No pretenderían que nos declarásemos fans de la Pasionaria
Las nuevas generaciones no tienen ni idea ni de quien fue Franco ni mucho menos de la truculenta historia de España en el siglo XX, de manera especial desde 1931. Lo único que saben es una manipuladísima visión de aquellos años, según la cual la república fue algo así como Imagine de Lenon, “Viva la gente” y “Yo tengo un gozo en el alma”, pero vino un señor que se llamaba Francisco Franco, dictador, genocida, y lo que quieran, que acabó con aquel paraíso en la tierra para convertirlo en la peor de las pesadillas.
Para esta versión de los hechos, la guerra civil fue la consecuencia del golpe de estado de Franco que no tuvo dudas en matar a millones de españoles con tal de implantar su régimen de terror.
Esta es la versión que la izquierda de este país lleva propagando desde casi la transición, y especialmente desde el gobierno de Rodríguez Zapatero. Han conseguido que esta y no otra sea la única versión posible a base de repetirla en todos los medos a su alcance y que cualquier discrepancia sea considerada simplemente fascismo, que no se sabe muy bien qué es, pero parece algo terrible.

Dicen que tengo mi punto de adivino. No será para tanto, aunque compañeros tengo a los que hace meses les pronostiqué cosas que, efectivamente, se produjeron poco después. No soy echador de cartas, adivino o experto en horóscopos, tampoco leo los posos del café. Pero uno ve, se fija, ata cabos, y acaba concluyendo lo que es de cajón de madera de pino.
Esto es ya para nota. De los objetos litúrgicos que utilizamos para celebrar la santa misa, los hay que no ofrecen especiales dudas de identificación para el común de los fieles que asisten a las celebraciones. Palabras como cáliz, patena o vinajeras (vinagregas dicen a veces los monaguillos) son de uso bastante común y no suelen tener mayores complicaciones.
A nadie le importa. Al menos en teoría. Todos qué digo libres, libérrimos ante lo que los demás digan, opinen, piensen o critiquen. Hemos hecho nuestra la canción de Alaska y vamos por calles y plazas, templos y sacristías, curias provinciales y episcopales repitiendo el estribillo: “¿a quien le importa lo que yo haga? ¿a quien le importa lo que yo diga?” Y ahora van ustedes y se lo creen.





