El fundador de la Fraternidad San Vicente Ferrer, P. Louis-Marie de Blignières, habla de su espiritualidad

En 1979 el P. Louis-Marie de Blignières fundó la Fraternidad San Vicente Ferrer. En esta entrevista nos explica a grandes rasgos la historia y espiritualidad de la Fraternidad, institución aprobada por la Iglesia, que celebra la Santa Misa tradicional según el rito dominicano y vive conforme al espíritu fundacional de Santo Domingo de Guzmán. Esta espiritualidad les enraíza en la historia patrística y medieval por medio del trípode de las bellas disciplinas conventuales, de la liturgia y del estudio; y les envía en misión para tocar los corazones por todos los medios apropiados.
Las decenas de miles de peregrinos que han acompañado, los tres mil fieles que han seguido la Retirada del Rosario, los lectores de su revista y de sus libros, los numerosos jóvenes que han participado en uno de sus campamentos de formación o en Aquinas, las cincuenta mil personas que siguen sus vídeos de Cuaresma, la ayuda prestada desde hace diez años a los cristianos de Oriente… son testigos del eco que puede encontrar en la sociedad posmoderna un «apostolado marcado con una nota doctrinal».
¿En qué contexto nació la Fraternidad San Vicente Ferrer?
Nació del encuentro entre una miseria y una luz. La miseria: la de hijos perdidos, los hijos de un siglo nihilista. La luz: el rostro de un padre, santo Domingo. Mi generación, que llegó a la edad adulta hacia mayo del 68, estuvo marcada por la experiencia de unas «élites» que ya no sabían responder a las preguntas de nuestros veinte años. En el momento histórico del paso de los grandes totalitarismos a la «sociedad de consumo», buscábamos verdaderos padres. Sentíamos el vacío que provocaban la ausencia de Dios y el desconocimiento de esas razones para vivir que proporciona la verdad filosófica y religiosa. Constatábamos que el relativismo que resultaba de esa apostasía no hacía felices a nuestros contemporáneos. Nos conmocionaba la «miseria del error» (santo Tomás de Aquino), que lleva a caminar hacia el absurdo temporal y la pérdida eterna de las almas.
El padre dominico que me dio el hábito, el padre Michel-Louis Guérard des Lauriers, dirigió nuestra mirada hacia el rostro de santo Domingo. Nos sentimos fascinados por él, fuimos cautivados… nuestras vidas cambiaron. Los hijos perdidos habían encontrado un padre.




