(31) Otra vez, epidemia teológica: Grün y el misterio de la Redención (II)
“El fenómeno de la Nueva Era, juntamente con otros nuevos movimientos religiosos, es uno de los desafíos más urgentes de la fe cristiana. Se trata de un desafío religioso y, al mismo tiempo, cultural: la Nueva Era propone teorías y doctrinas sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo incompatibles con la fe cristiana. Además, la Nueva Era es síntoma de una cultura en profunda crisis y, a la vez, una respuesta equivocada a esta situación de crisis cultural: a sus inquietudes e interrogantes, a sus aspiraciones y esperanzas” (Card. Paul Paupard, Religiones y sectas en el mundo, 6, 1996, p. 7).En la primera parte de este análisis hemos tratado de presentar un marco de la doctrina de Don Anselmo a la luz de sus principales fuentes, en lo que hay sobrado fundamento para afirmar que se inscribe en el movimiento de la New Age, ante el cual la Iglesia ha llamado la atención sobre su incompatibilidad con la fe revelada. Ahora bien, tratándose de un predicador de quien el público a menudo acude por una “espiritualidad católica”, la confusión que causa es bastante considerable, por lo que parece merecer un análisis más o menos extenso, en el que apelamos a la paciencia del lector.
Cabe preguntarnos entonces: ¿cuál sería el termómetro principal, el “eje temático” en que debería basarse el fiel incauto para saber que no está frente a un impostor que le venderá “gato por liebre”?
Debería considerar, antes que nada, lo que profesa el orador/escritor acerca del Misterio de la Redención, que al fin y al cabo, funda toda nuestra fe.
Podrían creer algunos, que aún pese a las fuentes de las que abreva, su “olfato católico” y una gracia especialísima lo hubiesen preservado de grandes errores en cuanto a la fe que suponemos profesan todavía algunos benedictinos. Pero sin embargo, nos encontramos con que para Grün la verdad no está en el Credo que profesamos los católicos.

Figurémonos una Academia de Gastronomía, y frente a ella, una notoria Panadería. Y resulta que en los recipientes de “polvo para hornear”, esa pobre (?) gente coloca veneno para ratas, pero con un envoltorio más atractivo y elegante que todos los demás. ¿Qué les parece la “travesura”?… ¿Qué debe hacer una autoridad sanitaria frente al hecho? ¿Y qué actitud cabe a quienes han visto los efectos de intoxicación de sus familiares o amigos, ante la desidia corriente para corregir la cosa? Por mi parte pienso que no cabe jamás la resignación ante la pasividad generalizada en una epidemia, sino la acción diligente y enérgica para que se proteja cuidadosamente la “salud de la población”.
Un comentarista del post anterior, señalaba “¿cómo les hacemos ver a nuestros hermanos bautizados que estamos en un combate con el Mundo (ONU incluida)?”
El católico no puede ser cronolátrico, sino litúrgico. Al fin y al cabo, toda fecha está escrita en la eternidad, y de ella recibe sus resonancias más significativas. Por eso habría que ver qué relaciones misteriosas se tejen Allí entre la fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, que hoy celebramos, y la sesión plenaria que hoy dedicó la Asamblea Nacional de la ONU para celebrar el 20ª aniversario del Año Internacional de la Familia, en donde se examinaría el papel de las políticas sobre la familia desde el 2015.
La tradicional distinción entre Iglesia docente y discente era bastante clara, aunque haya caído en desuso. Sin entrar en sutilezas, digamos que la misión docente que compete especialmente a los obispos, llamada por eso magisterial, “está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.888).







