(InfoCatólica) Cuando el hombre olvida que ha nacido, la vida deja de concebirse como un don y pasa a tratarse como una mercancía. Con esa advertencia como eje, León XIV situó este viernes ante la Unesco a los niños «en el seno materno y en los distintos escenarios de guerra», a las personas con discapacidad, a los ancianos, a los migrantes y a los refugiados como la «piedra de toque» de cualquier compromiso con la dignidad humana. Lo hizo en el discurso pronunciado en la sede del organismo de Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura, en París.
La visita constituye la segunda etapa del viaje apostólico del Papa a Francia, que se prolonga hasta el 28 de septiembre, y la segunda de un Pontífice a la institución tras la de San Juan Pablo II, el 2 de junio de 1980. El Papa pronunció en inglés el discurso, el único en esa lengua de todo el viaje, ante representantes de los Estados miembros y observadores, de las organizaciones internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil.
Una tarde de encuentros y gestos
León XIV llegó a la sede de la Unesco a las 14.45, donde fue recibido en el Pavillon d'Honneur por el director general, Khaled El-Enany, y por el observador permanente de la Santa Sede ante la institución, Mons. Roberto Campisi. En el Hall Ségur saludó al presidente de la Conferencia General, al presidente del Consejo Ejecutivo y a las responsables de la dirección adjunta, antes de firmar el Libro de Oro. En la dedicatoria, el Papa escribió que espera que, «con la ayuda de Dios, la Unesco siga promoviendo de manera tan valiosa la cooperación internacional en los ámbitos de la educación, la ciencia y la cultura».
Tras una reunión bilateral con El-Enany en la Biblioteca, el Pontífice se acercó a la Plaza de la Tolerancia, donde regó un olivo, y se dirigió después a la Sala I atravesando la Salle des pas perdus, en la que se expusieron para la ocasión obras de arte de los grupos regionales de la organización. Después de las palabras de bienvenida del director general, recibió el Libro de la Paz. Al término de la visita, se trasladó en coche descubierto a la catedral de Notre-Dame para celebrar las Vísperas con obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y seminaristas.
En su intervención, el Papa recordó que en 2027 se cumplirán 75 años de la presencia de la Santa Sede ante la Unesco, con una misión permanente de observación establecida desde 1952 y nacida de la convicción de que el futuro depende del respeto a la «dignidad inalienable de todo ser humano creado a imagen de Dios».
¿Qué significa ser humano?
El Pontífice evocó las palabras de Juan Pablo II en la misma sala, genus humanum arte et ratione vivit, y recordó con él que educar consiste en ayudar al hombre a «ser» más y no solo a «tener» más. A partir de ahí planteó la pregunta que, a su juicio, debe explorar la asamblea, porque ni siquiera en el siglo XXI puede darse por supuesto «quién es el hombre y qué comporta vivir humanamente».
La primera respuesta es que ser humano significa ser hijo. «Ninguno de nosotros ha elegido serlo. Nadie ha decidido de quién, ni cuándo, ni dónde nacer», afirmó, y de esa evidencia extrajo una consecuencia ética, ya que como hijos todos somos hermanos. «Para todos los seres humanos, la generación comporta un vínculo originario, una comunión de vida que tiene en la familia su fuente y el primer contexto educativo», añadió.
En segundo lugar, todos nacemos «desnudos y necesitados», pobres «de pan y de palabra, de cuidado y de afecto». Los adultos corren el riesgo de olvidarlo, y quienes más sufren esa amnesia son los necesitados, cada vez que su humanidad es traicionada o descartada. «El olvido de nuestro nacimiento oscurece la idea de vida humana, porque la separa de la historia común a todos nosotros. Entonces la vida ya no se concibe como don, sino como mercancía. Ya no se ve como una llamada al cuidado y a la responsabilidad, sino como un producto que explotar».
La tercera nota es la libertad, que el Papa describió como bella «cuando está orientada hacia el bien y la verdad» y desfigurada cuando «se desliza hacia el arbitrio, la violencia y la sed de poder».
La guerra y los baluartes de la paz
En este momento, dijo León XIV, «la más terrible de las "obras humanas" es la guerra, porque en ella la propia ciencia se pone al servicio de una voluntad inhumana de destruir y matar». El Papa citó el Preámbulo de la Constitución de la Unesco, redactado tras la Segunda Guerra Mundial, según el cual, «puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz».
Los Estados fundadores, explicó, comprendieron que los tratados son necesarios pero no suficientes. «La paz es verdadera cuando brota de la virtud de la justicia más que de un mero contrato, de una voluntad recta más que de un equilibrio inestable de intereses», sostuvo.
Máquinas inteligentes, personas descartadas
El Pontífice dedicó una parte de la alocución a la tecnología, un ámbito en el que pidió que los esfuerzos se orienten a que las nuevas herramientas sigan al servicio de la persona y no se conviertan en «un ulterior instrumento de dominio y de injusticia». Señaló la paradoja de que se atribuya el nombre de inteligencia a sistemas artificiales mientras «nos cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas humanas, cuyas vidas se evalúan con el criterio de la eficiencia y, cuando se consideran ya no productivas, son rechazadas y descartadas».
Esa dignidad, subrayó, permanece intacta «hasta la misma muerte». «Sí, el ser humano es ciertamente aquel que nace, pero es también aquel que muere. Nuestra dignidad no es destruida por la enfermedad o el dolor, ni depende de las prestaciones de las que una persona es capaz. Al contrario, requiere un cuidado amoroso en cada etapa de la vida». El Papa recordó además, con el Concilio Vaticano II, que Cristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes, 22).
Entre Babel y Pentecostés
León XIV propuso dos imágenes bíblicas para pensar la unidad de la familia humana. La torre de Babel representa una unidad impuesta mediante el dominio (Gn 11,4) que termina en dispersión y confusión. «Hoy, la tentación de Babel se presenta de nuevo en una globalización perseguida sin fraternidad, en el ávido colonialismo financiero, en las imposiciones ideológicas», advirtió, citando además un documento de la Comisión Teológica Internacional sobre los «contactos sin vínculos» que reducen la vida humana al comercio.
El Papa aludió también a herramientas que conectan continentes al instante mientras crecen el aislamiento y la miseria material y espiritual, y a una inteligencia artificial capaz de correlacionar datos pero no de responder a las preguntas sobre el sentido. «El sentido es el oxígeno de la mente», afirmó, antes de expresar su apoyo al programa de la Unesco de Alfabetización Mediática e Informacional. «Sin la verdad, el lenguaje acaba sometiéndose a la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Así se excluye a los demás en nombre del beneficio, y se mata a los inocentes en nombre de la libertad», añadió, en un pasaje en el que denunció también a quienes tratan la justicia «como una mercancía que se compra y se vende».
Exhortó a la comunidad internacional a proteger a los niños y a los jóvenes, porque en la era digital «su vulnerabilidad no debe convertirse nunca en ocasión de explotación». Frente a Babel, la plaza de Pentecostés muestra que la comunión «no impide en absoluto la diversidad» (Hch 2,8). «Quien trabaja en el campo de la educación sabe que solo la verdad nos hace libres», recordó.
Los más pequeños, banco de pruebas
En continuidad con la «ecología de la persona humana» de Benedicto XVI y la «ecología integral» de Francisco, el Papa renovó la llamada a cuidar juntos de la persona y de la creación. La piedra de toque de ese compromiso, dijo, es el cuidado de los más pequeños y de los pobres, «niños en el seno materno y en los distintos escenarios de guerra, personas con discapacidad física e intelectual, ancianos, migrantes y refugiados, y todos aquellos a quienes la soberbia excluye como no productivos». «Son ellos el banco de pruebas de nuestras afirmaciones sobre el respeto a la dignidad humana», afirmó, antes de concluir que «la actual crisis ecológica es una crisis antropológica».
Confianza y sentido último
El Pontífice reconoció que las instituciones internacionales atraviesan una «crisis de eficiencia», sobre todo cuando el diálogo se considera un freno a la acción, y propuso como remedio la confianza. Reivindicó asimismo el papel «culturalmente necesario e insustituible» de las tradiciones religiosas, que expresan las preguntas sobre el origen y el fin de la vida. «Nosotros no estamos en camino hacia la nada», afirmó. Concluyó con el deseo de que, dedicándose todos con coherencia a «nuestra magnífica humanidad», pueda «finalmente florecer la paz».







