por ello el vicio de la desesperación, también se entroniza el otro vicio opuesto a la virtud teologal de la esperanza: el de la presunción. Así, se cierne sobre el mundo la oscura sombra de quienes, como decía Lewis, quieren echar abajo el último pilar basal: la naturaleza humana.

Esto dejó y sigue dejando huellas en la literatura y en el arte: relatos del aislamiento, poemas del silencio, novelas del duelo y, a un tiempo, historias de dominio humano sobre la naturaleza y de fusión entre hombres y máquinas. Desde un punto de vista puramente humano, no es extraño que en la mayoría de las personas haya crecido una melancolía difusa, un escepticismo amable (ya no tan amable), una ironía protectora, a veces una desesperanza lacia y, siempre, una entrega banal, sumida en el consumismo, la irrelevancia y el placer. Y, sin embargo —valga repetirlo—, no faltan voces que, desde la fe o desde la nostalgia de ella, escriben como quien coloca una lámpara en la ventana: pequeñas luces que señalan el camino de vuelta. Está mal que yo lo diga, pero una de esas lámparas me toca muy de cerca.

Llegados aquí, conviene hacer una pausa y preguntarnos: ¿no es todo esto de la esperanza, al fin y al cabo, una cuestión privada, como tratan de hacernos creer? ¿No es la esperanza asunto de temperamento o de circunstancias? Eso nos diría la psicología de hoy, tan desbordada de métodos experimentales como llena de confusión conceptual, como sabiamente diagnosticó Wittgenstein.

Me atrevo a responder que no. Y ello, sin perjuicio de que, conforme a esa crítica wittgensteiniana, podemos ver claramente que esa tendencia moderna a «estirar» el concepto de «emociones» es un reemplazo tosco y mal definido de las ricas y cuidadosamente trazadas distinciones clásicas entre diversos tipos de pasiones, apetitos y afectos. Un descuido, por cierto, anudado a explicaciones evolucionistas de azar imposible y a materialismos reduccionistas arraigados en la neurociencia.

Pero mi respuesta va por otro lado: como ya he dicho, un hombre puede ser jovial y vivir en la más sombría desesperanza, incluso sin saberlo, otro puede ser de carácter sombrío y poseer una esperanza indoblegable (el padre de la novela La carretera, de Cormac McCarthy, «llevando el fuego», protegiendo a su hijo, es un ejemplo). La diferencia no es psicológica, es metafísica. La pregunta por la esperanza es la pregunta por el sentido: el del hombre y el del mundo que habita. Si el mundo tiene Logos, se alimenta de Logos, es creado por el Logos, si hay justicia última, si el amor es más fuerte que la muerte, entonces esperar es razonable. Sin embargo, si todo es accidente, sinsentido, y voluntad de poder, entonces lo razonable es no esperar o, a lo sumo, esperar con amargura, esperar muy poco y por muy poco tiempo. La literatura, como espejo y maestra, no hace sino mostrarnos la respuesta que cada época se da a sí misma.

Alguien podría objetar a mi historia: ¿no hay obras precristianas que insinúen esperanza? ¿No hay literatura cristiana desesperanzada? La respuesta es sí a ambas preguntas. Homero, por ejemplo, conoce la hospitalidad, la fidelidad, la compasión; hay semillas de humanidad que anuncian algo más: los semina verbi de san Justino. Y no pocos autores cristianos —por temperamento, por tragedia, por duda— han escrito páginas que transpiran oscuridad: véase Unamuno y su San Manuel Bueno, mártir, sacerdote carente de toda virtud teologal, incluida la esperanza.

Por eso insistía antes: no confundamos el tono con el horizonte. Una obra puede sonar alegre y ser desesperada; puede sonar grave y ser esperanzada. El criterio es otro: la estructura de sentido que sostiene cada mundo literario. La noche oscura del alma que nos poetiza san Juan de la Cruz es, en su asombro tremendo, el portón a la visión mística; la prefiguración del gozo. El cristianismo no convierte a todos los cristianos en poetas luminosos, ni hace imposible el dolor; lo que introduce es un compromiso que hace razonable esperar incluso en medio de la noche, pues nos promete que, ineluctablemente, tras su paso llegará el luminoso día para siempre.

Y para acabar, nosotros, los lectores, podríamos preguntarnos:

¿Qué hacemos con todo esto? Mi esbozo de respuesta es eso, solo un esbozo y por duplicado:

En primer lugar, educar la mirada, y con la nuestra, la de nuestros hijos. No leer solo para entretenernos, sino para comprender qué imagen del hombre propone el libro. Preguntarnos: ¿este mundo literario que tenemos delante hace razonable esperar o invita —con violencia o con dulzura— a renunciar a la esperanza? ¿Qué hace esta lectura con mi deseo de bien; alimenta la Gran Esperanza?

Y, en segundo lugar, ejercitar la esperanza, comenzando por las pequeñas, pero con la vista puesta en la más grande de todas: la Gran Esperanza. Porque como virtud que es (sea natural o teologal) se actúa, se vive: con actos, con decisiones, con renuncias, con cómo afrontamos el sufrimiento y el mal, con nuestra atención a la belleza, con fidelidad a la verdad, con la caridad de cada día y con la oración constante; es decir, con entrega absoluta y confiada a la voluntad de Dios. Y para ello, tenemos el perfecto ejemplo: María. Así que podemos terminar, como nos dice Benedicto XVI, rogándole:

«Como Madre de la esperanza, Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino».