(InfoCatólica) «Quisiera que esta experiencia del Uruguay encontrara eco en toda la Iglesia». Con esta petición, el Papa León XIV invitó el viernes 6 de noviembre a los obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Propuso como modelo a los fieles uruguayos, que empezaron a rezar y ayunar cuando su seminario se quedó sin nuevos candidatos y hoy ven entrar a varios jóvenes.
El Pontífice lo pidió en la homilía de las vísperas que presidió en la Catedral Metropolitana de Montevideo, segundo acto público de su viaje apostólico a Uruguay, Argentina y Perú, que se prolongará hasta el 17 de noviembre. Estuvieron presentes obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y seminaristas. «Desde esta Catedral de Montevideo, invito a mis hermanos obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada», dijo el Papa, que pidió además que «las parroquias, las familias y las comunidades religiosas se unan en esta súplica».
A su llegada al templo, el Papa fue recibido por el párroco, el padre Juan González, besó el crucifijo y asperjó a la asamblea con agua bendita. Después escuchó las palabras de monseñor Milton Tróccoli, obispo de Maldonado-Punta del Este-Minas y presidente de la Conferencia Episcopal Uruguaya.
Un seminario vacío y una súplica perseverante
León XIV recordó lo ocurrido en el país en 2024, cuando el seminario interdiocesano no recibió nuevos candidatos. Ante esa situación, «muchos fieles comenzaron a unirse en jornadas de oración y ayuno para pedir al Dueño que envíe trabajadores a su mies», en referencia a Mt 9,38. Esos fieles, explicó, han perseverado desde entonces en la súplica.
El Papa señaló que hoy varios jóvenes han comenzado su camino en el seminario y en la vida consagrada, y que estaban sentados entre los asistentes. «¡Qué alegría saber que siguen naciendo respuestas generosas al amor de Cristo!», exclamó. Agradeció a quienes han sostenido la iniciativa, los animó a perseverar y les dijo: «Vean en estos frutos la prueba de que nuestro Dios escucha la oración de su pueblo».
Terminó la propuesta con el deseo de que el caso uruguayo sirva de estímulo fuera del país. «¡Que el ejemplo de esta tierra anime a muchos otros a pedir con la misma confianza!»
El corazón se parece a lo que ama
La homilía arrancó de un recuerdo de la propia catedral, la pila en la que fue bautizado José Gervasio Artigas, que el Papa presentó como «signo de la fecunda contribución de la Iglesia al bien del país». Desde el Bautismo, recordó, Cristo invita a crecer en su semejanza «hasta que aprendamos a mirar, a escuchar y a amar como Él».
A partir del salmo 134, que describe a los ídolos de oro y plata fabricados por manos humanas, León XIV advirtió que quienes los construían terminaban pareciéndose a ellos. «Así es el corazón humano: poco a poco va tomando la forma de aquello que ama y en lo que deposita su confianza», afirmó.
La advertencia la dirigió a los consagrados presentes. «También nosotros, que hemos entregado la vida al Señor, necesitamos preguntarnos dónde está nuestro corazón», dijo, señalando que puede quedar enganchado «a una obra que consideramos nuestra, al reconocimiento que recibimos o a la tranquilidad de tenerlo todo bajo control». La fidelidad a la vocación, concluyó, pide volver una y otra vez a Jesucristo y dejar que sea Él «nuestro tesoro, aquel a quien queremos parecernos».
Manos que han envejecido haciendo el bien
Frente a los ídolos que no ven ni oyen, el Papa presentó al Dios que ve el sufrimiento de su pueblo y escucha su clamor, una compasión que en Jesús tomó rostro humano. Recordó su mirada hacia Zaqueo, su escucha de Bartimeo, la mano tendida al leproso y la bendición de los niños.
Ese amor, dijo a sacerdotes y religiosos, ha llegado a muchas personas a través de ellos. «Sus ojos han visto crecer a generaciones enteras y han descubierto lágrimas que pasaban inadvertidas. Sus oídos han acogido confidencias difíciles de pronunciar». Se refirió también al confesionario, al que tantos llegan «con temor» y del que salen «gozosas por el perdón recibido», y a las manos que han elevado el Cuerpo de Cristo, atendido a enfermos y sostenido a quien ya no podía caminar. «¡Qué hermosas son las manos que han envejecido haciendo el bien!», exclamó.
Citando la carta de Santiago (Sant 1,3), añadió que la semejanza con Cristo madura también en las dificultades, «cuando el trabajo parece estéril, cuando las fuerzas disminuyen, cuando es preciso comenzar de nuevo».
«Parecía que estaba siempre en oración»
El Pontífice se detuvo en la figura del Beato Jacinto Vera, cuyo cuerpo descansa en la catedral, y evocó los pies que recorrieron los caminos del Uruguay para llevar el Evangelio y las manos que bendijeron, socorrieron a los pobres y administraron los sacramentos. Citó el testimonio de una religiosa que lo trató durante años: «De verlo nada más parecía que estaba siempre en oración».
«He aquí uno de los secretos de la evangelización: parecernos a Aquel a quien anunciamos», dijo el Papa. Ese testimonio, añadió, tiene una fuerza particular en una tierra «donde muchos de nuestros contemporáneos apenas conocen a Jesucristo y tantos jóvenes han crecido lejos de la vida de la Iglesia».
Volver a lo esencial
A los seminaristas, novicios y novicias les pidió que contemplen a quienes les han precedido en la entrega y aprendan de ellos «esa familiaridad con el Señor». A quienes llevan muchos años en el ministerio o la vida consagrada les pidió que vuelvan siempre a lo esencial. «Custodien el silencio de la oración, la escucha de la Palabra, el encuentro con Cristo en la Eucaristía».
Recordando que el Resucitado sopló sobre sus discípulos el Espíritu Santo, los exhortó a permanecer unidos en el amor aunque los separen muchos kilómetros, y «en comunión con el Sucesor de Pedro, que también necesita el apoyo de sus oraciones». Encomendó a Nuestra Señora de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay, la perseverancia de los consagrados, y el coro entonó el himno «Estrella del Alba del Paterno día».
Ya de noche, frente a la Nunciatura apostólica, León XIV saludó a los jóvenes que lo esperaban. «Veo que Uruguay es un país de jóvenes que tienen fe», les dijo, antes de bromear con que el nuncio quería dormir y de impartirles la bendición.








