(La Nuova Bussola Quotidiana/InfoCatólica) El teólogo y periodista Stefano Fontana ha denunciado que la teología moral católica ha consumado su transfiguración y que el testimonio de ese vuelco lo ha ofrecido el propio diario de los obispos italianos.
El 25 de agosto, el diario «Avvenire» publicó una entrevista de Luciano Moia al nuevo presidente y a la nueva vicepresidenta de la Atism, la Asociación Teológica Italiana para el Estudio de la Moral, el padre Martin M. Lintner y Gaia De Vecchi. Las palabras de ambos entrevistados sancionan de manera muy clara, sostiene Fontana, la transfiguración ya realizada de la teología moral católica.
Se trata de un cambio radical en el que resulta imposible reconocer forma alguna de continuidad entre el antes y el después. No hacía falta esta entrevista para certificar el tránsito, señala el autor, pero los dos teólogos moralistas han tenido el mérito de decirlo con palabras sencillas, de presentarlo como un proceso definido y ya concluido, y de haberlo hecho en el periódico de los obispos italianos. «Ningún pontífice hasta Benedicto XVI habría aceptado semejante transformación», advierte Fontana, «pero mientras tanto ha seguido adelante y ahora parece haber llegado al final del trayecto».
Dejar la doctrina, construir «espacios de libertad»
La propuesta de los dos teólogos es la siguiente: la teología moral pretende superar las «rígidas» contraposiciones ideológicas sobre el aborto, el género, el final de la vida y temáticas semejantes, para dedicarse más bien a formar las conciencias y a construir espacios de encuentro. El debate debe devolverse al ámbito de un diálogo civil y no de un choque ideológico. Hay que dejar de lado la doctrina y llevar la reflexión a lo humano, evitando la lógica de las fuerzas contrapuestas.
Eso vale también en el plano eclesial, porque de ese modo se pondrían en relación «el magisterio y la vida ordinaria de las personas, sus necesidades, sus esperanzas, sus experiencias de conciencia». Sobre asuntos como el suicidio asistido y el transexualismo, la teología moral llevaría a preguntarse «cómo hacer progresar el debate y salir al encuentro de las exigencias existenciales de cada persona». Deben evitarse los «tonos ásperos, divisivos», hay que superar los «extremismos» y construir «espacios de libertad para la conciencia».
Los mandamientos como ideología
De la lectura de esas palabras, apunta Fontana, parece desprenderse que la teología moral ya no debería apelar a normas morales abstractas y universales, como lo son por ejemplo los mandamientos, que serían fruto de un racionalismo alejado de la concreción de la existencia. Según los dos entrevistados, hablar de normas de ese tipo equivaldría a entrar en el campo de la ideología: los diez mandamientos serían ideológicos.
Parece desprenderse también que dejar libertad a la conciencia significa que esta, para ser libre, no necesita ser iluminada desde un punto de vista independiente de la situación, anterior y superior a ella, sino interno a la propia situación existencial. Los diez mandamientos, por tanto, obstaculizarían la libertad de la conciencia y no respetarían la dignidad de la persona.
Parece desprenderse, por último, que la teología moral ya no debería ofrecer principios éticos ni indicaciones para la política, para la educación pública o para la ley, porque de ese modo pasaría por encima de la conciencia de las personas al trasladar algunas normas morales al plano institucional público. A este respecto, subraya el autor, resulta difícil garantizar un futuro a la Doctrina social de la Iglesia, que pertenece igualmente a la teología moral.
La confirmación de todo ello llega, añade, con la fácil constatación de que hoy los pastores, ante cada gran problema moral personal y público, se limitan a pedir que se discuta, evitando tomar partido para no parecer divisivos e ideológicos. El cardenal Zuppi, en un diálogo televisivo con el director del diario «Domani», se limitó a pedir a propósito del aborto que no se actúe como los Horacios y los Curiacios.
Décadas de trabajo hasta la protestantización
La teología moral ha llegado a estos resultados a través de decenios de trabajo de los teólogos. Fontana señala al menos un punto: el plano de la existencia, de la historia y de la experiencia de la conciencia hizo en un momento dado su entrada triunfal en la teología moral. Como la gota sobre la roca, provocó grandes transformaciones, puesto que atribuyó poder normativo no solo a las normas de la doctrina moral natural y revelada, sino también a la existencia, a la historia y a la experiencia de la conciencia.
Los caminos recorridos han sido muchos y diversos, pero convergentes: el rechazo del realismo metafísico, la idea de que la existencia constituye el ser de la persona, la absolutización de la hermenéutica como único e integral modo de pensar, la deshelenización del cristianismo —esto es, de su necesidad no casual de servirse de una razón natural, de donde procede el rechazo del iusnaturalismo católico— y una exaltación desmedida del papel de la conciencia que, de aplicación creativa de la norma mediante la prudencia, pretende hoy ser ella misma coproductora de la norma. Detrás de todo ello, la protestantización de la teología moral católica.
La existencia y la historia son el ámbito de la libertad, concluye el autor, pero la persona, para ser libre, debe ser algo: no puede ser libre si no es. Hay por tanto una esencia que precede y sirve de criterio a su libertad, indicando una norma de vida no contingente ni relativa al tiempo, sino capaz de liberar al tiempo de sí mismo, y a la conciencia de sí misma, y a la existencia de sí misma. «Nada menos abstracto, nada menos ideológico, nada menos divisivo».







