(InfoCatólica) Las aceitunas que las familias cristianas de Taybeh esperaban recoger este otoño han empezado a desaparecer de los árboles antes de la cosecha. Durante la jornada del 4 de octubre, colonos judíos entraron en olivares de propiedad privada al este de la localidad, la última de Cisjordania habitada íntegramente por cristianos, y se llevaron parte del fruto que aún quedaba en las ramas. Así lo ha denunciado el párroco latino, el padre Bashar Fawadleh, en una nota enviada a la agencia AsiaNews.
«La situación requiere una intervención inmediata y una protección eficaz, sobre todo durante la temporada de la cosecha», advierte el sacerdote. En su homilía dominical se dirigió a los fieles, y en particular a los jóvenes, para pedirles que no cedan ante el miedo.
Según recoge AsiaNews, la alerta de Taybeh llega pocas horas después de la muerte de dos mujeres cristianas en Gaza.
Zona militar cerrada, pero no para todos
El padre Bashar relata que desde primera hora de la mañana, y durante todo el día, los colonos merodearon por los terrenos agrícolas del este de Taybeh, entraron en olivares privados y recolectaron aceitunas pertenecientes a familias del lugar. Las incursiones se produjeron pese a que la zona está declarada oficialmente zona militar cerrada, una medida que en teoría busca proteger la localidad y prevenir nuevos ataques.
«Sin embargo, mientras los residentes locales sufren restricciones en el acceso a sus propios terrenos, los colonos siguen entrando y moviéndose libremente», denuncia el párroco.
La nota añade que durante la noche la policía israelí intervino y detuvo a tres colonos que se encontraban en la aldea de Dar Jasser, según informó un testigo. También se presentó una denuncia oficial ante las fuerzas del orden.
Una localidad cristiana bajo presión
Taybeh tiene unos 1.500 habitantes y tres iglesias. Está situada a 30 kilómetros al norte de Jerusalén y al este de Ramala. Más de 600 de sus vecinos son católicos latinos, y el resto son ortodoxos griegos y católicos greco-melquitas.
La zona ha sido escenario de repetidos ataques de colonos, con asaltos a viviendas, robos de ganado e incendios de casas. En julio del año pasado, el patriarca latino de Jerusalén, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, y el patriarca ortodoxo griego de Jerusalén, Teófilo III, realizaron una visita conjunta para expresar su solidaridad con la población. Según AsiaNews, los ataques continuaron después con la connivencia del ejército y la policía.
Taybeh figuró también entre los ejemplos que el padre Bernard Poggi, rector del seminario del Patriarcado Latino de Jerusalén en Beit Jala, citó el pasado 13 de septiembre en Augsburgo, en una jornada de oración por los cristianos de Oriente Medio organizada por la sección alemana de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Poggi alertó entonces del aumento de la violencia de los colonos contra los cristianos. «Cuando se atacan campos, vehículos, viviendas o iglesias, la consecuencia es siempre la misma: a los cristianos les resulta más difícil permanecer en su tierra, y el espacio en el que pueden vivir se vuelve cada vez más reducido».
La cosecha como frontera
La preocupación se centra ahora en la recogida de la aceituna, ya inminente. Como en los tres años anteriores, la cosecha podría venir acompañada de violencia, ataques y amenazas por parte de los colonos. En el pasado reciente, recuerda el párroco, «muchas familias han tenido repetidas dificultades para llegar de forma segura a sus tierras y realizar la cosecha», y hoy «vuelven a hacerse sentir los mismos temores». Desde hace tiempo los propietarios no pueden acceder a sus olivares, mientras que los extremistas los recorren sin obstáculos y recogen sus frutos.
Según los agricultores, los representantes de la comunidad y la parroquia, Taybeh tiene más de 16.000 dunam de olivar, unas 1.600 hectáreas. En otros tiempos esa producción cubría las necesidades de las familias y además dejaba aceite para vender más allá de las fronteras de Palestina. «Aquí, el olivo simboliza una economía familiar, una tradición heredada y un vínculo cotidiano con la tierra que se transmite de generación en generación», explica el sacerdote.
Hoy, familias propietarias de cientos de olivos pueden verse obligadas a comprar aceite para su consumo porque no pueden llegar a sus árboles con seguridad. «Como párroco, veo las consecuencias de todo esto no solo en los campos, sino también en los hogares y en las vidas de las familias confiadas a nuestro cuidado», afirma. Esas familias pierden la cosecha del año, los ingresos de temporada y la reserva de aceite para casa, en un momento en que el coste de la vida no deja de subir.
El daño, advierte el padre Bashar, va más allá de lo económico. «Cuando las familias no logran, una y otra vez, acceder, cultivar o recolectar los frutos de sus tierras de forma segura, su vínculo con esa tierra se ve sometido a una dura prueba», señala. Por eso insiste en que la petición de sus feligreses es elemental. «Taybeh no pide un trato de favor», concluye. «Proteger la recolección de aceitunas en Taybeh no significa simplemente proteger un cultivo. Significa salvaguardar la tierra, los medios de subsistencia, la dignidad y el derecho de las personas a permanecer en su tierra».
«Estamos aquí»
Lo que está en juego, en último término, es la permanencia. En Augsburgo, Poggi describió una presión que no necesita órdenes. «Nadie necesita ordenar explícitamente a los cristianos que abandonen el país», afirmó. Son los controles de carretera, las tierras agrícolas inaccesibles, la falta de permisos de trabajo, las intimidaciones y la ausencia de futuro los que, sumados, hacen cada vez más difícil quedarse. «Cuando una familia llega a la conclusión de que la única manera de garantizar un futuro seguro para sus hijos es marcharse, entonces la emigración deja de ser una decisión verdaderamente libre».
Frente a esa presión, el párroco de Taybeh invitó en la homilía de la misa dominical a seguir dando testimonio de la fe en medio de las dificultades y a mantenerse firmes ante la violencia. «Nuestra fe debe hacerse visible: en nuestros hogares, en el trabajo, en la forma en que tratamos al prójimo, en el amor a los pobres, en el apoyo a quienes están en dificultades, en la capacidad de perdonar y en la determinación de mantener viva la esperanza», dijo.
Después se dirigió expresamente a los jóvenes. «No permitan que el miedo les robe los sueños», les pidió. Les recordó que la ciudad necesita sus ideas, su creatividad, su trabajo y sus oraciones, y que cada proyecto, cada casa nueva, cada niño que se educa, cada joven que encuentra trabajo y cada olivo cuidado es un fruto que proclama «"Estamos aquí y elegimos construir una vida aquí"».
El sacerdote terminó con una invitación a lo pequeño. «Podéis animar a alguien. Podéis ayudar a una persona en dificultades. Podéis reconciliaros con alguien. Podéis servir a vuestra parroquia. Podéis cuidar de vuestra tierra. Y podéis dar a vuestros hijos esperanza en lugar de miedo».








