Santa Hildegarda
No podía pasar desapercibida en este blog la proclamación como Doctora de la Iglesia de Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), cuya vinculación con la música es uno de los aspectos más conocidos de su vida.
Al igual que ocurre con otras grandes mujeres de la Iglesia, la postmodernidad se acerca a Hildegarda ansiosa por asociarla a sus filas. Un breve paseo por internet me ha bastado para encontrar su nombre en páginas feministas, new-age, esotéricas… todo bastante lejos de la realidad de esta mística benedictina, empeñada en empresas tan poco postmodernas como combatir fieramente la herejía cátara, denunciar la elección del antipapa Víctor IV o reclamar la regeneración del clero.
Como compositora Hildegarda se dedicó principalmente a crear música para el culto de su monasterio, sobre todo la liturgia de las horas: antífonas, responsorios, himnos, etc. Estas piezas para uso cultual están recogidas en su Symphonia armonie celestium revelationum (“Sinfonía de la armonía de las celestiales revelaciones”). Otra muy curiosa obra musical de Hildegarda es su auto sacramental Ordo virtutum (“Orden de las virtudes”).

Este es el título de una canción que en la parroquia de mi infancia y adolescencia solía ocupar el lugar del introito en las llamadas misas de niños (algún día hablaremos de esta singular aportación psicopedagógica a la Economía de la Salvación). El texto comenzaba así: La misa es una fiesta muy alegre, la misa es una fiesta con Jesús.
San Gregorio, cuya memoria litúrgica se celebra el 3 de septiembre, fue sin duda un pontífice Magno. Lo muestra bien su gran labor en la evangelización de los anglosajones o en la administración material de la ciudad de Roma, por poner sólo dos ejemplos.



