(LifeSiteNews/InfoCatólica) La diócesis católica de Pittsburgh, gobernada por Mons. Mark Eckman, que acaba de poner fin este mismo mes a la última Misa tradicional celebrada en una parroquia diocesana, se ha asociado con la Federación Judía del Gran Pittsburgh para organizar el primer encuentro interreligioso «Católicos, judíos y cervezas», dirigido a jóvenes adultos de veinte y treinta años.
Si ya resulta bastante grave un acto de diálogo interreligioso católico-judío al estilo posconciliar, hay que añadir que la Federación Judía del Gran Pittsburgh apoya abiertamente la ideología LGBT y que su organización matriz ha llegado a manifestar su respaldo al aborto, es decir, al asesinato de los niños no nacidos.
Un encuentro «inclusivo»
El acto, celebrado el 26 de agosto, no aparecía por ninguna parte en la página oficial de la diócesis, pero sí se anunciaba en la web de la Federación Judía como «un acto de colaboración entre la diócesis de Pittsburgh y la Federación Judía del Gran Pittsburgh en el que emprenderemos un camino de comprensión mutua y de construcción de relaciones en torno a la cerveza y a los textos sagrados».
La página que anunciaba el encuentro añadía que, dado que «la inclusión plena es un valor central del Pittsburgh judío», quedaban invitadas personas de «todas las capacidades, orígenes, razas, afiliaciones religiosas, orientaciones sexuales e identidades de género». Cabe preguntarse en qué medida sigue siendo entonces un acto católico-judío.
Ideología LGBT y respaldo al aborto
La federación con la que la diócesis de Pittsburgh se ha asociado, su sitio web dedica una página entera a los «recursos LGBTQ+ locales y nacionales».
Esa página incluye varias fotografías de la participación de la federación en la «Marcha del Orgullo de Pittsburgh» de 2025, en las que se ve a los participantes portando banderas arcoíris con la estrella de David y camisetas con el lema «El amor es kosher». La página recoge además directrices para los organizadores judíos de actos del «orgullo», enlaces a sinagogas proLGBT y recursos para «parejas» del mismo sexo y para quienes se identifican como «transgénero».
Conviene recordar que el Catecismo de la Iglesia Católica enseña con toda claridad que «los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados» y contrarios a la ley natural, y que la inclinación homosexual es «objetivamente desordenada». El Catecismo es taxativo al afirmar que la actividad homosexual no puede aprobarse en ningún caso y repite que «las personas homosexuales están llamadas a la castidad». Los actos homosexuales son pecados mortales; quien los comete y no se arrepiente mediante el sacramento de la confesión se halla en peligro de condenación eterna.
La Iglesia enseña asimismo que Dios crea a cada persona varón o mujer en el momento mismo de su concepción y que el sexo es un rasgo inmutable que caracteriza al hombre y a la mujer no solo en el plano físico, sino también en el psicológico y en el espiritual, marcando cada una de sus expresiones. La Iglesia condena igualmente la mutilación corporal y la esterilización como contrarias a la ley moral, y denuncia la ideología de género.
Además de tratarse de una organización no católica y proLGBT, la matriz de la Federación Judía del Gran Pittsburgh, la Federación Judía de Norteamérica, arrastra un historial de apoyo al aborto. En 2022, la organización denunció la sentencia Dobbs del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que derogó el precedente Roe contra Wade.
«Como la mayoría de la comunidad judía, estamos en desacuerdo con la decisión Dobbs y nos preocupan los riesgos que plantea para las mujeres y las niñas», declaró entonces Eric Fingerhut, presidente y consejero delegado de la Federación Judía.
Como la mayoría de los partidarios del aborto, Fingerhut pasó por alto a todas las «mujeres y niñas» no nacidas que fueron asesinadas mediante el aborto en todo el país durante casi cincuenta años como consecuencia de Roe. El respaldo de la federación al aborto tampoco debería sorprender, si se tiene en cuenta que otros muchos dirigentes judíos han defendido la matanza de los no nacidos, llegando algunos a sostener que se trata de un «derecho fundamental» e incluso de un «valor judío».
«¿Acaso Cristo no comía con los pecadores?»
Cabe la objeción evidente: la diócesis de Pittsburgh beberá y dialogará con no católicos que pueden apoyar la agenda LGBT o el aborto, pero ¿no comía también Nuestro Señor con los pecadores?
Sin duda, pero también los llamaba a la conversión. Y a la vista de cómo han transcurrido los últimos sesenta años de diálogo interreligioso, y del lenguaje «inclusivo» del anuncio, resulta altamente improbable que este encuentro sirva para llamar a la conversión a los asistentes judíos.
El diálogo católico-judío, que se ha vuelto mucho más frecuente desde la promulgación en 1965 de «Nostra Aetate», el documento del Concilio Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, es decir, falsas, ha resultado un rotundo fracaso. Aunque el documento no contenga herejía cuando se lee a la luz de la tradición, su ambigüedad y su aplicación han conducido a consecuencias desastrosas, muy en particular en el terreno del diálogo entre católicos y judíos.
Seis décadas después se ven los frutos: demasiados católicos de relieve, entre ellos Maria Montserrat «Montse» Alvarado, de EWTN, elegida por el Papa León como próxima prefecta del Dicasterio para la Comunicación, sostienen que los fieles no deben buscar la conversión de los judíos.
«En lugar de que ellos sean nuestros hermanos y hermanas y de que nosotros caminemos de la mano hacia la salvación, siendo ellos el pueblo elegido, existe esta idea de que todos los judíos deberían hacerse cristianos, lo cual evidentemente está mal», afirmó Alvarado en unas declaraciones que volvieron a circular cuando se anunció su nombramiento en junio.
La ofensiva del obispo Eckman contra la Misa tradicional
Lo profundamente irónico de este encuentro interreligioso es que, mientras la diócesis de Mons. Eckman acoge más diálogo de «construcción de puentes» con una organización no católica, favorable al aborto y a la ideología LGBT, echa a la calle a los católicos tradicionales apegados a la Misa tridentina.
Eckman, uno de los primeros nombramientos episcopales de León XIV, se negó a solicitar una nueva prórroga de dos años —que con toda seguridad le habría sido concedida— del indulto que permitía celebrar la Misa tradicional en la iglesia de San Tito, de la parroquia María Reina de los Santos, en Aliquippa, donde se venía celebrando desde hacía casi veinte años y donde sus dos Misas mensuales seguían congregando a una asamblea «considerable». Era la última celebración de la liturgia antigua en una parroquia diocesana.
En la carta con la que anunció su decisión, el obispo añadió que solicitar al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos la renovación del indulto de la parroquia, como había hecho dos veces su predecesor, Mons. David Zubik, no era más que una medida «temporal»; calificó el Novus Ordo Missae de «expresión única del rito romano» y subrayó su convicción de que había llegado el momento oportuno para que los fieles fueran «traídos hacia la celebración del rito posconciliar». Todo muy sinodal.
Aunque la Misa tradicional seguirá ofreciéndose en la parroquia de la Preciosísima Sangre de Jesús, a unos treinta minutos en coche de San Tito, atendida por el Instituto de Cristo Rey Sumo y Soberano Sacerdote, muchos fieles de la parroquia no están en condiciones de desplazarse hasta la siguiente Misa tridentina y perderán el acceso a la antigua liturgia romana.
La diócesis de Pittsburgh no respondió a la petición de comentarios formulada antes de la publicación de esta información.







