«Se puede llorar mucho sin convertirse, y se puede convertir profundamente sin derramar una lágrima»
Seminario de formación «CELEBRAR EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN» - Roma, Palazzo della Cancelleria, 23-24 de octubre de 2026 | Screenshot YT

«La confesión no debe confundirse con la psicoterapia»

«Se puede llorar mucho sin convertirse, y se puede convertir profundamente sin derramar una lágrima»

Roma recuerda lo que exige la confesión: arrepentimiento y «resolución de no volver a pecar». Ni culpa paralizante ni alivio emocional. La Penitenciaría Apostólica cerró en Roma su seminario de formación sobre la confesión advirtiendo que no es psicoterapia y proponiendo cuatro claves concretas para acercarse mejor al sacramento.

(InfoCatólica) «Se puede llorar mucho sin convertirse, y se puede convertir profundamente sin derramar una lágrima». Con esta advertencia, el Cardenal Angelo De Donatis, Penitenciario Mayor, situó en la verdad del corazón, y no en la emoción, el centro del arrepentimiento, durante la sesión inaugural del V Seminario de formación «Celebrar el sacramento de la Reconciliación».

El encuentro, organizado por la Penitenciaría Apostólica, se celebró los días 23 y 24 de octubre en el Palacio de la Cancillería, en Roma, con el lema «La contritio cordis: fundamentos bíblicos, teológicos y espirituales». Esta quinta edición, abierta a «todos los fieles que deseen acercarse con mayor conciencia y renovado entusiasmo al sacramento de la Reconciliación», da continuidad a la de 2025, dedicada al examen de conciencia. Lo abrió el cardenal con una lectura del Salmo 50 (51 en la numeración hebrea) y lo clausuró el regente de la Penitenciaría, monseñor Krzysztof Józef Nykiel, con una advertencia que resume buena parte de lo tratado en estos dos días, ya que, según dijo, «la confesión no debe confundirse con la psicoterapia».

El Miserere, escuela de contrición

De Donatis dedicó su intervención a los «fundamentos bíblicos de la contritio cordis» en el Salmo 50, «conocido en la tradición cristiana como el Miserere». El texto recoge «la confesión de David, que tuvo lugar después de que el profeta Natán lo acusara del pecado cometido con Betsabé», esposa de Urías, y constituye por ello la «respuesta de los fieles que han acogido la palabra profética, comprendido la gravedad de su condición y llegado a la plena consciencia de su pecado».

El arrepentimiento, precisó, no se mide «solo por las lágrimas o la emoción». «Lo que importa es la verdad del corazón que se vuelve a Dios y rechaza el pecado», y para ello «hay que quebrar la dureza del orgullo, esa coraza interior que nos impide reconocer el mal, pedir ayuda y permitirnos ser perdonados».

La contrición comienza, según el Penitenciario Mayor, cuando el hombre reconoce su responsabilidad y «deja de construir explicaciones para defenderse». No consiste «en medir la intensidad de nuestro sufrimiento, sino en reconocer, ante el Señor, el mal como mal y en desear sinceramente desprendernos de él». El cardenal recordó la distinción clásica, porque «en la tradición teológica, hablamos de contrición perfecta cuando el arrepentimiento surge del amor a Dios, amado por encima de todas las cosas», mientras que la imperfecta nace de la conciencia de la «fealdad del pecado» o del «miedo a sus consecuencias».

Primero la misericordia, después el examen

El salmo, explicó De Donatis, enseña que «el camino del arrepentimiento no comienza con el recuerdo del pecado y la observación de la propia maldad, sino con la mirada puesta en la divina misericordia». El orden importa. «Si invertimos este orden, el examen de conciencia corre el riesgo de convertirse en un tribunal sin esperanza. Si, en cambio, partimos de Dios, la verdad, incluso cuando es dolorosa, se vuelve liberadora».

Solo después de invocar a Dios el salmista reconoce su maldad e implora sanación. «Le pide a Dios, en primer lugar, que "borre" la iniquidad, que "lave" la culpa y, finalmente, que "purifique" el pecado». Desde esta perspectiva, el perdón «no se reduce a una amnistía externa, sino que se concibe como una acción transformadora capaz de justificar al pecador».

Un corazón contrito, resumió, «no es un corazón destruido por la desesperación, sino un corazón que renuncia a la autojustificación para permitirse ser reconstruido». Pero esa reconstrucción no se queda en el ámbito privado. «No hay contrición auténtica si la relación con el Señor se convierte en una forma de olvidar la justicia debida a los demás», ya que «el arrepentimiento por los pecados, cuando es genuino, abre la puerta a la reparación, la restitución, la petición de perdón y el cambio concreto».

Una nueva creación

El cardenal se detuvo también en las imágenes del salmo. El hisopo, «planta utilizada en los ritos levíticos para la purificación de los leprosos», remite al gesto con el que Dios readmite a la persona en la comunidad, y la nieve, «un fenómeno raro en Israel», indica una pureza «que sobrepasa toda medida humana». El pecado, por su parte, aparece no como «la mera suma aritmética de malas acciones, sino una profunda condición existencial que ha marcado a los seres humanos desde el principio».

De ahí la súplica «crea en mí un corazón puro». «El hombre reconoce que una simple corrección de la conducta no basta: se necesita una nueva creación», afirmó, porque «el salmista pide a Dios lo que no puede producir por sus propias fuerzas». Por eso, añadió, «la confesión no es una simple declaración de nuestras faltas. Es el lugar donde el hombre entrega su propia verdad a la misericordia activa de Cristo, a través del ministerio de la Iglesia». Y el perdonado se convierte en maestro de otros, «fortalecido por la certeza de que ninguna situación es irreparable».

La lista de pecados no basta

En la parte final, De Donatis se centró en la práctica sacramental. «La contrición no es el precio del perdón: es la disposición con la que dejamos de resistirnos al perdón». Y advirtió de un riesgo frecuente. «A veces nos preocupamos por encontrar la lista exacta de pecados, recordar cada circunstancia, expresar la fórmula adecuada, pero el sacramento también exige del corazón: arrepentimiento por los pecados y la resolución de no volver a pecar. Una acusación precisa sin deseo de conversión quedaría incompleta».

Un corazón contrito, matizó, «no es necesariamente un corazón ya curado de toda fragilidad». Puede «experimentar tentaciones, miedos y recaídas; pero no desea justificarlos», y mantiene la resolución de «no elegir más el mal» y de usar «medios concretos que ayuden a evitarlo».

Nykiel: el confesor no es «un juez de las ruinas»

La ponencia de clausura de monseñor Nykiel recogió las intervenciones de los dos días, en las que participaron también la profesora Lodovica Maria Zanet, de la Università Pontificia Salesiana, que abordó la distinción entre culpa, pesar, arrepentimiento y contrición; don Giuseppe Forlai, del Pontificio Seminario Romano Maggiore, con una mirada a los pasos del verdadero arrepentimiento entre Oriente y Occidente; y el padre Jaime Emilio González Magaña, SJ, teólogo de la Penitenciaría, que habló de la reparación. El conjunto, a juicio del regente, ha trazado «un mapa completo, bíblico, espiritual, psicológico-existencial y pastoral, del camino de conversión».

La contrición, explicó, no es «un sentido de culpa paralizante», ni «un análisis psicológico estérilmente encerrado en sí mismo», sino «el encuentro liberador entre la verdad de nuestra fragilidad y la sobreabundancia de la misericordia de Dios». «La contrición no es un precio que hay que pagar, sino el inicio de la nueva creación obrada por el Espíritu Santo».

El regente distinguió esa contrición del sentimiento de culpa «psicológico, estático y autorreferencial», que «apabulla a la persona en la ilusión de ser culpa» y «conduce al inmovilismo o a confesiones frenéticas por mero alivio emocional». El confesor, en consecuencia, no es «un juez de las ruinas», sino «un servidor de la reconstrucción que acompaña al penitente desde la culpa hasta la misericordia».

Citando la encíclica Dilexit nos del Papa Francisco, Nykiel subrayó el «vínculo indisoluble entre la contrición interior y la reparación externa», que «no es un mero deber moralista», sino «el fruto de un corazón traspasado que elige construir sobre las ruinas causadas por el pecado», expresión que coincide con el título de la ponencia de González Magaña, «La reparación: construir sobre las ruinas». Lo ilustró con el llanto de San Pedro al cruzar su mirada con la de Jesús, la lucha interior de San Agustín y la pedagogía ignaciana de las tres preguntas, «¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago? ¿Qué haré?».

Cuatro claves para aprender a confesarse

El regente dejó cuatro indicaciones prácticas. La primera, «comenzar por el amor, no por el tribunal interior», pues el examen de conciencia debe partir «de la contemplación de la misericordia de Dios y del Crucificado». La segunda, «llamar al pecado por su nombre y superar la autorreferencialidad», dejando atrás el sentimiento de culpa que hace decir «no valgo nada» para abrazar la contrición evangélica, que dice «He herido al Amor, pero deseo volver al Padre».

La tercera, «prolongar el sacramento en la reparación», porque «la confesión no se agota en la absolución final. Si la contrición mira a Dios, la reparación mira al hermano y a la comunidad». La cuarta, «mantener un corazón sensible y vulnerable a la Palabra de Dios, capaz de no juzgar a los hermanos y dispuesto a recomenzar cada día con esperanza». Su deseo, concluyó, es que el seminario sea «una escuela de oración y reconciliación» y dé «frutos concretos» en la vida espiritual.

7 comentarios

Ricardo Sanmartín
El confusionismo reinante en esta materia, como en tantas otras, en la Iglesia Calólica hoy en día, es descomunal. Acto penintencial celebrado durante la Santa Misa, como preparación para la Semana Santa: el párroco reparte a cada feligrés un folio en blanco y un lápiz; después de algunas vagas ideas para hacer el exámen de conciencia, pide a los fileles que escriban en la hoja "sus faltas". Unos voluntarios, las recogen y las depositan en un recipiente de metal al pie del altar, luego se les prende fuego. A continuación breve predicación acerca de la purificación y la misericordia divina y ya está, nuestros pecados han sido perdonados.
Oído en otra parroquía: Cuando mueras, Nuestro Señor, te mostrará tus obras, las buenas te las premiará; los pecados -cita exacta- la Misericordia Divina "los desintegrará", y serás acogido en su Reino. ¿Para qué el Sacramento de la Penitencia?¿Para qué sufragar funerales y aniversarios?¿Para qué los Mandamientos?¿Para que las misiones?¿Para qué la Iglesia Católica?.
25/10/26 2:03 PM
Ignacio María
Interesante. Tristemente se hace extraño oír a dignatarios de la Iglesia hablar de dogmas, de pecado y de sacramentos cristianos para nuestra salvación, en lugar de hablar sobre la ecología, la acogida al inmigrante, los derechos humanos o la democracia y otros temas políticos mundanos, como suele ser habitual. Ojalá hablasen más de dogmas y sacramentos, como en este caso de la confesión.
25/10/26 2:40 PM
pipo
«Llamar al pecado por su nombre», ¡pues médico, cúrate a tí mismo!, porque si uno escucha desde el vértice eclesial que al concubinato lo llaman eufemísticamente "unión irregular"...
25/10/26 2:57 PM
Oscar de Caracas
Es evidente que el Sacramento de la Penitencia no es una psicoterapia más pero su poder sanador es innegable porque nos ofrece el perdón y la misericordia del Señor.
La psicoterapia trabaja sobre la culpa y deudas emocionales y es casi, casi, en un 99% atea.

Lo que si observo más y más entre creyentes, entre muchos de ellos, es que Dios no castiga.
Ahí sí que hay mucho que trabajar.
25/10/26 4:13 PM
Francisco
Lucas 7:36-50 "Llorando, se arrojó a los pies de Jesús,[b] de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume."
25/10/26 8:47 PM
Juan Castro
Lo que falta en Venezuela, sobre todo en el interior de la nación, son más sacerdotes dispuestos a otorgar el Sacramento de la Reconciliación, porque parecen indispuestos para estos propósitos, y cuando lo otorgan, quieren que se les confiese lo mínimo, te perdonan los pecados, y listo, no ofrecen ninguna guía espiritual. Son confesores expres, y así no puede ser.
Les falta el espíritu del Padre Pío y del Cura de Ars.
25/10/26 11:08 PM
Isa
La confesión no debe confundirse con la psicoterapia. Cuántas veces tengo la impresión de que la gente cuenta a los curas todos los detalles de un problema concreto y espera que los aconsejen más allá de lo estrictamente espiritual. Me alegro que aclaren esto.
25/10/26 11:41 PM

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