(InfoCatólica) Menos de cuatro años después de la clausura del Concilio Vaticano II, en la noche del 20 al 21 de julio de 1969, el hombre pisó la Luna por primera vez. Con ese recuerdo abrió el Papa León XIV la catequesis de la Audiencia General de este miércoles, 23 de septiembre, dedicada a una pregunta que ya se hicieron los Padres conciliares, la de cuál es el valor de la actividad humana en el mundo y, por tanto, del progreso técnico, social y científico.
Ante miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Pontífice continuó su ciclo sobre los documentos del Concilio con el tercer capítulo de la primera parte de la Constitución pastoral Gaudium et spes, que lleva por título «La actividad humana en el mundo». Su respuesta es que el progreso no aleja al hombre de Dios, y que solo es auténtico cuando está animado y orientado por la caridad.
El hombre, agente del progreso
«Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es agente del progreso», afirmó el Papa, que explicó cómo el hombre, mediante la libertad y la inteligencia, aumenta sus propios conocimientos y hace progresar a toda la sociedad. Basta considerar, añadió, la mejora de las condiciones de vida a lo largo de las sucesivas generaciones. El propio documento conciliar constata que un «gran número de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por sí mismo» (n. 33).
Por este motivo, señaló León XIV, algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico «como algo que debilita la relación del hombre con Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo contrario a la fe cristiana». Esta lectura ha cambiado la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo, y el Santo Padre la calificó de prejuicio que prevalece sobre todo en la parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana.
«En los humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana», advirtió el Papa. Es el «drama del humanismo ateo», dijo, tomando la expresión del teólogo conciliar Henri de Lubac.
Las victorias del hombre, signo de la grandeza de Dios
Frente a estas interpretaciones, el Pontífice recordó que el Concilio quiso dar una respuesta clara, y la recogió con las palabras de la Constitución: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34).
El texto conciliar va más allá, y afirma que «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» (ibid.).
De ahí concluyó el Papa que Dios ha puesto en manos del hombre y de la mujer una creación todavía in statu viae, es decir, en camino y en crecimiento, para que la conduzcan a buen término por medio de su sabia actividad.
Del altar al trabajo cotidiano
León XIV vinculó esta enseñanza con el misterio de la Encarnación. La humanidad, y con ella el trabajo, el progreso y la autonomía de las realidades creadas, «no queda absorbida o anulada por el encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en Cristo, libre y operosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad plenas». Recordó también que en la celebración eucarística el fruto del trabajo humano, representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
«Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo», afirmó el Papa, en un pasaje en el que remite a la homilía de San Juan Pablo II en la canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer, el 6 de octubre de 2002. Los cristianos, añadió, participan como todos en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin último y recordándolo a quienes comparten con ellos la aventura del progreso, la ciencia y la vida.
Un progreso animado por la caridad
El Pontífice advirtió que es preciso distinguir bien el progreso temporal del crecimiento del reino de Cristo, aunque el Concilio afirma que ese progreso, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios» (n. 39).
Para que sea auténtico progreso humano, «de todo el hombre y de todos los hombres», el desarrollo técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad. «Solo así se podrá utilizar siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos», subrayó.
El Papa cerró la catequesis con una invitación. «Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor».
Llamamiento por los menores migrantes
Al término de la audiencia, León XIV recordó que el domingo 27 de septiembre se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, y dirigió su pensamiento especialmente a los menores obligados a abandonar su tierra. «Los niños y los adolescentes son los más vulnerables. A menudo viven sufrimientos indescriptibles, violencia, torturas, explotación y situaciones traumáticas, y no es raro que pierdan la vida a lo largo de las rutas migratorias», lamentó el Papa, que hizo un llamamiento a la responsabilidad de todos para que estos jóvenes «siempre deben ser tutelados y asistidos».








