Cuando nos llega una persona con depresión
Los sacerdotes sabemos mucho de personas con depresión, especialmente mujeres, que intentan salir de su estado acudiendo a una dirección espiritual, a la oración, en definitiva, al apoyo de la fe.
Como a todos, me ha tocado atender en la parroquia, e incluso en hospitales psiquiátricos, a feligreses, sobre todo feligresas, con graves trastornos de depresión. Desde mi pobre experiencia de párroco y de lo mucho hablado con psiquiatras, dejo aquí unas notas por si pueden ser de utilidad.

Jamás se me ocurriría llamar por teléfono a una casa particular después de las diez de la noche o antes de las diez de la mañana, salvo caso urgentísimo de fuerza mayor. Me parece de educación elemental respetar la privacidad ajena incluso con el teléfono. Bien. Pues esto, norma no escrita pero asumida de manera bastante generalizada, es algo que vamos perdiendo.
Uno tiene la capacidad de asombro no agotada, que eso parece ser que no, sino abierta a cualquier sorpresa, sabiendo que en esta iglesia nuestra NUNCA PASA NADA, mejor dicho, a algunos NUNCA LES PASA NADA. Otros, mejor se tienten la ropa.
Hace unos días, a sugerencia de una feligresa, nos hemos decidido a colocar en uno de los paneles de la entrada del templo, la lista con actividades y recursos de la parroquia. Tiene razón en que, si no colocamos nada, nos puede suceder que llegue una persona al templo y no sepa ni qué actividades tenemos o si en alguna pudiera ubicarse. Tampoco tenemos tantas, así que la cosa se resolvió en un periquete.
Ayer domingo, algunos comentaristas, tras su aportación y en casos felicitación a este su servidor, preguntaban insistentemente por una cosa denominada paella, inquiriendo por el resultado de su elaboración. Supongo que no habrán faltado sagaces lectores que anden elucubrando por el asunto, sobre todo, preguntándose de donde habrán sacado lo de la paella algunos, porque si fuera uno solo, un despiste lo tiene cualquiera, pero ya dos… la cosa huele… eso, a paella.