León XIV preside la procesión de la Virgen del lago sobre las aguas de Albano
Leon XIV hace historia en una impresionante procesión en el lago Albano. Captura de Youtube

Piedad popular en Castel Gandolfo

León XIV preside la procesión de la Virgen del lago sobre las aguas de Albano

El Papa celebró la Misa en la iglesia de María Santísima del Lago y encabezó después el traslado en barca de la imagen de la Virgen por las aguas del lago Albano. «Como los discípulos, dejaremos juntos la orilla», dijo en la homilía.

(AgenSIR/InfoCatólica) Cuatro siglos de Papas en Castel Gandolfo y una primera vez. León XIV ha atravesado este sábado 29 de agosto en barco el lago Albano junto a la imagen de la Virgen del lago, convirtiéndose así en el primer Pontífice que recorre a bordo el tramo acuático de la procesión, después de que Pablo VI y Juan Pablo II hubieran tomado parte en ella permaneciendo en tierra.

A las seis de la tarde, llegado en coche desde el Vaticano, el Papa presidió la Santa Misa en la iglesia de María Santísima del Lago, consagrada por Pablo VI y confiada a la parroquia pontificia de Santo Tomás de Villanueva. «Me alegra celebrar con vosotros la fiesta de la Virgen del lago», comenzó, recordando a los predecesores que quisieron y consagraron aquel templo y que renovaron su mensaje. La fiesta, que la pequeña comunidad prepara a lo largo de todo el año, congregó en las orillas a fieles y veraneantes.

«Solo el amor salva»

En la primera lectura, el profeta Jeremías confiesa una urgencia que no logra contener: «Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. En mi corazón había como un fuego ardiente». Se trata de un impulso que empuja a obrar por el bien del pueblo sin componendas, observó el Papa, aun a costa de convertirse en «objeto de burla».

Esa es la lógica que en el Evangelio Jesús desvela a los discípulos después de la multiplicación de los panes, cuando anuncia la pasión: la gloria se manifiesta «sacrificando libremente su vida» y ofreciéndose a sí mismo en la cruz como pan partido. De ahí la síntesis del Pontífice: «Solo el amor salva». Un amor que llega «hasta el martirio», como les sucede hoy a numerosos cristianos en distintas partes del mundo.

Con san Agustín —«la alegría del segador demuestra la intención del sembrador»—, León XIV invitó a esparcir por todas partes «las semillas de su caridad infinita, sin cansarnos, sin medida».

«No nos engañemos»

El Papa recogió a continuación la objeción de quienes juzgan que ese sueño no pasa de utopía: «Poner la otra mejilla —dicen— es de perdedores, dar frente al rechazo es de ingenuos, perdonar sin límites es de débiles».

La réplica fue tajante: «No nos engañemos. El odio y la violencia no traen nada bueno, sino solo destrucción y muerte, siempre, incluso cuando son respuesta a injusticias sufridas. Lo vemos cada día, desde lo pequeño de nuestra vida doméstica hasta la gran escena del mundo».

De ahí la llamada a no dejar que el mal «desfigure nuestra humanidad», a no conformarse «a la mentalidad del mundo» y a ofrecerse «como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», para hacer crecer «la dignidad infinita de la imagen divina». Y una advertencia: «No nos desanimemos si es difícil: nuestra fuerza está en el Señor».

La travesía del «Falco»

«Como los discípulos, dejaremos juntos la orilla, llevando con nosotros la imagen de María, nuestro modelo y guía, para llevar a lo largo de las riberas del lago la bendición que hemos recibido», anunció el Pontífice en la homilía antes de tomar parte en la procesión.

La imagen fue embarcada después en el «Falco», adornado con flores amarillas y blancas, para una travesía de unos veinticinco minutos. Alrededor navegaban las canoas de los muchachos de los campeonatos de la ciudad, las dragon boat y decenas de embarcaciones con las luces de emergencia encendidas.

El rito de la procesión, había explicado el Papa, evoca «otro milagro de Jesús»: el del Maestro que en el lago de Tiberíades alcanza a los discípulos atemorizados caminando sobre las aguas y los conduce a la orilla calmando la tempestad. Precisamente cuando más asustados estaban, «los exhortó a tener fe y a orar, para reencontrar la paz» y poder «seguir navegando hacia la meta deseada».

León XIV agradeció asimismo a «la pequeña comunidad que vive aquí» y que «custodia durante todo el año este lugar de paz».

«Mira con benevolencia a tus hijos heridos por la guerra»

En el arenal de la playa Giorgio's aguardaban al Pontífice las novicias salesianas, que habían llenado de cantos el tiempo de espera. En el desembarco cantaron el tenor Aurelio Grimaldi y Elena Kovalova: «La Vergine degli angeli», de «La forza del destino» de Verdi, y a continuación el «Panis Angelicus» de Franck.

La súplica fue escuchada en silencio por los fieles, las autoridades y los alcaldes con la banda tricolor: «A tu amorosa protección confiamos a todos los pueblos de la tierra: mira con benevolencia a tus hijos heridos por la guerra y alienta en todos el deseo de la paz». Y añadió: «Donde crece el odio, enséñanos el perdón; donde prevalece el miedo, devuelve la esperanza».

El encargo final de la homilía fue estrecharse a Jesús y a María para ser, unidos, «no solo en el lago, sino en todas las noches del mundo, un reflejo sereno de la presencia de Dios, y un eco irresistible de su amor que invita a amar».

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