Que arrasen las pirámides de Egipto. Por antiguas
Qué antiguo te estás volviendo. Hay que actualizarse. Eso me dijo una antigua feligresa al conocer la parroquia de la Beata Mogas. Los tres principales signos de carcundia que ella observaba eran la adoración perpetua, los confesionarios y los reclinatorios para facilitar la comunión de rodillas a los que desearan recibirla de ese modo.
Únicos argumentos. Cosas antiguas. Modernizarse. Supongo que hoy me llamaría carca y con más motivos, ya que en Nochebuena y Navidad, en Braojos, en prueba de recalcitrante conservadurismo, tuve la desfachatez de revestirme con una casulla de seda del siglo XVIII, y utilizar un cáliz también del XVIII. Y no fue nada aislado, que para la Purísima un servidor ya había estado rebuscando en el museo parroquial y conseguí encontrar una preciosa casulla azul evidentemente de guitarra, cosa del todo inadmisible para todo fiel cristiano medianamente actualizado, insertado en la realidad y profético en su inanidad.

Mis pueblos no son Madrid, ni las tres parroquias la Beata Mogas. Lo primero a lo que he tenido que acostumbrarme es a olvidarme de iglesias llenas, gente a cualquier hora y amplia respuesta de los fieles ante cualquier iniciativa.
Hay un fenómeno, bien es verdad que afortunadamente escaso, que siempre me ha causado un cierto estupor. Me refiero a esos maridajes de sacerdote y grupo –comunidad pueden llamarlo- que unen los destinos de ambos con más fidelidad y estabilidad que en un matrimonio de los de antes. De dos formas se da este fenómeno.
Que un periodista afirme que una cosa es el evangelio y otra la doctrina, es algo que no pasa de una simple opinión muy suya. Que alguna Joaquina despistada lo corrobore, no deja de ser anecdótico y una cuestión de menor relieve. Que lo afirme un sacerdote resulta preocupante. Que lo sostenga el cardenal Joseph Tobin, arzobispo de Newark, es como para que se te pongan los cuatro pelos que te quedan como escarpias del siete.
Pues ya ven, esto que parece el summum de la perfección evangélica, la cima de la nueva evangelización y la expresión más sublime de la caridad pastoral, es el mayor fraude, la manipulación más torticera de la realidad y el retorcimiento más sinuoso de la teología que pueda darse, y todo en aras de una supuesta “actualización bondadosa e imprescindible” de la praxis pastoral. Se lo explico.