Las fiestas de los pueblos
Aquí otra cosa no, pero festeros lo que haga falta. El próximo miércoles, san Vicente mártir, titular de la parroquia de Braojos. El sábado, la Virgen de la Paz en Gandullas. El 2 de febrero, la Candelaria en Piñuécar. El esquema, parecido: misa lo mejor que se puede, procesión, subasta de varas y ramos y aperitivo popular.
Veremos los templos, si no llenos, al menos con una buena concurrencia de vecinos. En las cosas de la fe se mezclan la devoción, las tradiciones y la oportunidad de encontrarse como se hizo siempre. Las formas, peculiares en cada población. Ni mejores ni peores. Las suyas.

Si. A las catacumbas. Por lo civil y por lo eclesiástico. Parece que es lo que toca. El mundo gay está muy crecido, lo sabemos. Tienen un poder que condiciona a políticos, asusta a eclesiásticos, tiene cabida privilegiada en medios de comunicación y pueden convertir en arma arrojadiza contra cualquiera.
Muchos lo recordarán. Era un precioso libro del P. Ramón Cué, jesuita, que fue origen de una serie de meditaciones. Ante una imagen de Cristo, roto, va orando y hablando con el crucificado.
La verdad es que en estas parroquias vivimos como buenamente se puede. Las colectas son mínimas, cuando se hacen, no voy a pasarle el cesto a la Juana. Intenciones de misas prácticamente inexistentes y apenas nos mantenemos con los donativos de las fiestas. Es verdad que nuestro sueldo, por llamarlo así, nos lo hacen llegar directamente del arzobispado, pero es que aquí cualquier gasto es una montaña. Estoy ahora cerrando las cuentas del año 2024. En La Serna, por ejemplo, las colectas han supuesto, en todo un año, algo más de 500 euros. 40 euros al mes. En Gandullas no llegamos ni a 400 euros de colectas en doce meses. Gracias a Dios hay amigos que de vez en cuando nos mandan una ayudita.