15 de octubre. Rosario de hombres en Braojos
A ver, que una cosa es que uno se tome unos días de descanso blogero, y otra que haya caido en el desánimo, la apatía, el hartazgo y hasta la acedia. No va por ahí.
Todo lo contrario. Uno desconecta unos días y notas cómo te entran ganas de hacer cosas, tirar para adelante, enredar, promover, animar, lanzarte con nuevos bríos a la tarea del evangelio.
¿Cuáles son mis ocurrencias?
¿Conferencias sobre la agenda 2030 y la nueva globalización? Frío, frío…
¿Tal vez una opción por la nueva ecología en el contexto de la pastoral rural? Hielo…
Me voy a convertir en sinodal… Más frío…
¿Entonces?

Las fiestas de los pueblos son lo que son. Los que tenemos tres pueblos, tres fiestas patronales… o más. 
En mis tiempos de relgioso joven, hablamos de los años setenta, el llamado vulgarmente “Catecismo holandés” era algo así como la excelencia de la nueva modernidad conciliar. Podíamos ignorar a santo Tomás, sonreír ante Trento, ironizar sobre los padres de la Iglesia y despreciar el Vaticano I. Pero… había realidades intocables, infalibles y dignas si no de adoración, casi.
Ya está bien de presentar al hijo mayor como ese malvado que no se alegra de la vuelta del hermano pequeño. Vamos a repensar la historia que tiempo habrá de sacar las conclusiones.
Los datos son tercos y a nadie se le escapan. La tan por algunos cacareada antes primavera conciliar y ahora primavera de Francisco no es más que una mentira repetida con la loca pretensión de que llegue a ser verdad. Estamos bajo mínimos.