No sé ni para qué viene
Ayer viernes tocaba misa en Piñuécar. Suelen acompañarme dos religiosas, pero fallaron. Al comenzar la exposición y el rosario, una señora. Un poco más tarde, otra. Dos en misa. No está mal.
Al acabar, una de ellas me dice: “no sé ni para qué viene, hoy estamos las dos, pero en cuanto el día esté regular no vamos a poder venir, así que no vale la pena“.
No es la primera vez que lo oigo de parte de los feligreses y también de parte de compañeros: “no merece la pena". La verdad es que aparentemente tienen su razón.
Aparentemente, pero solo aparentemente.

La situación religiosa de España es, vamos a dejarlo ahí, preocupante. El panorama político, desolador.
Recuerdo a Justina con mucho afecto a pesar de los años transcurridos desde su muerte. A la mente me viene una mujer serena, en paz, y con una medio sonrisa permanente yo creo que fruto de su serenidad interior. Acudía a llevarle la comunión de cuando en cuando y siempre estaba sola.
No lo digo yo. Es que verán, hace algún tiempo, hablando con un “muy alto” clérigo -y se quedan con las ganas de conocer mis fuentes- me decía que, tras los grandes éxitos pastorales de los últimos años, lo mismo era tiempo de dar cerrojazo a reuniones, iniciativas, congresos, coordinadoras, talleres, asambleas, consejos, comisiones permanentes, experiencias, alternativas, delegaciones, tertulias, círculos y demás similares para dedicarnos, al menos durante dos años, a nada más que rezar, exponer el Santísimo, dirigir el santo rosario, confesar, celebrar misa y predicar 