«El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz». Con esta afirmación resumió León XIV el núcleo de su meditación dominical ante una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles y peregrinos, en la que pidió perdonar «más allá de todo límite, sin medida» y advirtió de que, sin esa gratuidad, los rencores acaban destruyendo las relaciones, dividiendo a las familias y desencadenando guerras.
(InfoCatólica) El Pontífice comentó el Evangelio de este domingo (Mt 18,21-35), en el que Pedro pregunta al Maestro cuántas veces debe perdonar las ofensas de su hermano, y sugiere que sean siete. El Papa explicó que la propuesta revela ya un corazón generoso, porque el número siete simboliza en la Biblia la plenitud, pero que la respuesta de Jesús desborda cualquier cálculo: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
León XIV recordó que el Salvador ilustró esa enseñanza con la parábola del siervo que había contraído una deuda prácticamente impagable con su señor y que, pese a haber obtenido la condonación por pura misericordia, no mostró después la misma piedad con uno de sus compañeros, por lo que fue reprendido y castigado con severidad.
El don recibido como regla de convivencia
«Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad», señaló el Papa. De ahí que la gratuidad, que es la fuente de la propia vida, sea también, a su juicio, la mejor regla para la convivencia.
El Pontífice describió después el efecto liberador del perdón con una imagen meteorológica: «Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol».
La pregunta a orillas del lago
Como ejemplo, León XIV evocó la experiencia del propio San Pedro, que tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión se encontró con el Resucitado a orillas del lago y escuchó una sola pregunta, «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación, «Sígueme» (Jn 21,19). Exactamente como el día del primer encuentro, subrayó el Papa, «como si nada hubiera pasado». Esa caridad que olvida y sana supondría para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.
La alocución concluyó con una súplica a la Virgen María, Madre de la Misericordia, para que ayude a perdonar siempre, «incluso cuando resulte difícil dar el primer paso», y a difundir «con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor».
Memoria del 11-S y llamamiento a la paz
Tras el rezo mariano, el Papa recordó que hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos. Renovó su oración por quienes perdieron la vida y por quienes siguen llevando consigo las heridas de aquella jornada, e invitó a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz, en un tiempo marcado por los conflictos y la violencia.
León XIV saludó después a los grupos llegados de São Paulo (Brasil), a la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo residente en Roma, al Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova (Cerdeña), a los peregrinos procedentes de Asís por la Vía de San Francisco, a la «Familia Bellunesa» junto con la Escuela de Erechim (Brasil) y a los motociclistas reunidos para manifestarse a favor de la paz y de la vida.








